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Intenta Correr Intenta Esconderte

7653 palabras

Intenta Correr Intenta Esconderte

La noche en la playa de Playa del Carmen era un pinche paraíso, con el mar Caribe susurrando secretos contra la arena blanca y el aire cargado de sal, coco y ese olor dulzón a tequila reposado que flotaba de las fogatas. Tú, con tu vestido ligero de algodón que se pegaba a tus curvas por la brisa húmeda, sentías el pulso acelerado desde que lo viste. Javier, ese wey alto, moreno, con tatuajes que asomaban por su camisa guayabera desabotonada, te había estado mirando toda la noche. Sus ojos cafés, intensos como el chocolate amargo, te decían todo sin palabras: quiero comerte entera.

Estaban en una fiesta privada de unos amigos en una villa con palmeras y piscinas infinitas, música de cumbia rebajada retumbando desde los altavoces. Bailaban pegados, sus manos grandes en tu cintura, el calor de su piel contra la tuya haciendo que tu panocha se humedeciera con cada roce. "Órale, preciosa", te susurró al oído, su aliento caliente oliendo a ron y menta, "pareces una diosa mexica. ¿Quieres jugar?"

Tú reíste, el corazón latiéndote como tambor en las costillas.

¿Jugar? Neta, este pendejo sabe cómo encender la mecha.
"¡Claro que sí, cabrón! Pero no me vas a atrapar fácil." Y así empezó todo. Le guiñaste un ojo, te soltaste de sus brazos y echaste a correr por la playa, la arena tibia besando tus pies descalzos, el vestido volando como alas. Él gritó riendo: "Try to run try to hide, mi amor. ¡Pero yo te voy a encontrar!"

El juego era simple, pero jodidamente excitante. Tú corrías zigzagueando entre las palmeras, el viento enredándote el pelo, el sonido de las olas como un latido compartido. Sentías su presencia detrás, no muy lejos, sus pasos pesados en la arena, su risa grave retumbando en la noche. Intenta correr, intenta esconderte, pensabas, repitiendo sus palabras en tu mente como un mantra caliente. El corazón te martilleaba el pecho, no solo por la carrera, sino por el fuego que se avivaba entre tus piernas, esa humedad traicionera que te hacía apretar los muslos.

Te metiste en un grupo de arbustos frondosos cerca de la orilla, agachándote, conteniendo la respiración. El olor a tierra mojada y flores tropicales te envolvía, mezclado con tu propio aroma de excitación, ese almizcle dulce que sabías que él olería si se acercaba. Escuchaste sus pasos, pausados ahora, como un depredador. "Sé que estás aquí, corazón", dijo con voz ronca, tan cerca que sentiste el calor de su cuerpo filtrándose a través de las hojas. Tu piel erizó, pezones endureciéndose contra la tela fina del vestido.

Mierda, ya quiero que me agarre. Pero no tan rápido, hagámoslo durar.

Te escabulliste hacia la villa, subiendo las escaleras de madera crujiente, el eco de tus risitas ahogadas. Adentro, las luces tenues de las velas parpadeaban, iluminando cojines mullidos y hamacas. Te escondiste detrás de una cortina de cuentas, el corazón desbocado, jadeando suave. Javier entró, su silueta imponente recortada contra la luna que entraba por las ventanas abiertas. Olía a mar y sudor masculino, un perfume que te volvía loca. "Try to run try to hide", murmuró para sí, sonriendo con dientes blancos. Sus manos exploraban el aire, rozando muebles, y tú mordiste tu labio, sintiendo el pulso en tu clítoris como un tambor.

La tensión crecía como una tormenta. Recordabas cómo habían empezado: un beso robado en la pista de baile, su lengua invadiendo tu boca con sabor a tequila, manos apretando tu culo firme. "Eres mía esta noche", te había dicho, y tú, empoderada, respondiste: "Ven por mí si puedes, macho." Ahora, cada segundo de espera era tortura deliciosa. Tus pezones rozaban la cortina, enviando chispas directo a tu entrepierna. Sudabas, el vestido pegajoso contra tu piel, imaginando sus dedos reemplazando la tela.

