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Triad Médico Ardiente

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Triad Médico Ardiente

Entraste a la clínica privada en Polanco con el corazón latiéndote como tambor de mariachi. El aire olía a limpio, a ese desinfectante fresco mezclado con jazmín de los floreros caros en el lobby. Tus tacones chiquitos resonaban en el mármol pulido, y sentiste un cosquilleo en la nuca, como si ya supieras que algo chido te esperaba. Habías oído rumores del triad médico, ese tratamiento exclusivo que solo ofrecían aquí, para pacientes VIP como tú. No era un chequeo normal; era algo más íntimo, holístico, con tres expertos trabajando en armonía para desatar tensiones profundas.

La recepcionista, una morra bien producida con uñas postizas rojas, te sonrió pícara. —Pasa, güey, los doctores ya te esperan. Vas a flipar. Te guio por un pasillo iluminado suave, con luces LED que jugaban sombras en las paredes blancas. Tu piel se erizó bajo el vestido ligero de algodón, el que marcaba tus curvas justito. ¿Y si es verdad lo que platican en el grupo de WhatsApp? Un triad médico que te deja temblando de puro placer...

La puerta se abrió con un zumbido suave, y ahí estaban ellos: el doctor Alejandro, alto, moreno, con ojos negros que te desnudaban de un vistazo, y bata blanca entreabierta dejando ver un pecho chato y musculoso. A su lado, la doctora Sofía, rubia teñida con raíces perfectas, labios carnosos pintados de rojo pasión, y una figura de reloj de arena que gritaba mamacita. Se pararon los dos al mismo tiempo, sonriendo como si ya te conocieran de toda la vida.

—Bienvenida al triad médico, preciosa —dijo Alejandro con voz grave, ronca, como tequila reposado—. Aquí no hay prisas. Somos tres: tú, Sofía y yo. Vamos a explorarte a fondo, a sanar cada rincón de tu cuerpo.

Sentiste un calor subiendo por tus muslos. Neta, ¿esto es real? Asentiste, la boca seca, mientras Sofía te tomaba la mano. Su piel era seda tibia, uñas cortas rozando tu palma. —Desnúdate tranquila, mi amor. Confía en nosotros. Obedeciste, el vestido cayendo al piso con un susurro, quedando en brasier de encaje negro y tanga diminuta. El aire acondicionado te besó los pezones, endureciéndolos al instante. Alejandro se acercó, su aliento mentolado rozando tu cuello.

Acto uno del triad médico: el examen inicial. Te acostaron en la camilla acolchada, piel de cuero negro suave contra tu espalda desnuda. Luces tenues, música ambiental con marimbas suaves de fondo, olor a aceite esencial de vainilla flotando. Alejandro palpó tu abdomen con manos expertas, firmes pero tiernas, descendiendo lento hacia tus caderas. —Respira hondo, carnala. Siente cómo te abro. Sofía, a tu lado derecho, masajeaba tus hombros, sus dedos hundiéndose en nudos que no sabías que tenías. Sus pechos rozaban tu brazo, tetas firmes bajo la bata.

El deseo empezó como un pulso bajo, en tu entrepierna. Chingado, qué manos tan mágicas. Quiero más, pero ¿y si me corro ya? Tensiones del día —trabajo estresante, pleitos con el jefa— se disipaban con cada caricia. Alejandro bajó más, dedos rozando el borde de tu tanga. Sofía besó tu oreja, lengua juguetona lamiendo el lóbulo. —Estás mojada, ¿verdad? Neta, hueles delicioso. Olía a ti misma, a excitación almizclada, mezclada con su perfume dulzón.

Pasaron al acto dos: la escalada. Quitaron las batas, quedando en ropa interior. Alejandro en bóxers ajustados, verga marcada gruesa y dura contra la tela. Sofía en bra y tanga roja, culo redondo perfecto. Te voltearon boca abajo, cuatro manos en tu espalda, untando aceite tibio que chorreaba como miel caliente. Gemiste cuando Alejandro separó tus nalgas, dedo índice rozando tu ano con delicadeza. —Aquí hay tensión, mi reina. Déjame soltarla.

