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Todo empezó una noche de esas en que el calor de la Ciudad de México se mete hasta los huesos, aunque el aire acondicionado del depa de Ana luchara por refrescarlo. Yo, Karla, acababa de llegar de un turno eterno en la oficina, con el cuerpo sudado y la cabeza hecha un desmadre. Ana, mi roomie desde la uni, estaba en su cuarto con la puerta entreabierta, y de repente oí unos gemidos que me pusieron la piel chinita. ¿Qué chingados? pensé, acercándome sigilosa como gato en celo.

La pantalla de su laptop brillaba con luz azulada, iluminando su cara de puro placer mientras se tocaba despacito. Ahí estaban: videos XXX trios amateur. Tres cuerpos enredados, sudados, gimiendo en español mexicano puro, con acento norteño que sonaba bien chido. Una morra güera chupando verga mientras otra le lamía la panocha, y el vato metiéndola por todos lados. El sonido era tan real, tan crudo, que sentí un cosquilleo entre las piernas. Olía a su excitación en el aire, mezclado con el perfume dulce de vainilla que siempre usaba.

Neta, Karla, ¿por qué no pruebas algo así? Tu vida sexual es más aburrida que un lunes sin chela, me dije a mí misma, recordando mis últimas folladas mediocres con el pendejo de mi ex.

Ana me vio de reojo y en vez de espantarse, sonrió pícara. "Pásale, wey, no muerdo... mucho", dijo con esa voz ronca que me erizaba los vellos. Entré, el corazón latiéndome como tambor en fiesta de pueblo. Se corrió el video y me jaló a la cama. Su piel olía a sudor limpio y deseo, suave como mango maduro. Hablamos un rato, riéndonos de lo caliente que eran esos videos XXX trios amateur. Ella confesó que los había grabado con un ex y un amigo, puro amateur, sin luces de estudio, solo pasión real en un motel de la Roma.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Sus dedos rozaron mi muslo por "accidente", y yo no me quité. ¿Y si...? El aire se cargó de electricidad, nuestros pechos subiendo y bajando al mismo ritmo. "Karla, ¿has visto lo que se siente un trío de verdad? No como esos videos falsos, sino carne con carne", murmuró, su aliento caliente en mi oreja.

Acto seguido, sonó el timbre. Era Marco, el carnal de Ana, un morro alto, tatuado, con ojos que prometían pecados. Traía chelas y pizzas, como siempre los viernes. Lo invitamos a ver los videos. Al principio se hizo el loco, pero pronto su verga se marcaba en el pantalón. "Neta, estos videos XXX trios amateur me prenden cañón", soltó riendo, y Ana le guiñó el ojo.

La cosa escaló rápido. Estábamos en la sala, con las luces bajas y el ventilador zumbando como testigo. Ana se quitó la blusa, dejando ver sus chichis firmes, pezones duros como piedras de obsidiana. Yo la seguí, temblando de nervios y ganas. Marco nos miró con hambre de lobo, su piel morena brillando bajo la luz tenue. El olor a hombre se mezcló con el nuestro, testosterona pura y jugos de concha.

Ana me besó primero, sus labios suaves, lengua juguetona probando mi boca como si fuera tequila añejo. Sabía a menta y picardía. Marco se acercó por detrás, sus manos grandes amasando mis nalgas, dedos hundiéndose en la carne blanda. "Qué ricas están las dos, cabronas", gruñó, y yo gemí contra la boca de Ana. Nos quitamos la ropa entre risas y jadeos, piel contra piel, sudor pegajoso uniéndonos.

En el sillón, Ana se arrodilló y me abrió las piernas. Su lengua en mi panocha fue como fuego líquido, lamiendo despacio el clítoris, chupando mis labios hinchados. El sonido era obsceno, chapoteos húmedos, mi jugo corriendo por sus barbillas. Marco se sacó la verga, gruesa, venosa, goteando precum que olía salado. La metí en mi boca, saboreándola como tamal en día de fiesta, mamándola hondo hasta la garganta. Él gemía "¡Chíngame, Karla, qué buena mamada!", sus caderas empujando suave.

Cambiando posiciones, como en esos videos XXX trios amateur que nos habían inspirado, Marco me penetró desde atrás mientras yo le comía la concha a Ana. Su verga entraba y salía, estirándome delicioso, el roce de su pubis contra mi culo enviando chispas por la espina. Ana se retorcía, sus muslos temblando, olor a excitación femenina llenando la habitación. Podía sentir su pulso en la lengua, rápido como corazón de colibrí. "¡Más, wey, no pares!", suplicaba ella, clavándome las uñas en la cabeza.

La intensidad subía. Marco nos turnaba, metiéndosela a Ana con fuerza mientras yo le lamía las bolas, sintiendo su peso pesado, salado. Luego a mí, misionero, sus ojos clavados en los míos, sudor goteando de su frente a mi pecho. Ana se sentó en mi cara, su culo redondo ahogándome en placer, yo lamiendo su ano y concha al mismo tiempo. "¡Son unas putas deliciosas!", jadeaba Marco, y nos reíamos entre gemidos, empoderadas en nuestro desmadre consensual.

El clímax se acercaba como volcán en erupción. Ana se corrió primero, gritando "¡Me vengo, cabrones!", su concha contrayéndose en mi boca, jugos calientes inundándome la cara. Yo la seguí, la verga de Marco golpeando mi punto G, olas de placer rompiéndome en mil pedazos, el mundo volviéndose blanco y estrellado. Él se sacó y nos pintó las chichis con su leche espesa, caliente, oliendo a sexo puro.

Nos quedamos tirados en el piso, respiraciones agitadas, cuerpos enredados. El ventilador secaba nuestro sudor, dejando un brillo salado en la piel. Ana me besó la frente, Marco nos abrazó a las dos. Esto era mejor que cualquier video, real, nuestro. "Deberíamos grabar el nuestro, un video XXX trios amateur épico", bromeó Ana, y nos cagamos de risa.

Al día siguiente, con el sol colándose por las cortinas, desayunábamos tacos de barbacoa, hablando de lo chingón que había sido. No hubo culpas, solo sonrisas picas y promesas de más noches así. Mi cuerpo aún palpitaba, recordándome el roce, los sabores, los olores. Los videos XXX trios amateur habían sido el detonante, pero lo nuestro era fuego vivo, mexicano y sin filtros.

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