Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Pericarditis Triada de Beck Latidos Ardientes Pericarditis Triada de Beck Latidos Ardientes

Pericarditis Triada de Beck Latidos Ardientes

7109 palabras

Pericarditis Triada de Beck Latidos Ardientes

Tú entras a la clínica en el corazón de la Condesa, con el pecho apretado como si un puño invisible lo oprimiera. El aire huele a desinfectante mezclado con el aroma fresco de las bugambilias que adornan la entrada. Hace calor en la Ciudad de México, pero tu piel está fría, sudada. ¿Qué chingados me pasa? piensas mientras te sientas en la sala de espera, el corazón galopando como caballo desbocado en las carreras de Texcoco.

Desde hace días sientes este dolor punzante, como si el pericardio alrededor de tu corazón se hubiera inflamado de pura ansiedad. Y no es para menos: llevas semanas soñando con un hombre que viste en un café de Polanco, alto, moreno, con ojos que queman como chile habanero.

La enfermera te llama: "Ana López, el doctor Beck la espera." Tú te levantas, piernas temblorosas, y entras al consultorio. Ahí está él, el Dr. Alejandro Beck, con bata blanca impecable que no oculta sus hombros anchos ni el vello oscuro que asoma en el cuello abierto. Su sonrisa es cálida, como un trago de tequila reposado en noche de fiesta.

"Siéntese, Ana. ¿Qué la trae por aquí?" pregunta con voz grave, que vibra en tu pecho como el bombo de un mariachi.

Tú le explicas: el dolor agudo, la falta de aire, el pulso acelerado. Él asiente, saca el estetoscopio. "Quítese la blusa por favor, para auscultar bien." Tus dedos tiemblan al desabotonar, revelando el sostén de encaje negro que elegiste esa mañana sin saber por qué. El metal frío del estetoscopio toca tu piel, enviando chispas eléctricas desde el pezón hasta el ombligo. Su aliento roza tu hombro, huele a menta y café recién molido.

Él frunce el ceño. "Hmm, podría ser pericarditis. Déjeme checar la triada de Beck: hipotensión, sonidos cardíacos apagados y distensión de las venas yugulares." Sus dedos presionan tu cuello con gentileza profesional, pero tú sientes cada yema como caricia prohibida. Pericarditis triada de Beck, repites en tu mente, pero en lugar de miedo, un calor líquido se acumula entre tus muslos.

El examen se alarga. Sus manos recorren tu torso, palpando, midiendo. "Su corazón late fuerte, Ana. Muy fuerte." Tú lo miras a los ojos, y ahí está la chispa: deseo mutuo, crudo como el sol de mediodía en el Zócalo.

La tensión crece mientras él te pide inclinarte, respirar hondo. Cada roce despierta nervios dormidos. El consultorio se llena de silencio cargado, roto solo por tu respiración jadeante y el tictac del reloj. ¿Y si no es enfermedad? ¿Y si es él, despertando lo que estaba muerto en mí?

De pronto, sus dedos se detienen en tu cintura. "Ana, esto no es solo pericarditis. Siento... algo más." Tú giras la cabeza, labios entreabiertos. "¿Qué, doctor?" murmuras, voz ronca.

Él deja caer el estetoscopio. "Llámame Alejandro. Y tú me traes loco desde que entraste." Sus labios capturan los tuyos en un beso que sabe a urgencia, lengua explorando como si mapeara tesoros aztecas. Tú respondes con hambre, manos enredándose en su cabello negro, tirando suave. El beso profundiza, dientes rozando, saliva mezclándose con sabor salado de sudor.

Te empuja contra la camilla, papeles volando al suelo con ruido sordo. Sus manos quitan el sostén, pechos libres al aire fresco del ventilador. "Qué chingonas tetas tienes, nena." chilla con acento chilango puro, voz entrecortada. Tú ríes, empoderada, arqueando la espalda para que sus labios succionen un pezón. El placer es relámpago: punzadas dulces que bajan directo a tu centro, donde la humedad empapa las panties.

Su boca es fuego líquido, lengua girando alrededor del botón rosado, dientes mordisqueando lo justo para hacerte gemir. Huele a su loción de sándalo, mezclado con el almizcle naciente de su excitación. Tu corazón late desbocado, pero ahora es puro éxtasis, no dolor.

Las manos de él bajan, desabrochan tu falda, panties volando. "Mírate, tan mojada por mí. ¿Quieres que te coma esa panochita rica?" Tú asientes, piernas abriéndose como flores de nochebuena. Su cabeza se hunde entre tus muslos, aliento caliente rozando el clítoris hinchado. La lengua lame despacio al inicio, saboreando tus jugos dulces y salados, luego acelera, chupando el botoncito con maestría que te hace gritar "¡Ay, Alejandro, no pares, cabrón!"

El sonido de succión obscena llena la habitación, mixto con tus jadeos y el slap de su boca contra tu carne húmeda. Dedos entran, curvándose contra el punto G, frotando mientras la lengua danza. Tension se acumula, vientre contrayéndose, muslos temblando alrededor de su cabeza. Es como si mi pericarditis fuera esta presión deliciosa, lista para estallar.

Pero no vienes aún. Lo jalas arriba, besándolo, probando tu propio sabor en su lengua. "Quiero tu verga, ahora." Él se baja el pantalón, revelando miembro grueso, venoso, goteando precum. Lo agarras, piel aterciopelada sobre acero, bombeando lento mientras él gruñe "Qué mano chida, Ana."

Te acuestas en la camilla, él entre tus piernas. La punta roza tu entrada, untándose en jugos. "¿Estás segura? Dime que sí." "¡Sí, chíngame rico, güey!" responde ella, empoderada, guiándolo adentro.

Entra despacio, estirándote, llenándote hasta el fondo. Sensación de plenitud ardiente, paredes vaginales abrazándolo. Empieza a bombear, lento al inicio, caderas chocando con slap húmedo. Tú clavas uñas en su espalda, oliendo su sudor masculino, sintiendo cada vena pulsar dentro. Ritmo acelera, camilla crujiendo, gemidos mezclándose en coro erótico.

"¡Más fuerte, Alejandro! ¡Hazme sentir viva!" Él obedece, una mano en tu clítoris frotando círculos, otra apretando tu nalga. El clímax se acerca como tormenta en el Popo: vientre apretado, visión borrosa, corazón tronando. Viene primero ella, grito ahogado "¡Me vengo, pinche doctor!", paredes convulsionando ordeñando su verga. Él sigue unos thrusts, gruñendo "¡Ah, cabrona, qué rico!", llenándola de semen caliente, pulsos profundos.

Colapsan juntos, respiraciones entrecortadas, pieles pegajosas de sudor. Él besa tu frente, suave. "No era pericarditis grave, Ana. Era deseo reprimido." Tú ríes, acurrucada en su pecho, escuchando su corazón calmado ahora, latiendo en sintonía con el tuyo.

En el afterglow, el consultorio huele a sexo y promesas. La triada de Beck se disipó como niebla matutina, dejando solo latidos de pasión verdadera. Mañana volverás, no por dolor, sino por más.

Se visten lento, miradas cargadas de complicidad. "¿Cena esta noche? Te invito unos tacos al pastor en la esquina." Tú asientes, saliendo con paso ligero, el pecho libre por fin.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.