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El Nerf Modulus Tri Strike Desnuda Mis Deseos

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El Nerf Modulus Tri Strike Desnuda Mis Deseos

La lluvia caía a cántaros sobre el balcón del depa en la Condesa, ese sonido constante como un tambor lejano que hacía que la noche se sintiera más íntima. Ana se recargaba en el marco de la puerta, viendo cómo Marco, su morro desde hace dos años, sacaba de un cajón polvoriento su reliquia de la infancia: el Nerf Modulus Tri Strike. Ese lanzador modular, con sus rieles para accesorios y tres modos de tiro, todavía brillaba como nuevo, aunque olía un poquito a plástico viejo y aventura.

"Wey, ¿neta vas a sacar eso?" le dijo ella riendo, con esa voz ronca que salía cuando estaba de buenas. Marco, alto y delgado, con el pelo revuelto y una playera ajustada que marcaba sus hombros de gym, le guiñó el ojo. "¡Prepárate, mamacita! Hoy te voy a dar en toda la madre con este chingón." Ana sintió un cosquilleo en el estómago, no solo por la reto, sino por cómo él la miraba, como si ya estuviera imaginando más que dardos de espuma volando.

Empezaron el juego en la sala amplia, con muebles corridos a un lado para hacer espacio. El piso de madera crujía bajo sus pies descalzos, y el aire olía a café recién hecho mezclado con el perfume cítrico de Ana. Ella agarró un Nerf más chico, pero él tenía la ventaja con el Modulus Tri Strike armado hasta los dientes: cañón extra, tambor de veinte dardos. "¡Tres, dos, uno... fuego!" gritó Marco, y el primer ¡pum! retumbó, el dardo rebotando en la pared cerca de su cabeza.

Ana corrió zigzagueando, su short de mezclilla subiendo por sus muslos morenos, el corazón latiéndole fuerte contra las costillas. Este pendejo cree que me va a ganar fácil, pensó, mientras se escondía detrás del sofá. El sonido de sus risas llenaba el espacio, eco mezclado con el zumbido del ventilador y la lluvia afuera. Cada vez que disparaba, el Nerf hacía un clic-clac mecánico que vibraba en sus manos, y ella imaginaba esas vibraciones en otros lados.

Marco la acorraló en la cocina, su aliento agitado oliendo a menta del chicle que masticaba. "¡Te tengo!" dijo, apuntando el Tri Strike directo a su pecho. Pero Ana se lanzó hacia adelante, empujándolo juguetona contra la isla de granito. Sus cuerpos chocaron, piel contra piel caliente, y por un segundo se quedaron quietos, jadeando. Ella sintió el bulto del Nerf presionando su vientre, pero más abajo, el calor de él creciendo contra su cadera. Chingado, esto ya no es solo juego, se dijo, mientras sus pezones se endurecían bajo la blusa ligera.

¿Por qué un juguete de niño me pone así de caliente? Es su mirada, wey, esa que dice que me quiere devorar.

El juego siguió, pero ahora cada roce era eléctrico. Ana disparó un dardo que le pegó en el brazo, y él fingió dolor, quitándose la playera con un movimiento fluido. Su torso desnudo brillaba con un leve sudor, músculos tensos por la carrera, olor a hombre mezclado con desodorante. "¡Eso te costará caro!" rugió él, cargando el Modulus Tri Strike en modo ráfaga. Los dardos volaron como lluvia, uno rozándole el cuello, enviando un escalofrío por su espina.

Se persiguieron por el pasillo, cuerpos rozándose en esquinas estrechas. Ana lo tumbó en la cama del cuarto, saltando encima para inmovilizarlo. El colchón se hundió bajo su peso, y el Nerf cayó al piso con un thud suave. Sus caras a centímetros, respiraciones entrecortadas. "Ya me rendí, reina", murmuró Marco, sus manos subiendo por sus muslos, dedos hundiéndose en la carne suave. Ana lo besó entonces, duro, lengua invadiendo su boca con sabor a deseo salado.

Las manos de él exploraron bajo su blusa, pellizcando pezones que dolían de lo duros que estaban. Ella gimió contra su cuello, oliendo su piel salada, lamiendo el sudor que perlaba su clavícula. Está cañón, neta, quiero sentirlo todo. Marco volteó las posiciones con facilidad, su peso encima delicioso, aplastándola contra las sábanas frescas que olían a lavanda. Desabrochó su short, bajándolo lento, besando cada centímetro de piel expuesta. El aire fresco rozó su sexo húmedo, y ella arqueó la espalda, un gemido escapando como vapor.

"Te mojas por mí, ¿verdad, chula?" susurró él, voz grave vibrando en su monte de Venus. Sus dedos se deslizaron adentro, calientes y seguros, curvándose justo donde dolía de ganas. Ana clavó las uñas en su espalda, el ritmo de su pulso latiendo en sus oídos como tambores. El sonido húmedo de sus movimientos llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos y la lluvia incesante. Más, pendejo, no pares, rogaba en silencio, caderas moviéndose al compás.

Marco se quitó el resto de la ropa, su verga dura saltando libre, venosa y palpitante, goteando precúm que brillaba bajo la luz tenue de la lámpara. Ana la tomó en mano, piel aterciopelada sobre acero, el calor quemándole la palma. Lo masturbó lento, viendo cómo sus ojos se nublaban de placer. "Chúpamela, Ana", pidió él, y ella obedeció, boca envolviéndolo, lengua girando alrededor del glande salado. El sabor era puro vicio, almizcle y hombre, haciendo que su clítoris palpitara de envidia.

La volteó de lado, pierna alzada, y entró de un empujón suave pero firme. ¡Ay, cabrón! pensó ella, el estiramiento perfecto, llenándola hasta el fondo. Empezaron lento, piel chocando con plaf rítmico, sudor goteando entre ellos. Sus pechos rebotaban con cada embestida, pezones rozando su pecho velludo. El olor a sexo crudo impregnaba el aire, espeso y adictivo. Marco aceleró, gruñendo "Estás tan chingona adentro, wey", y ella respondió clavando talones en su culo, urgiéndolo más hondo.

La tensión creció como ola, músculos tensos, respiraciones sincronizadas. Ana sintió el orgasmo venir, un nudo en el vientre deshaciéndose en fuego. "¡Ya, Marco, ya vengo!" gritó, y él la siguió, caliente chorro llenándola mientras temblaban juntos. Olas de placer los sacudieron, piel pegajosa, pulsos martilleando.

Se derrumbaron, enredados en sábanas revueltas, el Nerf Modulus Tri Strike olvidado en el piso como testigo mudo. Marco la besó la frente, suave, "Eres lo mejor que me ha pasado, neta". Ana sonrió, cuerpo lánguido, el afterglow calentito envolviéndola como manta. Afuera, la lluvia amainaba, dejando un aroma fresco a tierra mojada que entraba por la ventana entreabierta.

Quién diría que un juguete viejo desataría esto, pensó ella, trazando círculos en su pecho. El juego había terminado, pero el deseo, ese, acababa de empezar.

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