Sofía se subió a la camilla, arrodillada a tu lado, tetas colgando pesadas. Te volteó la cara y te besó, lengua invadiendo tu boca con sabor a chicle de fresa y deseo puro. Chupaste su lengua, manos subiendo a amasar sus pechos, pezones duros como balines entre tus dedos. Alejandro, abajo, lamía tu panocha por encima de la tanga, aliento caliente empapando la tela. ¡Órale, qué rico! Su barba raspando mis labios internos... El sonido de succiones húmedas llenaba la habitación, mix con tus jadeos ahogados.

Piensas: Soy una puta afortunada. Este triad médico es el pinche cielo. No pares, cabrones, fóllenme ya.

Te quitaron todo. Desnuda total, piernas abiertas en estribos suaves. Alejandro se paró entre ellas, verga libre ahora, venosa y palpitante, goteando pre-semen cristalino. Sofía se recargó en tu pecho, chupando un pezón mientras frotaba su coño lampiño contra tu muslo. Sentiste su humedad untándose en tu piel, resbalosa y caliente. —Córrete conmigo, amor. Somos un equipo.

Alejandro empujó lento, la cabeza de su verga abriendo tus labios vaginales con un pop jugoso. Inch por inch, te llenó, estirándote delicioso. Gruñiste, uñas clavándose en sus hombros anchos. Olía a sudor masculino, a sexo crudo. Sofía bajó, lengua lamiendo donde él entraba y salía, saboreando vuestros jugos mezclados. Tienes su clítoris en tu mano, frotándolo en círculos rápidos, ella gimiendo contra tu piel.

El ritmo subió. Alejandro te taladraba profundo, bolas peludas chocando contra tu culo con plaf plaf rítmico. Sudor perlando su frente, cayendo en gotas saladas sobre tu vientre. Sofía se montó en tu cara, coño abierto chorreando en tu boca. Lamiste ávida, sabor salado-dulce, lengua hundida en sus pliegues hinchados. Neta, sabe a gloria. Quiero beberla entera. Ella se mecía, tetas rebotando, manos en tus pechos apretando fuerte.

La tensión crecía como volcán. Tus paredes internas se contraían alrededor de la verga de Alejandro, ordeñándolo. Él jadeaba: —¡Chingada madre, qué apretada estás! Me vas a sacar la leche, pendejita rica. Sofía gritaba en mexicano puro: —¡Sí, lameme el culo, güera! ¡Me vengo! Su orgasmo explotó primero, jugos inundando tu cara, cuerpo temblando como hoja en tormenta.

Tú seguiste, el clímax building imparable. Alejandro aceleró, embistiéndote como animal, camilla crujiendo bajo el peso. Sentiste el estallido: oleadas de placer desde el coño hasta la punta de los dedos, gritando ahogada contra el muslo de Sofía. Él se corrió segundos después, chorros calientes pintando tus entrañas, gruñendo ronco. Se quedó quieto, verga pulsando dentro, besándote el cuello con labios temblorosos.

El acto tres: el afterglow. Se derrumbaron los tres en la camilla amplia, enredados como sábanas revueltas. Sudor enfriándose en la piel, corazones latiendo al unísono. Sofía te acariciaba el pelo húmedo, Alejandro trazaba círculos perezosos en tu vientre plano. Olía a sexo satisfecho, a semen y fluidos mezclados con vainilla residual.

Piensas: Este triad médico no es solo un tratamiento; es adicción. Volveré cada semana, neta. Mi cuerpo canta hallelujah.

¿Cómo te sientes, reina? —preguntó Alejandro, voz suave ahora, besando tu sien.

Como renacida, carnal. Gracias por el triad mágico. Sofía rio bajito, mordisqueando tu hombro. —Es nuestro secreto. Pero ya sabes, el próximo nivel es aún más cabrón.

Te vestiste lento, piernas flojas como gelatina, sonrisa boba en la cara. Saliste a la noche de Polanco, luces neón bailando en tus ojos vidriosos. El deseo inicial se había transformado en paz profunda, un glow que duraría días. Chingón, el mejor médico que he tenido. Y supiste que llamarías para cita recurrente.

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