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Banda Garmin HRM Tri Pulsos Prohibidos

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Banda Garmin HRM Tri Pulsos Prohibidos

Me ajusté la banda Garmin HRM Tri al pecho esa mañana soleada en la playa de Cancún. El triatlón estaba a la vuelta de la esquina y neta que quería romperla. La banda se pegaba a mi piel como un amante posesivo, apretada justo donde mi corazón latía con fuerza. Sentía su tela suave rozando mis tetas, un recordatorio constante de mi pulso acelerado. Olía a mar y a sudor fresco, el viento traía ese aroma salado que me ponía la piel chinita.

Ahí estaba él, Marco, mi entrenador personal. Wey alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo la camiseta ajustada y unos ojos que te desnudaban con una mirada. Órale, qué ricura de hombre, pensé mientras lo veía estirándose en la arena. Llevaba shorts deportivos que dejaban poco a la imaginación, y su banda Garmin HRM Tri brillaba en su pecho ancho, sincronizada con la mía vía app. "¡Vamos, Ana! Hoy nadamos, pedaleamos y corremos como si no hubiera mañana", gritó con esa voz ronca que me erizaba los vellos.

Empezamos con la natación en el mar turquesa. El agua fría me golpeaba las piernas, pero el calor de mi cuerpo lo vencía. Sentía la banda vibrando levemente, midiendo cada latido que se aceleraba no solo por el esfuerzo, sino por verlo cortar las olas como un tiburón. Sus brazadas potentes salpicaban agua que me caía en la cara, salada como un beso robado. Al salir, el sol secaba mi traje de neopreno, y el roce de la banda contra mi piel húmeda me hacía jadear. Marco se acercó, su mano rozó mi hombro para corregir mi postura. "Respira hondo, mami. Siente el ritmo", murmuró cerca de mi oído. Su aliento olía a menta y esfuerzo, y mi corazón dio un brinco que la Garmin captó al instante: 140 pulsaciones.

En la bici, pedaleamos por el malecón. El viento azotaba mi cabello suelto, y el sudor corría por mi espalda, empapando la banda. Marco iba adelante, su culo firme moviéndose al ritmo de los pedales.

¿Por qué carajos me excita tanto verlo sudar? Esa banda en su pecho sube y baja, como si me invitara a tocarla.
Paramos en una curva apartada, fingiendo ajustar las bicis. Sus dedos rozaron los míos al pasarme la botella de agua. Bebí, el líquido fresco bajando por mi garganta reseca, y lo miré fijo. "Estás on fire hoy, Ana. Tu HRM marca 155. ¿Qué te tiene tan agitada?", preguntó con una sonrisa pícara. Me reí nerviosa, sintiendo el calor subir desde mi entrepierna.

La carrera a pie fue el detonante. Corrimos por la arena caliente, pies hundiéndose en la suavidad abrasadora. Mi respiración era un jadeo entrecortado, pechos rebotando bajo la banda que ahora estaba empapada, pegajosa. Marco corría a mi lado, su sudor salpicándome el brazo. Olía a hombre puro: sal, testosterona y algo salvaje. "¡Aguanta, chula! Siente el pulso, déjalo subir", me animaba. En mi mente, imaginaba esa banda contra mi piel desnuda, su pecho contra el mío, corazones latiendo al unísono.

Al terminar el entrenamiento, nos fuimos a su cabaña playera. El aire acondicionado era un alivio, pero el fuego dentro de mí ardía más. "Ducha rápida y platicamos tu progreso", dijo, pero sus ojos decían otra cosa. Me metí al baño, el agua caliente cayendo en cascada sobre mi cuerpo. Me quité el traje, y la banda Garmin HRM Tri se despegó con un chasquido húmedo, dejando una marca roja en mi piel sensible. La dejé en el lavabo, pero mi pulso no bajaba. Neta, lo quiero. Quiero que me haga sudar de otra forma.

Salí envuelta en una toalla, y ahí estaba él, sin camisa, secándose el cabello. Su banda aún en el pecho, reluciente de sudor residual. "Ana, ven", dijo suave, extendiendo la mano. Me acerqué, el corazón martilleando. Sus labios rozaron los míos, un beso tentativo que explotó en hambre. Sus manos grandes desataron la toalla, cayendo al piso con un susurro. Me levantó en brazos, mis piernas envolviéndolo, piel contra piel ardiente.

Me llevó a la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio. Su boca devoraba mi cuello, lengua trazando la marca de la banda. "Aquí late tan fuerte", gruñó, lamiendo el sudor salado. Gemí, mis uñas clavándose en su espalda musculosa. Bajó a mis tetas, chupando pezones duros como piedras, mordisqueando suave. Olía su aroma embriagador, probé su piel salada al besarlo. Mis manos bajaron a su short, liberando su verga dura, palpitante. La apreté, sintiendo las venas hinchadas como mi deseo.

"Pon la banda de nuevo", susurró juguetón. Reí, excitada por la idea. Me la coloqué, el monitor pitando al captar mi pulso en 170. Él se la ajustó también, sincronizándolas. "Ahora veamos quién llega primero al clímax", retó, ojos brillando. Me abrió las piernas, su lengua hundiéndose en mi panocha húmeda. ¡Ay, wey! Lamía mi clítoris con maestría, sorbiendo mis jugos dulces y salados. Mis caderas se arqueaban, el placer como olas del mar. La banda vibraba, pitidos acelerados llenando la habitación junto a mis gemidos roncos.

Lo jalé arriba, guiando su verga gruesa a mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. "¡Qué chingón te sientes!", exclamé, sintiendo cada pulgada llenándome. Empezó a moverse, embestidas profundas y lentas al principio. Nuestros pechos chocaban, bandas rozando, pulsos sincronizados en la app que veíamos en su teléfono cerca: 180, 185... Sudor nos unía, resbaloso y caliente. Aceleró, la cama crujiendo, piel palmoteándose. Olía a sexo puro, a mar y pasión mexicana.

Es mío, este pendejo me va a hacer volar, pensé mientras clavaba mis talones en su culo firme. Me volteó, ahora yo arriba, cabalgándolo como en la bici. Mis tetas rebotaban, la banda apretando más con cada salto. Sus manos amasaban mis nalgas, un dedo rozando mi ano juguetón. "¡Más rápido, Ana! ¡Rompe tu récord!", jadeaba él. El clímax se acercaba, una ola gigante. Gritamos juntos, mi panocha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer mojándonos. Él explotó dentro, semen caliente llenándome, pulsos en 195, el pitido frenético como fuegos artificiales.

Colapsamos, entrelazados, respiraciones entrecortadas calmándose. La banda aún pitaba bajito, 110, 105... La quité, besando su pecho marcado. "Neta que fue el mejor tri de mi vida", murmuré, riendo suave. Marco me abrazó, su risa vibrando en mi piel. "Y ni hemos corrido la carrera oficial. Mañana repetimos entrenamiento". Fuera, el mar susurraba, el sol bajando en tonos naranjas. Mi cuerpo zumbaba de satisfacción, corazón latiendo pausado pero lleno. Esa banda Garmin HRM Tri no solo medía pulsos; ahora guardaba el secreto de nuestros ritmos prohibidos, listos para más.

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