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Sumergida en la Triada de Waddell

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Sumergida en la Triada de Waddell

La brisa salada del Pacífico me acariciaba la piel mientras caminaba por la playa de Puerto Vallarta. El sol se ponía tiñendo el cielo de naranjas y rosas, y el sonido de las olas rompiendo contra la arena blanca me llenaba de una paz que no sentía desde hace meses. Yo, Sofía, una chilanga de veintiocho años harta del ajetreo de la Ciudad de México, había aceptado la invitación de mi amiga Lupe a su fiesta en esta villa de ensueño. Qué chido escaparme un fin de semana, pensé, ajustándome el bikini rojo que realzaba mis curvas. No buscaba nada más que relax, pero el destino tenía otros planes.

La villa era un paraíso: palmeras susurrando, piscina infinita con vista al mar, y música de cumbia rebajada flotando en el aire. Lupe me presentó a Javier y Mateo, dos morenos guapísimos de Guadalajara, con cuerpos esculpidos por horas en el gym y sonrisas que derretían. Javier, el más alto, con ojos verdes penetrantes y una barba recortada que le daba un aire de galán de telenovela; Mateo, más juguetón, con tatuajes en los brazos y una risa contagiosa. Neta, estos vatos están cañones, me dije, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

—Órale, Sofía, ¿vienes de la capital? —preguntó Javier, pasándome un mojito fresco que olía a menta y ron—. Prueba esto, es la especialidad de la casa.

Tomé un sorbo, el líquido frío bajando por mi garganta como un río de placer. —Sí, carnal, necesitaba este break. ¿Y ustedes qué onda?

Mateo se acercó, su mano rozando casualmente mi brazo, enviando chispas por mi piel. —Somos cuates de toda la vida. Esta noche hay un jueguito especial aquí en la villa. Se llama la Triada de Waddell. ¿Has oído de eso?

Fruncí el ceño, intrigada. —No, ¿qué es? Suena misterioso.

Javier sonrió con picardía. —Es una leyenda local. Waddell era un gringo explorador que vivió aquí en los treinta. Descubrió un ritual prehispánico de tres amantes conectados en un triángulo perfecto de placer. Se dice que quien lo practica alcanza el éxtasis total. ¿Te animas a probar?

Mi pulso se aceleró.

¿Qué pedo, Sofía? ¿Un trío? Suena loco, pero... joder, me muero de ganas
, pensé, imaginando sus manos en mí. La noche avanzaba con cocteles, baile bajo las estrellas y miradas cargadas de promesas. El aroma a marisco asado y coco llenaba el aire, y sus cuerpos cerca del mío en la pista improvisada me hacían sudar más que el calor tropical.

El deseo crecía como una ola. Javier me susurraba al oído mientras bailábamos, su aliento cálido contra mi cuello: —Eres preciosa, Sofía. Imagina lo que los tres podríamos hacer...

Mateo por detrás, sus caderas moviéndose al ritmo, presionando contra mis nalgas. —Dinos sí y te llevamos al cielo, mamacita.

Mi mente daba vueltas. ¿Y si me arrepiento? No, neta, esto es lo que quiero. Adultos, consentidores, puro placer. —Está bien, pendejos. Llévenme a esa Triada de Waddell.

Nos escabullimos a una cabaña privada junto a la playa, iluminada por velas que parpadeaban sombras sensuales en las paredes de bambú. El sonido del mar era nuestra banda sonora, rítmico y constante. Javier cerró la puerta, y Mateo puso música suave, un bolero con guitarra que invitaba a tocar.

Empezaron lento, como en el ritual. Javier me besó primero, sus labios suaves y firmes, saboreando a ron y sal. Su lengua exploró mi boca con hambre contenida, mientras sus manos grandes subían por mi espalda, desatando mi top. Mis pechos se liberaron, los pezones endureciéndose al aire fresco. Qué rico se siente esto.

Mateo se unió, besando mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Olía a loción de sándalo, masculino y adictivo. Sus dedos trazaban círculos en mi vientre, bajando hasta el borde de mi bikini. —Relájate, reina. Esto es la Triada de Waddell: yo te toco, tú a Javier, él a mí. Un círculo perfecto.

