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Prueba Ahora Pelucas Tentadoras

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Prueba Ahora Pelucas Tentadoras

Tú entras a la boutique de pelucas en Polanco, ese rincón chido de la Ciudad de México donde todo brilla con lujo discreto. El aire huele a vainilla y laca fresca, un aroma que te envuelve como un abrazo suave. Tus tacones repiquetean contra el piso de mármol pulido, y sientes el cosquilleo de la anticipación en la piel. Hace semanas que viste el anuncio en Instagram: "Prueba ahora pelucas", y algo en esas palabras te picó la curiosidad. No es solo por cambiar de look, es por esa fantasía de transformarte, de ser otra, de soltar la Ana de todos los días y dejar que salga la diosa que llevas dentro.

El lugar está casi vacío, solo unas cuantas pelucas en maniquíes posan como modelos de revista, con ondas rubias, rizos negros salvajes y rojos fuego que prometen pecado. Detrás del mostrador, un wey alto y moreno te mira con ojos cafés que parecen café molido recién hecho. Se llama Marco, lo sabes porque su nombre está bordado en la chamarra negra ajustada que marca sus hombros anchos. Órale, qué rico se ve, piensas, mientras un calorcillo sube por tu vientre.

—Bienvenida, mamacita. ¿En qué te ayudo? —dice con voz grave, como ronroneo de motor potente. Su sonrisa es pícara, de esas que te hacen mojar las bragas sin permiso.

—Quiero probar ahora pelucas —le contestas, repitiendo el slogan del anuncio con un guiño juguetón. Te sientes empoderada, coqueta, lista para el juego.

Marco te guía a un sillón de terciopelo rojo frente a un espejo enorme. Sus manos rozan tus hombros al acomodarte, y sientes el calor de sus palmas a través de tu blusa de seda.

Pinche calor que trae este carnal
, te dices, mientras tu pulso se acelera. Empieza con una peluca de rizos negros largos, la ajusta con dedos expertos que masajean tu cuero cabelludo. El cabello sintético es suave como seda, cae en cascada sobre tus pechos, y al mirarte en el espejo, ves a una versión tuya más salvaje, más puta en el buen sentido.

—Te queda chingona, — murmura cerca de tu oreja, su aliento cálido con olor a menta te eriza la nuca. —Pareces una diosa azteca lista para el sacrificio... pero de placer.

Te ríes, un sonido ronco que te sorprende. El deseo inicial es como una chispa: sus ojos devorándote, el roce accidental de su cadera contra tu muslo al inclinarse. Cambia la peluca por una rubia platino con flequillo seductor. Ahora eres la gringa cachonda que fantasea con morenos latinos. Marco se acerca más, sus dedos peinan el cabello falso, rozando tus pezones endurecidos bajo la tela. Sientes el pulso latiendo entre tus piernas, un pinche hormigueo que te hace apretar los muslos.

La tensión crece con cada cambio. Tercera peluca: roja fuego, corta y punk, que te hace ver como una rebelde lista para follar sin reglas. Marco ya no disimula, su erección presiona contra los jeans ajustados mientras te ajusta las tiras. Quiero probar más que pelucas, piensas, y el aire se carga de electricidad. Hueles su colonia amaderada mezclada con el sudor leve de excitación, un afrodisíaco puro.

Neta, cada una te transforma —dice, su voz más ronca. —¿Cuál te hace sentir más... caliente?

Te muerdes el labio, giras en el sillón para quedar frente a él. Tus manos suben por sus muslos, sintiendo los músculos tensos. —Tú me haces sentir caliente, wey. ¿Y si probamos algo más?

Él no duda. Cierra la boutique con llave, baja las persianas con un clic que suena a promesa. Te lleva a la trastienda, un cuartito privado con sofás de piel y luces tenues. El olor a cuero nuevo y su piel te invade. Se besan como hambrientos: labios carnosos chupando los tuyos, lengua explorando con sabor a deseo puro. Tus uñas arañan su espalda bajo la chamarra, sientes los latidos de su corazón contra tu pecho.

Marco te quita la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios son fuego, piensas, mientras gime bajito al lamer tu cuello. La peluca roja sigue puesta, mechones falsos rozando su cara al devorarte los senos. Chupa un pezón, lo muerde suave, y un rayo de placer te recorre hasta el clítoris hinchado. Tus manos bajan a su cinturón, lo desabrochas con prisa, liberas su verga dura como piedra, venosa y palpitante. La tocas, sientes el calor, la suavidad de la piel sobre el acero. Qué chingonería, jadeas.

Él te empuja al sofá, te baja los jeans y las tangas de un jalón. El aire fresco besa tu coño mojado, expuesto y ansioso. Marco se arrodilla, su aliento caliente sobre tus labios vaginales antes de lamerte. Lengua experta, chupando el clítoris con succiones que te hacen arquear la espalda. Sientes cada roce: áspero de su barba incipiente contra tus muslos internos, húmedo de su saliva mezclada con tus jugos. Gimes fuerte, —¡Sí, cabrón, así!, mientras el orgasmo se acumula como tormenta.

Pero no te deja venir aún. Se pone de pie, te gira boca abajo sobre el sofá. La peluca se desacomoda un poco, pero no importa; el cabello rojo cae como llamas sobre tu espalda desnuda. Sientes sus manos abriendo tus nalgas, su verga frotando la entrada de tu panocha.

Entra ya, no aguanto
, suplicas en silencio. Empuja despacio, centímetro a centímetro, llenándote hasta el fondo. El estiramiento es delicioso, cada vena rozando tus paredes internas. Empieza a bombear, lento al principio, el sonido de piel contra piel como palmadas rítmicas, mezclado con tus gemidos y sus gruñidos.

La intensidad sube: te agarra las caderas, te folla más duro, profundo. Sientes sus bolas golpeando tu clítoris con cada embestida, el sudor chorreando por su pecho al tuyo. Cambias a cuatro patas, él jalándote la peluca como riendas, un juego que te empodera porque lo pediste. —Más fuerte, pendejo, le ordenas, y él obedece, riendo ronco. El clímax te golpea como ola: coño contrayéndose alrededor de su verga, jugos salpicando, grito ahogado que retumba en el cuartito.

Marco se corre segundos después, caliente dentro de ti, gemido gutural que vibra en tu espalda. Se derrumban juntos, cuerpos pegajosos de sudor, respiraciones entrecortadas. El olor a sexo impregna el aire: almizcle, semen, tu esencia. Te quita la peluca con ternura, besa tu cabello real húmedo. Qué pedo, esto fue épico, piensas, mientras él te abraza, piel contra piel tibia.

Minutos después, se visten entre risas. —Vuelve cuando quieras probar ahora pelucas —te dice con guiño, entregándote la roja envuelta como regalo. Sales a la calle soleada de Polanco, piernas flojas, sonrisa satisfecha. La peluca en tu bolsa es trofeo de una tarde que te cambió. Ya no eres solo Ana; eres la que toma lo que quiere, cuando quiere. Y neta, planeas regresar pronto.

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