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Tienes Que Probarlo

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Tienes Que Probarlo

El sol de Playa del Carmen caía a plomo sobre la arena blanca, pero la brisa del mar Caribe traía ese olor salado que te erizaba la piel. Estabas ahí, en esa fiesta playera que un carnal tuyo había armado para celebrar su cumpleaños. Música de cumbia rebajada retumbaba desde los bocinas, y el aire estaba cargado de risas, humo de parrilladas y el dulce aroma de cocos frescos. Tú, con tu camisa guayabera abierta hasta el pecho, sudando un poco, tomabas una chela fría cuando la viste: Sofía, con su vestido floreado ceñido a las curvas, el cabello negro suelto ondeando como olas, y una sonrisa que prometía pecados.

Se acercó bailando al ritmo, con una cerveza en la mano, sus caderas moviéndose como si el mundo entero fuera suyo. Órale, qué chava tan rica, pensaste, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Te miró directo a los ojos, esos ojos cafés profundos que te clavaron en el sitio.

—Ey, guapo, ¿vienes mucho por acá? —dijo con esa voz ronca, mexicana de pura cepa, acento yucateco que te hacía vibrar.

—Nah, pero ya me late este lugar —respondiste, sintiendo el pulso acelerarse.

Se rio, un sonido como campanitas en el viento, y te pasó un vaso con algo rojo y espumoso. Tienes que probarlo, dijo, lamiéndose los labios pintados de rojo. Era un michelada con chamoy y mango, picante y dulce a la vez, como ella. Lo bebiste de un trago, el chile quemándote la lengua, el limón fresco explotando en tu boca, y el primer sorbo te dejó con ganas de más. Sus dedos rozaron los tuyos al pasarte el vaso, un toque eléctrico que subió por tu brazo directo al pecho.

La fiesta seguía, pero ustedes dos ya estaban en su propio mundo. Bailaron pegados, su cuerpo presionado contra el tuyo, el sudor mezclándose, oliendo a sal y a su perfume de jazmín. Sentías sus pechos firmes contra tu torso, sus muslos rozando los tuyos con cada giro.

¿Qué carajos me pasa? Esta morra me está volviendo loco
, pensaste, mientras tu verga empezaba a endurecerse bajo los shorts.

El sol se ponía, tiñendo el cielo de naranja y rosa, cuando ella te jaló de la mano hacia una palapa apartada, con hamacas colgando y velas encendidas. El ruido de las olas rompiendo en la orilla era el único testigo. Se sentó en la hamaca, cruzando las piernas, y te miró con picardía.

—Ven, siéntate conmigo. Tienes que probarlo de verdad —susurró, abriendo una botella de mezcal ahumado que sacó de quién sabe dónde. El aroma terroso del agave te invadió las fosas nasales, y cuando te lo dio a probar, el líquido ardiente bajó por tu garganta, calentándote por dentro.

Te sentaste a su lado, la hamaca balanceándose suave. Sus manos en tus hombros, masajeando con dedos fuertes, oliendo a crema de coco. Su piel es tan suave, como terciopelo caliente. Te inclinaste, oliendo su cuello, ese olor a mujer excitada que ya empezaba a mezclarse con el tuyo. La besaste, primero suave, saboreando sus labios carnosos, salados por el mar, luego con hambre, lenguas enredándose, gimiendo bajito contra su boca.

Acto dos: la tensión subía como la marea. Sus manos bajaron por tu pecho, desabotonando lo que quedaba de tu guayabera, arañando leve tu piel con las uñas pintadas. Tú levantaste su vestido, descubriendo muslos morenos y lisos, oliendo a loción tropical.

Qué panocha tan chula debe tener
, pensaste, mientras tus dedos subían, rozando el encaje de su tanga húmeda. Ella jadeó, arqueando la espalda, y te mordió el labio inferior.

—Quítamelo todo, cabrón —dijo entre risas, voz entrecortada—. Me tienes mojada desde que bailamos.

La desvestiste despacio, saboreando cada centímetro: pechos redondos con pezones oscuros endurecidos, vientre plano, y entre las piernas, ese calor húmedo que te llamó como imán. La acostaste en la hamaca, el tejido crujiendo bajo su peso, y bajaste la boca a su piel. Lamiste su cuello, salado y dulce; chupaste sus tetas, sintiendo el sabor de su sudor mezclado con el mar; llegaste a su ombligo, luego más abajo. El olor de su excitación era embriagador, almizclado y fresco, como lluvia en la selva.

Tu lengua encontró su clítoris, hinchado y sensible, y ella gritó bajito, ¡Ay, qué rico!, agarrando tu cabello. La lamiste despacio al principio, círculos suaves, probando su flujo salado y dulce, luego más rápido, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar. Sus caderas se movían contra tu cara, el sonido de su respiración agitada mezclándose con las olas. Tienes que probarlo así, murmuró ella, guiándote, y tú lo hiciste, perdiéndote en su sabor, en el pulso de su coño apretándote los dedos.

Pero ella no se quedó atrás. Te volteó, quitándote los shorts de un jalón, tu verga saltando libre, dura como piedra, venosa y palpitante. Qué vergón tan choncho, dijo riendo, y te la mamó con ganas, labios envolviéndote, lengua girando en la cabeza, saboreando el pre-semen salado. El calor de su boca te volvió loco, el sonido chupante húmedo, sus gemidos vibrando en tu carne. La hamaca se mecía con el ritmo, tus manos en su pelo, empujando suave, sintiendo el orgasmo subir como lava.

No aguantaste más. La pusiste encima, ella cabalgándote, su peso perfecto, coño resbaloso engulléndote centímetro a centímetro. ¡Qué chingón se siente! gritaste, mientras ella rebotaba, tetas saltando, sudor goteando entre sus pechos. El slap-slap de piel contra piel, sus jadeos roncos —¡Más duro, pendejo, así!—, el olor a sexo puro invadiendo todo. Cambiaron posiciones: de lado, luego tú encima, embistiéndola profundo, sintiendo sus paredes contraerse, sus uñas en tu espalda.

Acto tres: el clímax explotó como fuegos artificiales. Ella se vino primero, gritando ¡Me vengo, cabrón!, su coño apretándote como puño, jugos calientes mojando tus bolas. Tú la seguiste, descargando chorros calientes dentro de ella, el placer cegador, pulsos interminables, hasta que colapsaron, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos.

Se quedaron ahí, enredados en la hamaca, el mar susurrando arrullos. Su cabeza en tu pecho, oliendo su cabello, sintiendo su corazón latir contra el tuyo. Besaste su frente, suave y cálida.

—Ves, tienes que probarlo todo en la vida —dijo ella, riendo suave, trazando círculos en tu piel con el dedo.

Tú sonreíste, el afterglow envolviéndolos como la noche tibia. La fiesta seguía a lo lejos, pero ese momento era eterno, un recuerdo que te haría volver a Playa del Carmen una y otra vez. Sofía se acurrucó más, y supiste que esto era solo el principio de algo neta chido.

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