De repente, su mano te atrapó el brazo. "¡Te tengo!", rugió triunfante, jalándote contra su pecho duro como roca. Su corazón latía fuerte contra tus tetas, su verga ya dura presionando tu vientre. Reíste, pero el sonido se convirtió en gemido cuando sus labios capturaron los tuyos. El beso fue feroz, lenguas enredándose, sabor salado de sudor y mar. Sus manos bajaron por tu espalda, amasando tu culo, dedos hundiéndose en la carne suave. "Neta, me tienes loco, chula", gruñó contra tu cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando un rastro de fuego.

Lo empujaste juguetona hacia la hamaca más grande, tumbándolo. Te subiste a horcajadas, sintiendo su polla tiesa contra tu panocha empapada a través de la ropa. "Ahora yo mando", susurraste, moviendo las caderas en círculos lentos, el roce haciendo que ambos jadearan. Desabotonaste su guayabera, lamiendo su pecho moreno, saboreando sal y hombre. Sus pezones duros bajo tu lengua, sus manos enredándose en tu pelo.

Esto es poder, carajo. Lo tengo comiendo de mi mano.
Bajaste más, desabrochando su pantalón, liberando esa verga gruesa, venosa, palpitante. La tomaste en la mano, piel suave sobre acero, oliendo a deseo puro. La lamiste desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él gemía "¡Ay, wey, qué rico!"

La intensidad subía como la marea. Él te volteó con facilidad, rasgando tu vestido en un movimiento fluido, exponiendo tus tetas llenas y tu panocha rasurada, brillante de jugos. "Mírate, toda mojada por mí", dijo, ojos devorándote. Sus dedos exploraron tus pliegues, deslizándose fáciles, frotando tu clítoris hinchado. Gritas ahogadas escapaban de tu garganta, el sonido de tus jugos chorreando, su boca chupando un pezón mientras dos dedos te follaban lento, profundo. El olor a sexo llenaba el aire, almizcle y sudor mezclados con jazmín de la villa.

"Por favor, Javier, métemela ya", suplicaste, voz ronca, uñas clavándose en su espalda. Él sonrió pícaro, posicionándose. La punta de su verga rozó tu entrada, estirándote deliciosamente al empujar adentro. Lento, carajo, centímetro a centímetro, llenándote hasta el fondo. Sentiste cada vena, cada pulso, tus paredes apretándolo como guante. Empezó a moverse, embestidas profundas, el slap-slap de piel contra piel sincronizado con tus gemidos y los suyos. "¡Más fuerte, pendejo!", exigías, y él obedecía, follándote como animal, pero con ojos llenos de adoración.

Cambiaron posiciones, tú de rodillas en la hamaca, él detrás, agarrando tus caderas, verga hundiéndose en ángulo perfecto, golpeando tu punto G. El sudor chorreaba por tu espalda, su pecho pegado al tuyo, aliento caliente en tu oreja: "Try to run try to hide, pero siempre terminas en mis brazos." Reías entre jadeos, el orgasmo construyéndose como ola gigante. Tocaste tu clítoris, frotando furioso, y explotaste primero, paredes convulsionando alrededor de él, grito primal rasgando la noche, jugos salpicando. Él te siguió segundos después, gruñendo, llenándote de semen caliente, pulsos interminables.

Colapsaron juntos en la hamaca, cuerpos entrelazados, pieles pegajosas resbalando. El mar susurraba arrullos, el aire fresco secando el sudor. Javier te besó la frente, suave ahora, dedos trazando patrones en tu vientre. "Eres increíble, mi reina", murmuró. Tú sonreíste, saciada, el cuerpo zumbando en afterglow.

Neta, este juego lo repetiríamos mil veces. Try to run try to hide... pero siempre quiero que me encuentre.
La noche los envolvió, promesa de más aventuras, corazones latiendo al unísono bajo las estrellas mexicanas.

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