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Despertar del XXX Trio Romantico

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Despertar del XXX Trio Romantico

El sol de la Riviera Maya se colaba por las cortinas de la casa en la playa, pintando todo de un naranja cálido y juguetón. Ana se estiró en la cama king size, sintiendo el aire salado que entraba por la ventana abierta. Habían llegado la noche anterior: ella, su novio Marco y el carnal de él, Luis. Tres amigos de toda la vida, pero últimamente las miradas se habían vuelto más intensas, más cargadas de algo que ninguno se atrevía a nombrar todavía.

¿Qué pedo con esta vibra tan rara? pensó Ana, mientras oía las risas de los vatos en la cocina. Marco, con su sonrisa pícara y ese cuerpo moreno de tanto jugar fut en la playa, y Luis, el más calladito pero con unos ojos que te desnudaban sin piedad. Habían planeado unas vacaciones para desconectarse del pinche estrés de la CDMX, pero neta, el ambiente ya olía a deseo desde el aeropuerto.

Se levantó, poniéndose solo una playera holgada de Marco que le llegaba a medio muslo, y bajó descalza. El piso de madera crujía suave bajo sus pies, y el olor a café recién molido se mezclaba con el de las tortillas que Luis estaba calentando en el comal.

—¡Órale, morra! Ya despertaste —dijo Marco, acercándose para darle un beso en la boca, de esos que duran un poquito más de lo normal. Sus labios sabían a menta y a promesas.

Luis la miró de reojo, sonriendo con esa timidez que lo hacía tan chido. —¿Quieres huevo o solo café, Ana?

Desayunaron en la terraza, con el mar rugiendo a lo lejos y las palmeras susurrando con la brisa. Las pláticas fluían fáciles: chismes del trabajo, anécdotas de la uni, pero cada roce accidental —la mano de Marco en su pierna, el brazo de Luis rozando el suyo al pasar la salsa— mandaba chispas por su piel. Ana sentía el calor subiendo por su pecho, el pulso acelerado como si hubiera corrido una carrera.

Esto no es normal entre carnales, se dijo, pero su cuerpo no mentía. Quería más.

Después del desayuno, se lanzaron a la playa. El agua turquesa lamía la arena blanca, y el sol quemaba delicioso sobre sus cuerpos untados de bloqueador. Jugaron volleyball en el mar, salpicándose, riendo hasta que les dolía la panza. Ana notaba cómo Marco y Luis la miraban: no como amigos, sino como hombres hambrientos. En un momento, Luis la cargó en volada, sus manos fuertes en su cintura, y ella se pegó a él, sintiendo la dureza de su pecho contra sus tetas.

—¡Bájame, pendejo! —rió, pero no se soltó tan rápido.

Marco se unió, abrazándolos a los dos desde atrás. —Ya, equipo, ¿no? Somos el XXX trio romántico perfecto.

Ana se congeló un segundo. ¿Lo había dicho en serio? Las palabras colgaban en el aire salado, cargadas de un doble sentido que todos captaron. Nadie lo negó. Nadie cambió el tema.

Regresaron a la casa al atardecer, con la piel erizada por el viento y el sol poniente tiñendo el cielo de rosas y violetas. Se ducharon por turnos, pero la tensión era un nudo en el estómago de Ana. Se puso un vestido ligero de algodón, sin bra ni calzón, solo por joder un poco. Bajó y los encontró en la sala, con chelas frías y música de Carlos Rivera de fondo, esa romántica que pone de ánimos.

—Ven, mi reina —dijo Marco, jalándola a su regazo en el sofá. La besó lento, profundo, su lengua explorando la de ella mientras sus manos subían por sus muslos. Ana gimió bajito, sintiendo cómo se mojaba ya, el calor entre las piernas palpitando.

Luis los veía desde el sillón de enfrente, su mirada oscura y fija. —¿Puedo unirme al XXX trio romántico? —preguntó con voz ronca, como si le costara salirle.

Ana lo miró, el corazón latiéndole en la garganta.

¿Esto es lo que quiero? Sí, carajo, sí. Los dos, juntos, haciéndome volar.
Asintió, extendiendo la mano. Luis se acercó, arrodillándose frente a ella. Marco le subió el vestido, exponiendo su panocha depilada y brillante de jugos. Luis inhaló hondo, oliendo su aroma dulce y almizclado.

—Neta, hueles a paraíso —murmuró, antes de lamerla despacio, desde el clítoris hasta el ano, saboreándola como si fuera el mejor tequila del mundo.

Ana jadeó, arqueándose. Las manos de Marco en sus tetas, pellizcando los pezones duros, mientras Luis chupaba con hambre, su lengua girando en círculos que la volvían loca. El sonido de sus succiones húmedas se mezclaba con sus gemidos, el aire cargado de sudor y excitación. Sentía los pulsos en cada vena, el calor subiendo como lava.

Se movieron al piso, sobre una cobija suave. Marco se quitó la ropa, su verga gruesa y venosa saltando libre, goteando precum. Luis lo imitó, la suya más larga, curva perfecta para tocar spots profundos. Ana se lamió los labios, arrodillándose para mamarlos a los dos, alternando: la boca llena de Marco, la mano en Luis, oliendo su piel salada, probando el sabor salado de sus puntas.

—Qué chingona eres, morra —gruñó Marco, enredando los dedos en su pelo.

La pusieron en cuatro, Marco atrás, empujando lento su verga dentro de ella. Ana gritó de placer, el estirón delicioso llenándola hasta el fondo. Cada embestida hacía que sus nalgas chocaran con un clap rítmico, el sudor chorreando por sus espaldas. Luis enfrente, metiéndosela en la boca, follando su garganta suave mientras ella babeaba y gemía alrededor.

El cuarto olía a sexo puro: fluidos, piel caliente, el leve aroma a coco del bloqueador mezclado con almizcle. Ana sentía todo: el roce áspero de las manos de Marco en sus caderas, la lengua de Luis lamiéndole las tetas cuando se inclinaba, los corazones latiendo al unísono.

Esto es el cielo, wey. Mi XXX trio romántico, perfecto, sin culpas.

Cambiaron posiciones, escalando la intensidad. Ana encima de Luis, cabalgándolo con furia, su verga golpeando su G-spot mientras rebotaba, las tetas saltando. Marco detrás, lubricando su ano con saliva y sus jugos, entrando despacio. Doble penetración: llena por completo, estirada al límite pero en éxtasis. Gritaban los tres, el sofá crujiendo, el mar de fondo como banda sonora.

—¡Sí, cabrones, así! ¡Más duro! —exigía Ana, empoderada, controlando el ritmo.

El clímax llegó en olas. Luis se vino primero, llenándola de leche caliente que chorreaba por sus muslos. Marco la siguió, eyaculando en su culo con un rugido animal. Ana explotó, el orgasmo partiéndola en dos, squirtando sobre Luis, el cuerpo temblando, visión borrosa de placer puro. Colapsaron juntos, un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas.

En el afterglow, se quedaron así, acariciándose perezosos. Marco besó su frente, Luis su cuello. El aire fresco de la noche entraba, enfriando sus pieles ardientes. Ana sonrió, sintiendo una paz profunda.

—Esto fue épico, ¿verdad? Nuestro XXX trio romántico —dijo Marco, riendo suave.

—Neta, lo repetimos —asintió Luis, y Ana solo suspiró feliz, sabiendo que su lazo era ahora indestructible, romántico hasta los huesos.

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