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El Trio Ardiente con Mi Esposa Puta (1)

6768 palabras

El Trio Ardiente con Mi Esposa Puta

Todo empezó en esa noche calurosa de verano en Cancún, con el aire cargado de sal marina y el rumor lejano de las olas rompiendo en la playa. Mi esposa, Carla, y yo llevábamos años casados, pero nuestra vida sexual siempre había sido un fuego que no se apagaba. Ella, con su piel morena brillando bajo las luces tenues de nuestro hotel boutique, era la tentación hecha mujer: curvas generosas, tetas firmes que desafiaban la gravedad y un culo que me volvía loco cada vez que lo movía. ¿Cómo no iba a querer compartirla un rato? pensé mientras sorbíamos unos tequilas en el balcón.

Carla se recargó en mi hombro, su aliento cálido con aroma a limón y tequila rozándome el cuello. "Wey, ¿y si hoy la armamos en grande?", me dijo con esa voz ronca que me ponía la verga dura al instante. Hablábamos de fantasías desde hace meses: un trio con esposa puta, algo salvaje pero consensuado, con alguien de confianza. Llamé a Marco, mi carnal de la uni, un tipo alto, musculoso, con esa sonrisa pícara que siempre había envidiado un poquito. Vive en Playa del Carmen, pero vino volando cuando le conté el plan. "Puro desmadre, compa", le dije por teléfono, y él soltó una carcajada que retumbó en mi pecho.

Media hora después, Marco llegó con una botella de Don Julio y esa energía de macho alfa que llenaba la habitación. Carla lo miró de arriba abajo, mordiéndose el labio inferior, sus ojos cafés chispeando de deseo. Yo sentí un cosquilleo en el estómago, mezcla de celos y excitación pura.

Esto va a ser épico, pero ¿aguantaré ver a mi reina así de puta?
Nos sentamos en la sala amplia, con ventanales al mar, el ventilador zumbando suave sobre nosotros. Charla ligera al principio: trabajos, chismes, pero el tequila fluía y las miradas se volvían pesadas. Carla cruzó las piernas, su falda corta subiéndose lo justo para mostrar el borde de sus panties de encaje negro. Marco tragó saliva, y yo sonreí por dentro.

El beso empezó inocente. Carla se acercó a Marco en el sofá, rozando su muslo con el mío. "Ven, guapo", le murmuró, y él no se hizo de rogar. Sus labios se unieron con un chasquido húmedo que oí clarito, como un eco en mi cabeza. Yo observaba, mi pulso acelerándose, el calor subiendo por mi entrepierna. Ella gimió bajito, un sonido gutural que me erizaba la piel, mientras su lengua danzaba con la de él. Olía a su perfume mezclado con sudor fresco, ese aroma almizclado que siempre me volvía loco.

Me uní despacio, besando el cuello de Carla, sintiendo su piel suave y caliente bajo mi boca. Sabía a sal y a ella, ese sabor dulce-amargo que me hacía querer devorarla. Marco nos miró, sus ojos oscuros brillando. "Tu esposa es una diosa, carnal", dijo con voz grave. Ella rio, juguetona: "Y tú un pendejo con suerte". La tensión crecía como una tormenta: toques leves al principio, manos explorando. Desabroché el vestido de Carla, dejando al aire sus tetas perfectas, pezones duros como piedras preciosas. Marco las tomó con reverencia, amasándolas, y ella arqueó la espalda, soltando un jadeo que vibró en el aire húmedo.

Nos movimos al king size de la habitación, las sábanas frescas crujiendo bajo nuestros cuerpos. Carla se arrodilló entre nosotros, su cabello negro cayendo en cascada sobre sus hombros. "Quiero probarlos a los dos", susurró, con esa mirada de esposa puta que me ponía a mil. Primero yo: su boca caliente envolviéndome la verga, lengua girando alrededor del glande con maestría. El sonido de succión era obsceno, chapoteante, mezclado con mis gruñidos. Olía a su excitación, ese olor terroso y dulce que inundaba la habitación. Marco gemía a mi lado, esperando su turno, su verga gruesa palpitando en su mano.

Ella pasó a él sin pausa, mamándolo con hambre, las mejillas hundidas por la succión. Yo la vi, mi reina convertida en devoradora, y el celito se transformó en puro fuego.

Esto es el trio con esposa puta que soñé, joder
, pensé mientras le acariciaba la espalda, sintiendo los músculos tensos bajo mis dedos. La volteamos boca arriba, piernas abiertas como invitación. Marco y yo nos turnamos lamiéndola: yo en su clítoris hinchado, saboreando su flujo jugoso, ácido y adictivo; él chupando sus labios mayores, metiendo lengua profundo. Carla se retorcía, uñas clavándose en las sábanas, gritando "¡Sí, cabrones, no paren!" El cuarto olía a sexo crudo: sudor, panocha mojada, vergas listas.

La penetración fue gradual, building that tension como en las mejores novelas. Primero Marco, deslizándose en ella con un empujón lento. Carla abrió la boca en un silencio roto por un alarido: "¡Qué grande, wey!". Yo la besé, tragándome sus gemidos, mientras él la taladraba rítmicamente, piel contra piel chapoteando. Sentí las vibraciones en su cuerpo, su concha apretándose alrededor de él. Luego mi turno: la puse en cuatro, embistiéndola fuerte, mis bolas golpeando su clítoris. Marco se metió en su boca, y ahí estábamos, un engranaje perfecto de placer. Ella mamaba con furia, saliva goteando por su barbilla, mientras yo la chingaba como poseído.

El ritmo subió, corazonadas retumbando en mis oídos como tambores. Sudor chorreaba por nuestras espaldas, pegajoso y salado al lamerlo. Carla temblaba, al borde: "¡Me vengo, pendejos!". Su orgasmo la sacudió como un terremoto, paredes internas convulsionando, jugos empapando las sábanas. Ese sonido ahogado, animal, me llevó al límite. Marco gruñó primero, llenándola con chorros calientes que sentí resbalar por mis dedos cuando la toqué. Yo exploté segundos después, vaciándome en su boca abierta, semen espeso cubriendo su lengua. Saboreó todo, mirándonos con ojos vidriosos de éxtasis.

Caímos exhaustos, un enredo de limbs sudorosos y respiraciones agitadas. El ventilador secaba el sudor en nuestra piel, dejando un brillo perlado. Carla se acurrucó entre nosotros, su cabeza en mi pecho, mano en la verga floja de Marco. "Eso fue... inolvidable", murmuró, voz ronca por los gritos. Yo la besé en la frente, oliendo su cabello a coco y sexo.

No hay celos, solo amor más fuerte
. Marco sonrió: "Gracias por compartir a tu reina, carnal". Hablamos bajito después, riendo de lo intenso, planeando quizás una revancha.

Al amanecer, con el sol tiñendo el mar de oro, nos despedimos de Marco en la puerta. Carla y yo volvimos a la cama, follando suave una vez más, solo nosotros. Su cuerpo respondía diferente ahora, marcado por la noche, pero mío al fin. Ese trio con esposa puta no rompió nada; lo soldó todo con fuego líquido. Y mientras las olas seguían su canto eterno, supe que nuestra aventura apenas empezaba.

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