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Susurros Ardientes en la Biblioteca Pública Municipal Eugenio Trías

7313 palabras

Susurros Ardientes en la Biblioteca Pública Municipal Eugenio Trías

Entraste a la Biblioteca Pública Municipal Eugenio Trías con el corazón latiendo un poquito más rápido de lo normal. El aire olía a papel viejo y madera pulida, ese aroma que te hacía sentir como si estuvieras metida en un mundo aparte, lejos del ruido de Madrid. Venías de México, de la bulliciosa CDMX, buscando un respiro para tu tesis de literatura erótica del siglo XX. Neta, qué ironía, pensaste, mientras tus tacones chiquitos resonaban suavecito en el piso de mármol. La luz tenue de las lámparas de lectura te envolvía como una caricia, y el silencio era tan pesado que podías oír tu propia respiración.

Te sentaste en una mesa apartada, cerca de las estanterías altas llenas de tomos polvorientos. Sacaste tu libreta y el libro que habías pedido prestado, pero tu mente no estaba en las páginas. De repente, lo viste. Él. Un tipo alto, moreno, con camisa blanca arremangada que dejaba ver unos antebrazos fuertes, como los de un carnal que sabe cargar leña. Estaba acomodando libros en el pasillo de al lado, sus dedos largos hojeando las tapas con una delicadeza que te imaginaste en tu propia piel.

Órale, qué chulo el pendejo este. Me lo imagino susurrándome al oído, con esa voz grave que debe tener.
Tus mejillas se calentaron, y sentiste un cosquilleo entre las piernas, ese que te avisa que el cuerpo ya está despierto.

Él levantó la vista, y sus ojos oscuros se clavaron en los tuyos. Sonrió de lado, esa sonrisa pícara que dice te cachó. Te quedaste quieta, fingiendo leer, pero tu pulso se aceleró como si hubieras corrido una carrera. Pasaron minutos que parecieron horas, hasta que se acercó con un libro en la mano.

—Disculpa, ¿buscas algo en particular? Soy Javier, el bibliotecario de turno hoy.

Su voz era ronca, como miel quemada, y olía a colonia fresca mezclada con algo más, algo masculino que te hizo apretar las piernas bajo la mesa. ¡Qué rico huele el wey!

—Eh, sí... estoy investigando sobre erotismo en la literatura española. Pero neta, me perdí un rato.

Se rio bajito, un sonido que vibró en tu pecho. —La Biblioteca Pública Municipal Eugenio Trías tiene joyas ocultas para eso. Ven, te muestro una sección especial.

Lo seguiste por los pasillos laberínticos, el roce de su chamarra contra tu brazo enviando chispas a tu piel. El lugar estaba casi vacío, solo el eco de vuestros pasos y el zumbido lejano de un aire acondicionado. Llegaron a un rincón olvidado, detrás de unas estanterías altas que los ocultaban de las miradas curiosas. Sacó un libro antiguo, lo abrió y leyó en voz baja un pasaje subido de tono, su aliento cálido rozando tu oreja.

"Sus labios se posaron en su cuello, y el fuego se encendió..." ¿Te gusta?

Asentiste, la garganta seca. Tu mano rozó la suya al tomar el libro, y ahí fue. Ese toque eléctrico que te erizó la piel. Lo miraste a los ojos, y viste el deseo reflejado, puro y crudo. No hay vuelta atrás, carnala. Esto va a pasar.

La tensión creció como una tormenta. Sus dedos trazaron tu brazo, suaves al principio, luego firmes. Tú respondiste, pasando la yema del pulgar por su muñeca, sintiendo el pulso acelerado bajo su piel morena. El silencio de la biblioteca amplificaba todo: el roce de la tela, tu respiración entrecortada, el leve crujido de los libros cuando él te acorraló contra la pared.

Quiero besarte, murmuró, sus labios a un suspiro de los tuyos.

Hazlo, pendejo. No seas mamón, contestaste con una sonrisa coqueta, tu voz un hilo de seda.

Sus labios cayeron sobre los tuyos como lluvia caliente. Sabían a café y a promesas rotas, su lengua explorando con hambre contenida. Tus manos subieron a su nuca, enredándose en su pelo oscuro, mientras él te apretaba contra sí. Sentiste su dureza presionando tu vientre, y un gemido se te escapó, ahogado en su boca. El olor a libros se mezcló con el de su sudor fresco, embriagador, y el calor de su cuerpo te hacía derretir.

Las manos de Javier bajaron por tu espalda, amasando tus nalgas con urgencia. Desabrochaste su camisa, tus uñas arañando su pecho firme, cubierto de un vello suave que te raspaba las palmas.

¡Qué chingón se siente! Su piel quema como chile en nogada, dulce y picante.
Él metió la mano bajo tu blusa, sus dedos callosos rozando tus pezones endurecidos. Un jadeo te traicionó, y él sonrió contra tu cuello, mordisqueando la piel sensible.

—Eres fuego, mexicana. Me vuelves loco.

Te bajó la falda con maestría, y tú lo ayudaste, quitándote las panties con un movimiento fluido. El aire fresco de la biblioteca besó tu humedad, haciéndote temblar. Javier se arrodilló, su aliento caliente en tu monte de Venus. Lamidas lentas, su lengua danzando sobre tu clítoris hinchado, saboreándote como si fueras el mejor tequila reposado. Gemiste bajito, mordiéndote el labio para no gritar, el sonido de su succión húmeda resonando en tus oídos. Tus caderas se movían solas, buscando más, mientras tus dedos tiraban de su pelo.

¡Ay, cabrón! No pares...

Te levantó, girándote contra la estantería. El madera fría contra tus pechos contrastaba con el fuego de su cuerpo pegado a tu espalda. Desabrochó su pantalón, y sentiste su verga dura, gruesa, rozando tu entrada. Neta, está cañón. Me va a partir en dos, y qué ganas. Empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándote hasta el fondo. El estiramiento delicioso te arrancó un suspiro, y él gruñó, sus manos en tus caderas guiando el ritmo.

Empezó lento, embestidas profundas que te hacían sentir cada vena, cada pulso. El slap de piel contra piel era música prohibida en ese templo de silencio. Aceleró, sus bolas golpeando tu clítoris, y tú te arqueaste, clavando las uñas en la madera. Sudor perló vuestros cuerpos, el olor almizclado de sexo impregnando el aire. Sus labios en tu oreja: —Vente conmigo, preciosa. Déjate ir.

La presión creció, un nudo apretándose en tu vientre. Tus paredes lo ordeñaban, y cuando el orgasmo te golpeó, fue como un volcán erupcionando. Gritaste su nombre en un susurro roto, el placer ondulando por cada nervio. Él te siguió segundos después, corriéndose dentro de ti con un rugido ahogado, su calor inundándote.

Se quedaron así, jadeantes, pegados en el afterglow. Javier te besó la nuca, suave, mientras salía de ti con cuidado. Te giró, limpiándote con su pañuelo, sus ojos llenos de ternura. —Qué chido fue esto. Eres increíble.

Te vestiste con manos temblorosas, riendo bajito. El silencio de la Biblioteca Pública Municipal Eugenio Trías ahora guardaba vuestros secretos, cómplice eterno. Salieron por separado, pero intercambiaron números con una promesa tácita de más.

Afuera, el sol de Madrid te cegó un momento, pero dentro de ti ardía un fuego nuevo.

Neta, la biblioteca esta me cambió la vida. ¿Quién iba a decir que entre libros se encuentran las mejores historias?
Caminaste con una sonrisa, el cuerpo aún zumbando, sabiendo que volverías. Por los libros... y por él.

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