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Trío Familiar Ardiente

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Trío Familiar Ardiente

Estábamos en la casa de playa de la familia en Puerto Vallarta, ese paraíso donde el sol besa la piel y el mar susurra promesas calientes. Yo, Alejandro, de veintiocho años, había llegado con mi hermana Carla, de veintiséis, y nuestra prima Sofía, de veintisiete. Éramos carnales en espíritu, aunque Sofía era hija de la hermana de mi jefazo, pero en la familia todo se siente cerca, ¿neta? La casa era un sueño: paredes blancas, hamacas colgando, y un jacuzzi que burbujeaba como invitando a pecados.

El primer día, el calor nos pegaba duro. Nos echamos al mar temprano, con trajes de baño que dejaban poco a la imaginación. Carla, con su bikini rojo que le marcaba las curvas perfectas, reía mientras salpicaba agua. Qué chingona está mi hermana, pensé, sintiendo un cosquilleo traicionero en la entrepierna. Sofía, morena y atlética, con ese tanga negro que le subía por las nalgas firmes, se lanzaba olas como diosa azteca. Yo, con mi short ajustado, no podía evitar que mi verga se moviera al verlas jugar.

¡Wey, vente pa'cá! —gritó Carla, jalándome del brazo. Su piel salada rozó la mía, y olí su loción de coco mezclada con sudor fresco. El corazón me latió fuerte. Sofía se acercó por detrás, presionando sus tetas suaves contra mi espalda.

¿Esto es normal en un trío familiar? Neta, se siente demasiado bueno.
Reí nervioso, pero el roce de sus cuerpos me encendió. Cenamos tacos de mariscos esa noche, con cervezas frías y anécdotas de la infancia. La tensión flotaba, como el humo de la fogata en la playa.

La segunda noche, después de unas chelas, nos metimos al jacuzzi. El agua caliente nos envolvía, burbujas masajeando la piel. Carla se sentó en mi regazo, "por accidente", dijo, pero su culo redondo se acomodó justo sobre mi verga endureciéndose. ¡Puta madre, qué rica! Sofía, frente a nosotros, gemía bajito mientras el chorro le daba en las piernas abiertas. El vapor olía a cloro y a algo más: excitación, ese aroma almizclado que sale de entre las piernas cuando estás cachonda.

¿Ya se fijaron que aquí cabe perfecto un trío familiar? —soltó Sofía con picardía, sus ojos brillando bajo las luces tenues. Carla se rio, moviendo las caderas despacio, frotándose contra mí. Sentí su calor a través del bikini, mi verga palpitando como tambor.

Esto no puede ser solo juego, ¿verdad? Las dos me miran como si quisieran devorarme.
Le di un trago a mi cerveza, el frío contrastando con el fuego interno.

Carla giró la cara, sus labios carnosos a centímetros. —Hermano, neta que te ves bien sabroso mojado —susurró, y me besó. Su lengua entró dulce, saboreando a sal y tequila. Sofía no se quedó atrás; se acercó, besando mi cuello, mordisqueando la oreja. Sus manos bajaron por mi pecho, arañando suave. El agua chapoteaba con nuestros movimientos, y el aire se llenó de jadeos ahogados.

Salimos del jacuzzi empapados, riendo como pendejos, pero el deseo ardía. Nos secamos con toallas ásperas que rozaban pezones erectos. En la sala, con la puerta cerrada y el mar rugiendo afuera, Carla me empujó al sofá. —Quítate eso, carnal —ordenó, jalando mi short. Mi verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando pre-semen. Sofía jadeó: ¡Qué verga más chida, Alejandro!

Se arrodillaron las dos, sus tetas rebotando. Carla lamió primero, desde la base hasta la cabeza, su lengua caliente y húmeda envolviéndome. Sabía a sal marina. Sofía chupó las bolas, succionando suave, mientras sus dedos jugaban con mi culo. ¡Joder, esto es el paraíso! Gemí fuerte, el sonido reverberando en la habitación. Olía a sus panochas mojadas, ese olor dulce y ácido que me volvía loco.

Las subí al sofá. Quité el bikini de Carla: sus tetas grandes, pezones cafés duros como piedras. Las mamé, succionando fuerte, mientras ella arqueaba la espalda. ¡Ay, sí, carnal, así! Sofía se quitó el suyo sola, su concha depilada brillando. Metí dos dedos en Carla, estaba chorreando, caliente y apretada. Sofía se frotó contra mi mano, sus jugos untándose.

El ritmo subió. Las puse de rodillas, lado a lado. Sus culos perfectos alzados, invitándome. Primero Carla: empujé mi verga despacio, sintiendo cada pliegue de su concha tragándome. Tan apretada, como terciopelo caliente. La chingué firme, palmadas resonando, su culo enrojeciéndose. Sofía se tocaba el clítoris, gimiendo: ¡Métemela ya, primo!

Cambié a Sofía, su concha más profunda, succionándome. El slap-slap de piel contra piel, mezclado con sus gritos: ¡Más duro, pendejo, rómpeme! Sudor corría por sus espaldas, salado en mi lengua cuando lamí. Carla besaba a Sofía, lenguas enredadas, tetas frotándose.

Un trío familiar así de perfecto no se olvida nunca.

Las volteé, piernas abiertas. Me turné lamiéndolas: Carla primero, su clítoris hinchado bajo mi lengua, saboreando su miel dulce. Sofía después, más intensa, con un gritito agudo cuando la hice venir, su concha contrayéndose, chorros calientes en mi boca. Mi verga dolía de tanto querer explotar.

Ahora nosotras te vamos a cabalgar —dijo Carla, montándome. Su concha me engulló hasta el fondo, rebotando con fuerza, tetas bailando. Sofía se sentó en mi cara, su culo abriéndose, yo lamiendo todo: ano, concha, todo mojado. El peso de sus cuerpos, el calor sofocante, el olor a sexo puro. Carla aceleró, gritando: ¡Me vengo, carnal, ay! Su concha me ordeñó, jugos empapándome.

Sofía tomó el turno, cabalgándome salvaje, uñas clavadas en mi pecho. Siento las venas de mi verga latiendo dentro de ella. Carla lamía mis bolas desde abajo, succionando. No aguanté más. —¡Me corro! —rugí. Sofía se bajó, las dos abrieron la boca. Mi corrida salió en chorros gruesos, caliente y espesa, salpicando caras, tetas, lenguas. Ellas lamieron todo, besándose con mi semen entre ellas, saboreando.

Caímos exhaustos en el sofá, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El mar seguía rugiendo afuera, como aplaudiendo. Carla acurrucada en mi pecho, Sofía en el otro lado, dedos trazando círculos en mi piel. —Esto fue el mejor trío familiar de la vida —murmuró Sofía, besándome suave.

Durmimos así, con el amanecer tiñendo el cielo de rosa. Al despertar, el deseo no se había ido; solo esperaba la noche siguiente. En familia, los secretos se comparten, y este nos unía más que nunca. El sol entraba, calentando nuestra piel desnuda, prometiendo más rondas. Neta, qué chido ser carnales así.

Los días siguientes fueron puro fuego: mañanas en la playa tocándonos disimulados, tardes en la cocina con dedos metidos rápido, noches de trío familiar interminable. Cada roce, cada gemido, construía un lazo eterno. Ya no había tabúes, solo placer puro, consensual y ardiente.

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