Dios Sabe Que Lo He Intentado
La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio de risas y copas chocando que te hace sentir que el mundo entero conspira para que te sueltes. Yo, sentada en la barra del rooftop bar, con mi vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa pendeja, pedí otro margarita. Dios sabe que lo he intentado, pensé, mientras el hielo crujía entre mis dientes y el limón me picaba la lengua. God knows I've tried, repetí en mi cabeza como un mantra gringo de esas canciones que ponemos a todo volumen cuando queremos olvidar.
Lo vi entrar como si el destino fuera un cabrón con sentido del humor. Javier, con su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar ese pecho moreno que tanto me gustaba lamer. Sus ojos, negros como el mezcal, me encontraron de inmediato. Neta, wey, murmuré para mí, sintiendo cómo el calor subía por mis muslos. Hacía meses que no lo veía, desde que juré que no más, que ya estaba harta de sus idas y venidas. Pero ahí estaba, caminando hacia mí con esa sonrisa chueca que me derretía las rodillas.
—Mija, ¿qué haces aquí sola? —dijo, su voz ronca rozándome el oído como una caricia prohibida.
Me giré, oliendo su colonia, esa mezcla de madera y humo que siempre me ponía cachonda. —Voy a mi pedo, respondí, fingiendo indiferencia, aunque mi corazón latía como tamborazo zacatecano.
Se sentó a mi lado, su pierna rozando la mía, y pedí otra ronda. Hablamos de pendejadas: del tráfico en Insurgentes, de la nueva taquería en la Roma que estaba de poca madre. Pero debajo de las palabras, la tensión crecía como la humedad entre mis piernas. Sus dedos rozaron mi mano al tomar la sal del borde del vaso, y sentí un chispazo que me recorrió la espina.
¿Por qué carajos no puedo alejarme? Dios sabe que lo he intentado, pero su olor, su calor... me tiene jodida.
La música reggaetón retumbaba, cuerpos moviéndose en la pista, sudados y pegados. Javier me miró con esos ojos que prometían pecados. —Báilame, susurró, y sin pensarlo, lo seguí. Sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, guiándome al ritmo. Sentí su verga endureciéndose contra mi culo, y me late, neta me late todo esto. El sudor nos unía, su aliento caliente en mi cuello, oliendo a tequila y deseo puro.
En el baño del bar, nos besamos como animales. Su lengua invadiendo mi boca, saboreando el salado de mis labios, mientras yo le clavaba las uñas en la espalda. —No puedo más, gemí contra su boca. —Yo tampoco, morra, respondió, mordiéndome el labio inferior hasta que dolió rico.
Salimos de ahí, tomados de la mano, riendo como pendejos enamorados. Su departamento en Lomas estaba cerca, un penthouse con vistas al skyline de la ciudad que brillaba como diamantes. Apenas cerramos la puerta, me empujó contra la pared, sus manos subiendo por mis muslos, arrancándome el vestido con urgencia. Quedé en tanga y bra, mi piel erizada por el aire acondicionado y su mirada hambrienta.
—Eres una chingona, dijo, arrodillándose. Sus labios besaron mi ombligo, bajando lento, torturándome. Sentí su aliento caliente sobre mi panocha, ya empapada. Dios sabe que lo he intentado resistir, pensé, mientras él lamía el encaje de mi tanga, chupando mi humedad como si fuera el néctar más dulce. Gemí, arqueando la espalda, el sonido de mi propia voz rebotando en las paredes de vidrio.
Lo jalé del pelo, levantándolo. —Quítate la ropa, cabrón. Se desnudó rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando por mí. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado bajo mi palma. La masturbé lento, viendo cómo sus ojos se cerraban de placer, oliendo su sudor masculino mezclado con mi aroma.
God knows I've tried to forget this cock, this man who fucks me like no one else.
Nos movimos al sofá de piel, suave contra mi espalda desnuda. Me abrió las piernas, su lengua explorando mi clítoris, chupando con maestría. Cada lamida era fuego, mi coño contrayéndose, jugos corriendo por sus labios. —Sabrosa, gruñó, metiendo dos dedos dentro de mí, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hace ver estrellas. Grité, mis caderas moviéndose solas, follándome su boca.
No aguanté más. —Cógeme ya, supliqué. Se puso de pie, me volteó boca abajo, mi culo en pompa. Sintió mi entrada, resbaladiza, y empujó de un jalón. ¡Ay, wey! Su verga me llenó por completo, estirándome delicioso. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un choque de pieles húmedas, el slap-slap resonando como aplausos obscenos.
El olor a sexo nos envolvía, almizcle y sudor, mi perfume floral ya olvidado. Agarró mis tetas, pellizcando los pezones duros, mientras yo empujaba hacia atrás, queriendo más profundo. —Más fuerte, pendejo, jadeé. Aceleró, sus bolas golpeando mi clítoris, el placer acumulándose como tormenta.
Cambié de posición, montándolo en el sofá. Sus manos en mis caderas, guiándome mientras rebotaba en su verga. Veía su cara de éxtasis, músculos tensos, venas marcadas en el cuello. Me incliné, besándolo, probando mi propio sabor en su lengua. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, y sentí el orgasmo venir, un tsunami.
—Me vengo, grité, explotando alrededor de él, temblores sacudiéndome entera. Él no paró, follándome a través de las olas, hasta que rugió, llenándome con su leche caliente, chorros que me desbordaban.
Colapsamos, jadeantes, su verga aún dentro de mí, palpitando suave. El silencio solo roto por nuestras respiraciones, el skyline testigo mudo. Me acurruqué en su pecho, sintiendo su corazón galopando contra mi mejilla, oliendo nuestra mezcla pegajosa.
—¿Por qué seguimos haciendo esto? —pregunté, trazando círculos en su piel.
—Porque nos late, mija. Porque no podemos parar.
Dios sabe que lo he intentado, pero con él, rendirme es el mejor pecado.
Nos duchamos juntos, el agua caliente lavando el sudor, sus manos jabonosas resbalando por mi cuerpo, reviviendo chispas. Salimos envueltos en toallas, pidiendo room service: tacos al pastor y chelas frías. Comimos en la cama, riendo de tonterías, sus dedos jugando con mi pelo húmedo.
Ya en la madrugada, con la ciudad dormida abajo, me abrazó por detrás. —Quédate, murmuró. Y por primera vez, no huí. God knows I've tried to run away, but here, in his arms, I feel whole.
El sol salió tiñendo las sábanas de oro, y supe que esto no era el fin, sino un nuevo comienzo. O al menos, eso me dije mientras su mano bajaba de nuevo entre mis piernas, prometiendo más rondas.