Me arrodillé en la cama king size, cubierta de sábanas de algodón egipcio suaves como una caricia. Quité la camisa de Javier, revelando su pecho definido, cubierto de vello oscuro. Lo besé ahí, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel. Él gimió, bajo y gutural, mientras sus manos masajeaban los hombros de Mateo.

La tensión subía. Mateo deslizó mi bikini abajo, exponiendo mi panocha húmeda y palpitante. El aire la rozó, enviando ondas de placer. —Mírate, tan mojada ya —murmuró, su aliento caliente sobre mi clítoris. Su lengua la lamió despacio, saboreándome como un mango maduro, dulce y jugoso. Gemí, arqueándome, mientras mis dedos se hundían en el pelo de Javier, guiándolo a mi pecho. Él succionó un pezón, tirando suavemente con los dientes, un dolor placentero que me hacía jadear.

Esto es una locura deliciosa. Javier se desnudó, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, goteando precúm. La tomé en mi mano, acariciándola con firmeza, sintiendo su pulso acelerado contra mi palma. Mateo, ahora desnudo también, tenía la suya más larga, curva perfecta para golpear spots profundos. Se posicionaron: yo en el centro, Javier frente a mí, Mateo detrás.

—En la Triada de Waddell, nos conectamos todos —explicó Javier, su voz ronca—. Tú me chupas, yo te como, él te coge.

Asentí, ansiosa. Me incliné, tomando la verga de Javier en mi boca. Sabía a piel limpia y excitación, salada y cálida. La succioné hondo, mi lengua girando alrededor del glande, mientras él se enterraba en mi coño, lamiendo con avidez, su barba raspando mis muslos internos. Mateo, lubricado con mi propia humedad, empujó despacio en mi entrada trasera, pero no, cambiamos: él en mi panocha primero, profundo y lento.

—¡Ay, cabrón! —grité de placer cuando Mateo me penetró, su grosor estirándome deliciosamente. Javier, aún lamiéndome el clítoris expuesto, gemía vibraciones contra mí. El círculo se cerraba: mi boca en Javier, su lengua en mí, mi coño en Mateo, y Mateo besando la espalda de Javier, tocándolo.

El ritmo aumentó. Sudor resbalaba por nuestros cuerpos, mezclándose con el olor almizclado del sexo: panocha mojada, vergas calientes, pieles frotándose. Sonidos everywhere: chupadas húmedas, gemidos ahogados, carne chocando contra carne. ¡Más rápido, pendejos! Mi orgasmo se acercaba, una tormenta building.

Cambiaron posiciones fluidamente, como en el ritual. Ahora Javier me cogía de misionero, sus embestidas potentes golpeando mi G, mientras yo lamía la verga de Mateo, y él besaba a Javier. El triángulo perfecto: vista de Javier sudando sobre mí, sus músculos tensos; tacto de Mateo en mi mano, palpitante; sonido de sus gruñidos sincronizados con las olas.

—Me vengo... ¡ya! —exclamé, mi cuerpo convulsionando. Oleadas de placer me barrieron, mi panocha apretando a Javier como un puño. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, gritando mi nombre. Mateo, masturbándose sobre mi pecho, eyaculó en arcos blancos, su leche tibia salpicando mi piel.

Colapsamos en un enredo de miembros, respiraciones jadeantes calmándose al unísono. El afterglow era puro: pieles pegajosas, corazones latiendo fuerte, el mar arrullándonos. Javier me besó la frente. —Bienvenida a la Triada de Waddell, Sofía. ¿Repetimos?

Sonreí, exhausta y satisfecha.

Esto no fue solo sexo, fue conexión. Me siento viva, empoderada
. Mateo trajo toallas húmedas, limpiándonos con ternura. Hablamos bajito de la leyenda, riendo de lo intenso que había sido.

Al amanecer, caminando de regreso por la playa, el sol naciente calentaba mi piel aún sensible. La Triada de Waddell no era solo un mito; era mi nueva adicción. ¿Volveré a la CDMX igual? Ni madres. Este fin de semana me había transformado, dejando un fuego eterno en mi interior.

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