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Probando el Nuevo Placer

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Probando el Nuevo Placer

Imagina que estás en tu departamento en la Condesa, con esa luz tenue de las lámparas que baña todo en un ámbar cálido. El aire huele a jazmín del jardín abajo y a la cena que acabas de compartir: tacos de arrachera jugosos, con ese toque ahumado que te hace agua la boca todavía. Marco está frente a ti, ese güey alto y moreno con ojos que te desnudan sin esfuerzo, su camisa ajustada marcando los músculos del gym. Han pasado meses de coqueteos, mensajes picantes a medianoche, pero esta noche es diferente. Probando el nuevo placer, le dijiste en broma cuando te propuso venir. Él sonrió con esa mueca pícara, y ahora sientes el pulso acelerado en las sienes.

¿Y si sale mal? ¿Y si no me gusta? Pero carnal, la curiosidad me está comiendo viva.

Tú te recargas en el sofá de cuero suave, que cruje levemente bajo tu peso. Él se acerca despacio, su colonia fresca invadiendo tus fosas nasales, mezclada con el leve sudor de anticipación. Sus dedos rozan tu rodilla, subiendo por el muslo desnudo bajo tu falda corta. El tacto es eléctrico, como una chispa que recorre tu piel erizada. "Órale, nena, relájate", murmura con voz ronca, ese acento chilango que te derrite. Tú asientes, mordiéndote el labio, mientras su mano se aventura más arriba, rozando el encaje de tus panties ya húmedas.

La tensión crece como una tormenta en el DF: lenta al principio, con truenos lejanos. Él te besa el cuello, su aliento caliente contra tu oreja, saboreando la sal de tu piel con la lengua. Suave, pero firme. Tú arqueas la espalda, tus uñas clavándose en sus hombros anchos. "Quiero probar algo nuevo contigo", susurras, recordando el try out que mencionaron en la cena, inspirados en esas pláticas calientes sobre fantasías. Él ríe bajito, un sonido gutural que vibra en tu pecho. "Dime qué quieres, mi reina".

Lo empujas hacia atrás con una confianza que no sabías que tenías, montándote a horcajadas sobre él. El roce de su erección dura contra tu centro te arranca un gemido. El sofá huele ahora a deseo crudo, a feromonas que llenan la habitación. Sus manos grandes aprietan tus nalgas, amasándolas con fuerza, mientras tú desabrochas su camisa, exponiendo ese pecho velludo y bronceado. Lo besas, probando el sabor de tequila en su lengua, dulce y ardiente, enredándose en un baile húmedo y salvaje.

Acto dos: la escalada. Te levantas, jalándolo de la mano hacia la recámara. El piso de madera fría bajo tus pies descalzos contrasta con el calor que sube por tus piernas. Enciendes la luz baja del buró, iluminando la cama king size con sábanas de algodón egipcio suaves como una caricia. "Vamos a probar el try out de verdad", dices juguetona, sacando de la mesita el aceite de masaje que compraste en línea: esencia de vainilla y canela, exótico y tentador. Él se tumba desnudo, su verga erguida palpitando, venas marcadas invitándote. El olor del aceite se expande al verterlo en tus palmas, cálido y viscoso.

Comienzas por sus hombros, deslizando las manos en círculos lentos. Su piel se tensa bajo tus dedos, músculos relajándose con cada presión.

¡Qué chingón se siente tenerlo así, a mi merced! Mi corazón late como tambor en quinceañera.
Él gime, un sonido grave que reverbera en las paredes, "Más abajo, güeyita". Obedeces, pero a tu ritmo, trazando la línea de su espina dorsal hasta las nalgas firmes. El aceite hace todo resbaloso, sensual, y cuando llegas a su entrepierna, lo rodeas con la mano, bombeando despacio. Su prepucio se desliza suave, el glande brillante reluciendo bajo la luz. Él jadea, caderas alzándose, oliendo a hombre puro, a sexo inminente.

Pero no lo dejas acabar. Esta es la prueba: edging, ese try out de control que leíste en blogs eróticos. Lo detienes justo cuando sus bolas se tensan, riendo ante su frustración deliciosa. "Paciencia, cabrón". Te quitas la ropa con un striptease improvisado: falda cayendo al suelo con un susurro, blusa volando, quedando en lencería negra que abraza tus curvas. Tus pezones duros asoman tras el encaje, sensibles al aire fresco. Él se incorpora, ojos hambrientos devorándote, y te tumba suavemente. Ahora sus labios recorren tu vientre, lengua lamiendo el ombligo, bajando hasta tu monte de Venus depilado.

El primer toque en tu clítoris es fuego: su lengua plana, caliente, girando en espirales. Tú agarras las sábanas, el tacto áspero contra tus palmas sudadas. Olor a excitación femenina, almizclado y dulce, lo enloquece. "Sabes a miel, nena", gruñe, chupando con succiones que te hacen arquearte. Tus muslos tiemblan, envolviéndolo, mientras inserta un dedo, luego dos, curvándolos contra tu punto G. El sonido húmedo de tus jugos es obsceno, excitante, como música prohibida. La tensión sube, tu vientre contraído, respiraciones entrecortadas.

¡No pares, por Dios! Estoy a punto de explotar.

Lo jalas arriba, guiando su verga gruesa a tu entrada. Entras despacio, centímetro a centímetro, sintiendo el estiramiento delicioso, venas frotando tus paredes internas. Él gime en tu oído, "¡Qué apretadita, qué padre!". Empiezan los movimientos: lentos al principio, piel contra piel chocando con palmadas suaves. El sudor perla en su frente, goteando en tu pecho, salado al lamerlo. Aceleran, la cama cruje rítmicamente, cabezal golpeando la pared como un latido furioso.

Acto final: la liberación. Cambian a perrito, tu posición favorita para esta prueba. Él te penetra profundo, manos en tus caderas, jalándote contra él. Cada embestida roza tu clítoris contra sus bolas, oleadas de placer acumulándose. "¡Córrete conmigo, Marco!", gritas, voz ronca. Él acelera, gruñendo "¡Sí, mi amor, ya voy!". El clímax te golpea como volcán: contracciones violentas envolviendo su verga, jugos chorreando por tus muslos. Él se vacía dentro, chorros calientes llenándote, su gemido animal resonando.

Colapsan juntos, cuerpos entrelazados, pegajosos de sudor y fluidos. El aire pesado huele a sexo consumado, vainilla residual mezclada con semen. Su pecho sube y baja contra tu mejilla, corazón galopando en sintonía con el tuyo. Besos perezosos en la sien, risas ahogadas.

Esto fue más que un try out, fue adictivo. Quiero más noches así, con él.

Se quedan así, envueltos en la sábana tibia, mientras la ciudad murmura afuera: cláxones lejanos, lluvia fina empezando a caer. Tú trazas círculos en su espalda, sintiendo la paz post-orgásmica, empoderada por haber probado, por haber guiado. Él te aprieta, "Fue chingón, ¿repetimos?". Tú sonríes en la oscuridad, sabiendo que este nuevo placer apenas comienza.

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