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Trío Tariacuri No Salgas Niña a la Calle

7618 palabras

Trío Tariacuri No Salgas Niña a la Calle

La radio tronaba en la cocina con esa ranchera del Trío Tariacuri, "No salgas niña a la calle", mientras mi mamá pelaba cebollas. El olor picante me hacía llorar un poco, pero no era por eso que se me humedecían los ojos. Afuera, en las calles de Morelia cerca de Tariacuri, el sol caía a plomo y el calor se pegaba a la piel como una promesa sucia. Mamá me miró de reojo, con esa cara de "te lo dije".

"No salgas niña a la calle, Ana, que andan sueltos unos pendejos", repitió la letra de la canción, y ella asintió como si el trío le estuviera hablando directo a mí. Yo tenía veintitrés, no era ninguna niña, pero en su cabeza seguía siendo la chava que jugaba con muñecas. Me reí bajito, sintiendo el short de mezclilla rozándome los muslos. Estaba sola en casa todo el día, y el cuerpo me ardía de puro aburrimiento. O de anticipación.

El timbre sonó, y mi pulso se aceleró como si supiera lo que venía. Abrí la puerta y ahí estaban Marco y Luis, mis carnales de la uni, con sus playeras ajustadas sudadas por el sol, oliendo a cerveza fresca y a ese desodorante macho que me volvía loca. Marco, el alto con tatuajes en los brazos, sonrió con esa dentadura blanca que contrastaba con su piel morena. Luis, más bajito pero con unos ojos que te desnudaban, traía una bolsa de chelas y un altavoz portátil.

"¿Qué onda, reina? Tu mamá nos mandó a cuidarte, no vaya a ser que salgas a la calle", dijo Marco guiñándome el ojo, y los tres nos carcajeamos porque sabíamos que era mentira.

Entraron, y el aire se cargó de inmediato. El departamento era chiquito pero acogedor, con cortinas floreadas que filtraban la luz en tonos anaranjados. Puse música, pero no rancheras; algo más suave, reggaetón bajito que hacía vibrar el piso. Nos sentamos en el sillón, yo en medio, sintiendo el calor de sus cuerpos a ambos lados. Marco abrió una chela y me la pasó, sus dedos rozaron los míos, ásperos y cálidos, enviando chispas directo a mi entrepierna.

"Hace un chingo de calor, ¿no?", murmuró Luis, quitándose la playera sin pena. Su pecho liso brillaba con sudor, y yo tragué saliva, imaginando mi lengua trazando esas líneas. Marco lo siguió, y de pronto estaba flanqueada por dos cuerpos semidesnudos, oliendo a sal y a deseo puro. Mi blusa se sentía de pronto demasiado apretada, los pezones endureciéndose contra la tela.

Empecé con bromas, como siempre. "Si no salgo a la calle, ¿qué hago con tanto fuego adentro?" Les conté de la canción del Trío Tariacuri que no me dejaba en paz, cómo me hacía pensar en peligros que en realidad eran tentaciones. Ellos rieron, pero sus miradas se volvieron serias, intensas. Marco puso su mano en mi rodilla, subiendo despacito por el muslo. "Quédate con nosotros, niñita", susurró, adaptando la letra con voz ronca que me erizó la piel.

El corazón me latía en los oídos, un tambor que ahogaba la música. Miré a Luis, y él ya tenía la mano en mi cintura, tirando de mí hacia él. Nuestros labios se encontraron primero, su boca sabía a chela fría y a menta, lengua juguetona explorando la mía. Marco observaba, su respiración pesada, y cuando me separé jadeante, él tomó mi rostro y me besó con más hambre, mordisqueándome el labio inferior hasta que gemí.

Me levanté, temblando un poco de nervios y excitación. "¿Quieren ver lo que pasa si no salgo a la calle?" Les dije con voz juguetona, mexicana pura, quitándome la blusa despacio. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras bajo su mirada. Se lamieron los labios al unísono, y eso me mojó tanto que sentí el calor bajando por mis piernas.

