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Tríos en Chalco Pasión Desbordada

6652 palabras

Tríos en Chalco Pasión Desbordada

Yo era Ana, una morra de veintiocho tacos que siempre había sido curiosa con la vida. Vivía en el DF, pero ese fin de semana decidí escaparme a Chalco con mi carnala Carla, que andaba en una etapa de exploración total. ¿Por qué no? pensé mientras el camión traqueteaba por la carretera, oliendo a tierra mojada y tacos de guisado de las fondas cercanas. Chalco siempre me había parecido un lugar chido, con sus lagunas y sus fiestas que no paraban ni de día ni de noche. Carla, con su pelo negro largo y su sonrisa pícara, me había convencido: "Vamos a ver qué onda con los tríos en Chalco, neta que son legendarios", me dijo en el WhatsApp. Yo reí, pero por dentro un cosquilleo me recorrió la panza. ¿Tríos? ¿En serio? Nunca había probado algo así, pero la idea me ponía la piel chinita.

Llegamos al anochecer a una cabaña rentada cerca del lago, el aire fresco cargado con olor a ahuehuetes y humo de barbacoa. Carla ya había ligado con Diego, un vato alto, moreno, con tatuajes en los brazos que gritaban aventurero. Él era de por ahí, trabajaba en una constructora y tenía esa vibra de macho alpha pero relajado, de los que te miran fijo y te hacen sentir deseada.

"¿Y tu amiga? ¿Se apunta a la carnita asada?"
preguntó Diego mientras volteaba las carnes en la parrilla, el chisguete del aceite salpicando y el humo subiendo en espirales. Yo asentí, sintiendo sus ojos recorrer mi blusa escotada, mis shorts ajustados que marcaban mis nalgas redondas. Neta, este wey sabe lo que hace, pensé, mientras el calor de la fogata me lamía las piernas.

La noche avanzó con chelas frías que saboreaban a limón y sal, risas altas y música de regional mexicano retumbando desde una bocina. Hablamos de todo: del pedo del tráfico en el DF, de cómo Chalco era el lugar perfecto para soltar el control. Diego soltó la bomba casual: "Aquí en Chalco, los tríos en Chalco son como tradición, wey. Todo consensual, puro placer mutuo. Nadie juzga". Carla se rio y me guiñó el ojo, su mano ya en el muslo de él. Yo sentí un pulso acelerado entre las piernas, un calor húmedo que me traicionaba. ¿Y si sí? ¿Y si me lanzo? Mi mente daba vueltas, recordando fantasías solitarias en la regadera, el agua caliente corriendo por mi piel mientras imaginaba manos extras explorándome.

El alcohol aflojó las lenguas y los cuerpos. Terminamos adentro de la cabaña, el piso de madera crujiendo bajo nuestros pies descalzos. Carla me jaló al sillón, su aliento a tequila rozando mi oreja. "Ana, neta, déjate llevar. Diego es un amor, y yo te quiero ver gozar". Sus labios rozaron los míos, suaves, con sabor a cereza de su gloss. Diego se acercó por detrás, sus manos grandes en mi cintura, el bulto de su verga dura presionando contra mis nalgas. "¿Todo chido, mamas?" murmuró, su voz grave vibrando en mi espalda. Asentí, el corazón latiéndome como tambor en un fandango. Era consensual, puro deseo compartido, nada forzado.

La tensión creció despacio, como el calor de un comal encendido. Carla me besó profundo, su lengua danzando con la mía, mientras Diego desabrochaba mi blusa, exponiendo mis tetas firmes al aire fresco. Sentí sus pezones duros contra mi piel, el roce áspero de su barba en mi cuello. ¡Qué rico! Olía a su colonia masculina mezclada con sudor fresco, un aroma que me mareaba de lujuria. Mis manos temblorosas bajaron a la cremallera de Diego, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé, sintiendo su calor satinado, el pulso rápido bajo mis dedos. Carla gimió bajito al verme, sus ojos brillando de excitación.

Nos movimos al colchón king size, las sábanas frescas oliendo a suavizante de lavanda. Diego me recostó, sus labios trazando un camino ardiente desde mi boca hasta mi ombligo, lamiendo el sudor salado de mi vientre. Carla se quitó la ropa, su concha depilada reluciendo húmeda bajo la luz tenue de la lámpara. Se sentó en mi cara, su peso delicioso, el olor almizclado de su arousal invadiendo mis sentidos. Lamí su clítoris hinchado, saboreando su jugo dulce y salado, mientras ella se mecía gimiendo "¡Sí, Ana, así, cabrona!". Diego separó mis muslos, su lengua experta en mi panocha empapada, chupando mis labios mayores, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G. El sonido húmedo de succión llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de la cama.

La intensidad subió como fiebre. Me estoy volviendo loca, pensé, mientras ondas de placer me recorrían desde el coño hasta la nuca. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, Diego embistiéndome por atrás, su verga llenándome hasta el fondo, el choque de sus huevos contra mi clítoris enviando chispas. Carla debajo de mí, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi ano sensible. "¡Qué chingón, wey! ¡Métela más duro!" grité, mi voz ronca, el sudor chorreando por mi espalda. Diego gruñía, sus manos amasando mis tetas, pellizcando pezones que dolían de placer. Carla se masturbaba viéndonos, sus dedos chapoteando en su propia humedad, hasta que se subió a horcajadas en la cara de Diego, ahogando sus gemidos con su coño.

El clímax se acercó en oleadas. Sentí el orgasmo construyéndose, un nudo apretado en mi bajo vientre. Diego aceleró, su verga hinchándose dentro de mí, el roce frenético contra mis paredes internas. ¡Ya viene, ya! Carla gritó primero, convulsionando sobre la boca de él, su jugo goteando por su barbilla. Yo exploté segundos después, mi concha contrayéndose en espasmos, chorros de placer salpicando las sábanas. Diego se corrió con un rugido gutural, llenándome de su leche caliente, que se derramaba por mis muslos. Nos quedamos temblando, un enredo de cuerpos sudorosos, el aire espeso con olor a sexo crudo, semen y fluidos femeninos.

En el afterglow, nos recostamos jadeantes, el colchón hundido bajo nuestro peso. Carla me besó la frente, su piel pegajosa contra la mía. "¿Ves? Los tríos en Chalco son otro nivel, prima", susurró riendo bajito. Diego nos abrazó a las dos, su pecho ancho subiendo y bajando. Esto fue empoderador, puro fuego compartido, reflexioné, sintiendo una paz profunda, como si hubiera descubierto un pedazo nuevo de mí. Afuera, el lago susurraba contra la orilla, la noche de Chalco envolviéndonos en su magia. No hubo arrepentimientos, solo promesas tácitas de más noches así. Chalco se había grabado en mi piel, en mi alma, como el mejor secreto erótico.

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