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El Trío Todo Es Materia

5870 palabras

El Trío Todo Es Materia

El sol de Puerto Vallarta caía como una caricia ardiente sobre mi piel morena, mientras el mar susurraba promesas de placer infinito. Yo, Ana, acababa de llegar a la villa que compartíamos con Marco y Luisa, mis mejores amigos desde la uni. Habíamos planeado este viaje para desconectarnos del pinche estrés de la Ciudad de México, pero desde que nos vimos en el aeropuerto, el aire se sentía cargado de algo más que sal y arena. Marco, con su sonrisa pícara y esos brazos tatuados que tanto me gustaban, me cargó la maleta como si nada. Luisa, con su pelo negro azabache y curvas que volvían loco a cualquiera, me dio un abrazo que duró un segundo de más, su perfume de jazmín invadiendo mis sentidos.

¿Qué carajos pasa aquí? pensé, mientras nos instalábamos en la terraza con unos tequilas bien fríos. El vidrio helado contra mi palma contrastaba con el calor que subía por mi pecho. Hablamos de todo y nada: del tráfico en Insurgentes, de las fiestas en Polanco, pero nuestras miradas se cruzaban como chispas. Luisa se recargó en mi hombro, su aliento tibio en mi cuello. "Órale, Ana, estás más rica que nunca, wey", soltó con esa risa ronca que me erizaba la piel. Marco nos miró, sus ojos oscuros brillando. "Sí, las dos son un peligro. ¿Verdad que sí?"

La tensión crecía como la marea. Esa noche, después de una cena de mariscos ahumados que sabían a sal y limón fresco, nos metimos a la piscina infinita. El agua tibia me envolvía como un amante, y el vapor subía mezclándose con el olor a cloro y sudor fresco. Me quité el bikini en un arranque de libertad mexicana, sintiendo sus ojos devorarme. "¡No mames, Ana!", exclamó Marco, pero su voz era pura hambre. Luisa se rio y se desató el top, sus pechos firmes flotando en el agua. "Ven, carnala. Aquí no hay pudores."

Nos acercamos, los tres en un círculo íntimo. Mis dedos rozaron el brazo de Marco, áspero por el vello, mientras Luisa me besaba el hombro, su lengua dejando un rastro húmedo y salado.

"Esto es el trío todo es materia, puras sensaciones sin rollos mentales", murmuró ella, citando esa frase loca que inventamos en la uni después de unas cheves, cuando hablábamos de cómo el cuerpo manda sobre todo.
Su boca encontró la mía, suave al principio, luego voraz, saboreando el tequila en mi lengua. Marco se pegó por detrás, su verga dura presionando mi culo bajo el agua, un pulso caliente que me hizo gemir contra los labios de Luisa.

Salimos empapados a la terraza, el piso de losa fría bajo nuestros pies descalzos. La luna pintaba todo de plata, y el sonido de las olas rompiendo era como un ritmo tribal. Marco nos tendió en las hamacas anchas, su piel oliendo a protector solar y hombre. "Déjenme cuidarlas", dijo con voz grave, besando mi vientre mientras Luisa lamía mi cuello. Sentí sus manos: las de él, callosas y firmes, masajeando mis muslos; las de ella, suaves como seda, pellizcando mis pezones hasta que dolían de placer. Pinche paraíso, pensé, arqueándome cuando la boca de Marco llegó a mi entrepierna.

Su lengua era un torbellino, lamiendo mi clítoris hinchado, saboreando mis jugos que sabían a mar y deseo. Luisa se montó en mi cara, su coño depilado rozando mis labios, húmedo y tibio, con un aroma almizclado que me volvía loca. La chupé con ganas, metiendo la lengua profundo, escuchando sus gemidos ahogados: "¡Ay, sí, Ana, así, cabrona!". Marco metía dos dedos en mí, curvándolos justo en ese punto que me hacía ver estrellas, el sonido chapoteante mezclándose con nuestros jadeos. El aire estaba cargado de nuestro olor: sudor salado, sexo crudo, un poco de tequila derramado.

La intensidad subía como fiebre. Cambiamos posiciones, yo de rodillas en la hamaca, Marco detrás embistiéndome lento al principio, su verga gruesa estirándome deliciosamente, cada centímetro un roce ardiente de venas y piel. "Estás tan chida, Ana", gruñía, sus bolas golpeando mi culo con un plaf rítmico. Luisa debajo de mí, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi clítoris y la base de su verga. Sentía todo: el estiramiento, el roce húmedo, el calor de sus bocas. Mis tetas rebotaban, pezones duros rozando el pecho de Luisa, que ahora me besaba con furia, nuestras lenguas enredadas.

No puedo más, esto es demasiado bueno, pensé, mientras el orgasmo me agarraba como un maremoto. Grité, mi coño contrayéndose alrededor de Marco, jugos chorreando por mis muslos. Él no paró, follándome más duro, sus manos apretando mis caderas hasta dejar marcas. Luisa se tocaba, sus dedos hundiéndose en su propio calor, gimiendo mi nombre. "¡Ven, wey, córrete conmigo!", le urgió Marco a ella, y Luisa explotó, su cuerpo temblando bajo el mío, un chorro caliente mojando mis tetas.

Marco se retiró de golpe, volteándonos a las dos para pintarnos la cara y pechos con su leche espesa, caliente, que olía a puro macho. La lamimos mutuamente, saboreando el salado amargo, riéndonos como pendejos felices. Nos quedamos ahí, enredados, el sudor enfriándose en la brisa nocturna, el corazón latiéndonos a mil. "El trío todo es materia pura, ¿no?", susurró Marco, besándonos a las dos. Luisa asintió, su mano en mi entrepierna aún sensible. "Sí, carnal. Nada más que cuerpos, placer y nosotros."

Al amanecer, el sol nos despertó con sus rayos dorados filtrándose por las palmeras. Nos bañamos en la ducha al aire libre, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos, risas mezcladas con besos perezosos. No hubo culpas, solo una conexión más profunda. Mientras empacábamos para el día, supe que esto había cambiado todo: éramos más que amigos, éramos materia viva, tocándonos el alma a través de la piel. El viaje apenas empezaba, y con ellos, cada momento prometía ser igual de explosivo.

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