En el cuarto, la cama king que compartía con mi ausencia de novio nos esperaba. Me tumbaron suave, besos lloviendo por mi cuello, hombros, bajando a mis pechos. Marco chupaba un pezón, tirando con los dientes lo justo para doler rico, mientras Luis lamía el otro, su barba incipiente raspándome la piel en chispas de placer. Olía a sus colones mezclados con mi aroma dulce de mujer lista, y el sonido de sus succiones húmedas me volvía loca.

¿Esto es lo que pasa cuando obedezco la canción del Trío Tariacuri?, pensé, riéndome por dentro mientras arqueaba la espalda.

Manos por todos lados: Marco desabrochándome el short, Luis bajándome las calzas. Quedé desnuda, expuesta, pero empoderada, guiándolos. "Chúpenme aquí", les ordené, abriendo las piernas. Marco se hincó primero, su lengua plana lamiéndome el clítoris en círculos lentos, saboreando mis jugos como si fueran miel. "Qué rica estás, Ana, pinche deli", gruñó, y yo me retorcí, agarrando sus greñas.

Luis se subió a la cama, su verga ya dura saliendo del bóxer, gruesa y venosa. La tomé en la mano, sintiendo el pulso caliente, el terciopelo sobre acero. La masturbé despacio mientras Marco me comía viva, su nariz rozándome el pubis, inhalando mi olor. Cambiaron turnos, Luis ahora entre mis piernas, más agresivo, metiendo la lengua adentro como follándome con ella. Gemí fuerte, el cuarto lleno de mis alaridos y sus jadeos.

"Quiero las dos", susurré, y ellos entendieron al tiro. Marco se acostó, yo me subí encima, empalándome en su verga de un jalón. Era enorme, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. Reboté lento al principio, sintiendo cada vena rozándome las paredes, el sudor chorreando entre nosotros. Luis se paró detrás, escupiendo en mi ano para lubricar, un dedo primero, luego dos, abriéndome con cuidado.

"¿Sí quieres, mi amor?", preguntó, voz temblorosa de deseo. "¡Sí, pendejo, métemela ya!", le contesté, y entró despacio, centímetro a centímetro, el ardor inicial convirtiéndose en éxtasis puro. Estábamos los tres conectados, yo en medio, sus vergas pulsando dentro de mí, separadas solo por una delgada pared. Me movían ellos ahora, embistiendo en ritmo perfecto, el slap slap de piel contra piel resonando como tambores.

El olor a sexo nos envolvía, sudor salado, fluidos mezclados, su semen preeyaculatorio lubricando todo. Sentía sus bolas golpeándome, Marco chupándome las tetas mientras Luis me jalaba el pelo suave, besándome el cuello. La tensión subía, un nudo en el estómago apretándose, mis músculos contrayéndose alrededor de ellos.

"Me vengo, cabrones", grité, y exploté. Oleadas de placer me sacudieron, visión borrosa, cuerpo convulsionando, chorros calientes saliendo de mí empapándolos. Ellos no pararon, follándome a través del orgasmo hasta que Marco gruñó "Me corro" y se vació dentro, chorros calientes inundándome. Luis salió y se vino en mi espalda, pintándome con su leche espesa que corría tibia por mi piel.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Marco me besó la frente, Luis acarició mi pelo. "No salgas niña a la calle", murmuró Marco riendo, citando la canción que ahora sonaba bajito en mi mente. Me acurruqué entre ellos, el cuerpo lánguido, satisfecho, oliendo a nosotros tres.

Qué bueno que hice caso al Trío Tariacuri, pensé, sonriendo en la penumbra mientras el sol se ponía afuera, dejando la calle para los pendejos.

Nos quedamos así un rato, charlando pendejadas, planeando la próxima. No había prisa, no había culpas. Solo el afterglow calentito, sus manos todavía explorándome perezosas, promesas de más. Mamá llegaría en unas horas, pero para entonces todo estaría en orden, con la canción del Trío Tariacuri como nuestro secreto cómplice.

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