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Ado Tri Acordes de Pasión

6247 palabras

Ado Tri Acordes de Pasión

La noche en la playa de Puerto Vallarta olía a sal marina mezclada con el humo dulce del carbón de la parrillada. Las olas rompían suaves contra la arena tibia, y el aire cargado de risas y cumbia te envolvía como un abrazo caliente. Tenías veintiocho años, piel morena besada por el sol, y un vestido ligero de algodón que se pegaba a tus curvas con cada brisa. Habías llegado con unas amigas a esta fiesta de fin de semana, pero ahora estabas sola, recargada en una palmera, observando el fuego crepitante.

De pronto, un sonido te erizó la piel: ado tri acordes. Tres notas simples, repetidas en la guitarra acústica de un tipo alto, de cabello negro revuelto y ojos que brillaban como el tequila bajo la luna. Tocaba sentado en una silla de playa, descalzo, con una cerveza en la mano libre. Era un ado tri acordes, esa progresión básica que todo mundo conoce, pero en sus dedos se volvía hipnótica. El primer acorde vibraba grave en tu pecho, como un latido profundo; el segundo subía juguetón, rozando tu deseo dormido; el tercero resolvía en una caricia que te hacía cerrar los ojos. Neta, güey, ¿cómo unas pinches tres notas podían ponerte así de caliente?

¿Qué chingados me pasa? Ese pendejo ni me ve, pero su música me está tocando donde nadie llega.

Te acercaste despacio, el corazón latiéndote fuerte contra las costillas. Él levantó la vista, sonrió con dientes blancos y perfectos. "Qué onda, preciosa. ¿Te late el ado tri acordes? Es lo único que sé tocar bien", dijo con voz ronca, acento norteño que te erizaba los vellos. Te sentaste a su lado en la arena, sintiendo el calor de su muslo rozar el tuyo. Olía a protector solar, sudor limpio y algo masculino, como tierra mojada después de la lluvia.

"Neta chido", respondiste, mordiéndote el labio. "Me hace sentir... no sé, como si me estuvieras acariciando por dentro". Él rio bajito, y sus dedos volvieron a las cuerdas. El sonido te envolvió, el primer acorde te apretó el estómago, el segundo te humedeció entre las piernas, el tercero te dejó jadeando suave. Conversaron de tonterías: de tacos al pastor, de cómo el mar siempre pone cachondo, de que él se llamaba Alex, treinta años, músico de cantinas en Mazatlán. Tus amigas ya andaban en su rollo, bailando con unos vatos, así que nadie notaba cómo vuestras manos se rozaban "accidentalmente".

La tensión crecía como la marea. Cada repetición del ado tri acordes era una promesa. Su mirada bajaba a tus chichis, que se marcaban bajo el vestido, y tú sentías su verga endurecerse contra el short. "Ven, baila conmigo", murmuró, dejando la guitarra. Te pusiste de pie, y sus manos fuertes te tomaron la cintura. Bailaron pegados al ritmo de una ranchera que sonaba de fondo, pero en tu cabeza solo retumbaban esos tres acordes. Su aliento caliente en tu cuello, el roce de su pecho duro contra tus tetas suaves. Olías su excitación, ese aroma almizclado que te volvía loca.

Acto dos: la escalada

Te llevó a su cabaña a unos metros, una choza rústica con hamaca y velas parpadeantes. "Si quieres parar, nomás dilo, mamacita", dijo, pero tus ojos decían que no. Lo jalaste de la playera, besándolo con hambre. Sus labios sabían a cerveza fría y sal, la lengua fuerte explorando tu boca como si tocara un nuevo acorde. Sus manos bajaron por tu espalda, apretando tu nalgona con ganas, mientras tú le clavabas las uñas en los hombros musculosos.

Pinche verga, qué rico se siente su cuerpo contra el mío. Esos ado tri acordes me trajeron aquí, y ahora quiero que me toque entera.

Te quitó el vestido despacio, admirando tus curvas desnudas a la luz de la vela. Tus pezones duros como piedras, tu panocha ya mojada brillando. Él se desnudó, revelando un cuerpo atlético, bronceado, y una verga gruesa, venosa, lista para ti. "Eres una chulada", gruñó, arrodillándose. Su boca te devoró: lengua lamiendo tu clítoris en círculos lentos, chupando como si fuera el acorde perfecto. Gemías alto, el sonido de tus jugos mezclándose con su saliva, el sabor salado de tu excitación en su lengua. Tus manos en su pelo, empujándolo más adentro, mientras el placer subía en oleadas. Primero un dedo, grueso y juguetón; luego dos, curvándose justo ahí, en tu punto G, follándote suave mientras lamía.

Lo volteaste, queriendo corresponder. Su verga en tu mano, caliente, palpitante, venas saltando. La lamiste desde la base, saboreando el precum salado, metiéndotela hasta la garganta. Él jadeaba "¡Carajo, qué mamada tan chingona!", sus caderas moviéndose al ritmo de tus labios. El olor de su piel sudada te embriagaba, el sonido de su respiración agitada como música. Lo montaste entonces, guiando su pija a tu entrada húmeda. Lentito al principio, sintiendo cada centímetro estirarte, llenarte. El primer acorde era su embestida profunda; el segundo, el roce de su pubis en tu clítoris; el tercero, el clímax construyéndose.

Follaban duro ahora, sudados, pegajosos. Tus tetas rebotando con cada golpe, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. "¡Más rápido, cabrón!", gritabas, y él obedecía, el catre crujiendo, la hamaca balanceándose afuera con la brisa. El olor a sexo llenaba la cabaña: jugos, sudor, placer puro. Tus paredes lo apretaban, ordeñándolo, mientras el orgasmo te rompía en pedazos. Gritaste su nombre, temblando, uñas en su espalda.

Él se corrió segundos después, caliente dentro de ti, gruñendo como animal. Se quedaron unidos, respirando pesado, su verga aún latiendo en tu interior.

El afterglow fue dulce. Acostados en la cama deshecha, él te acariciaba el pelo, besándote la frente. "Ese ado tri acordes siempre funciona", bromeó. Reíste, sintiendo su semen escurrir entre tus muslos. El mar susurraba afuera, las estrellas testigos. Por primera vez en meses, te sentías completa, empoderada, deseada sin complicaciones.

Quién iba a decir que tres simples acordes me darían la noche más cabrona de mi vida. Mañana quizás vuelva por más.

Se durmieron así, entrelazados, con el eco de la guitarra en el aire nocturno.

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