El Tri Rocanrolero en Mi Piel
La noche en el antro La Diabla de la Condesa estaba que ardía. El aire cargado de humo de cigarro y sudor fresco, mezclado con el olor a tequila reposado que se escurría de los vasos. Las luces neón parpadeaban al ritmo de las guitarras rasposas que tronaban desde los bocinas. Yo, con mi falda negra ajustada y una blusa escotada que dejaba ver justo lo necesario, me abrí paso entre la multitud. Venía buscando desquitarme de la pinche rutina de la oficina, y esa noche, el tri rocanrolero era el pretexto perfecto. Tocaban covers de El Tri, esas rolas que te hacen sentir viva, con ese punk cabrón que te recorre las venas como fuego.
Me pedí un cuba bien fría en la barra, el hielo crujiendo contra mis labios mientras sorbía. Ahí lo vi. Alto, moreno, con una chamarra de cuero gastada y jeans rotos que marcaban sus piernas fuertes. Tenía tatuajes asomando por el cuello de la playera, y el pelo revuelto como si acabara de bajarse del escenario. Bailaba solo, pero con esa onda de rocanrolero puro, moviendo las caderas al son de Abuso de Autoridad. Sus ojos se cruzaron con los míos, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si la música me hubiera dado un voltazo directo al centro.
¿Qué chingados, por qué no me acerco? Es justo lo que necesito, un vato que sepa de rola y de pasión.
Me paré y caminé hacia él, el piso vibrando bajo mis tacones. "Órale, carnal, ¿no bailas con pareja?" le dije, alzando la voz por encima del ruido. Él sonrió, dientes blancos reluciendo, y me tomó de la cintura sin pensarlo dos veces. "Pa' eso vine, mija, pa' rocanrol con una chava como tú." Su voz era grave, con ese acento chilango que me eriza la piel.
Empezamos a movernos. Sus manos grandes en mi cintura, firmes pero suaves, guiándome al ritmo. El olor de su colonia barata mezclada con sudor macho me invadió las fosas nasales, embriagador. Sentía su aliento caliente en mi oreja cuando se acercaba, cantándome al oído: "Triste canción de amor..." Mi cuerpo respondía solo, mis pechos rozando su torso duro, el calor subiendo por mis muslos. Cada giro, cada roce, era como una promesa de lo que vendría.
La banda cambió a Niño Sin Amor, y él me pegó más a sí. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, gruesa y caliente a través de la tela. Mi panocha se humedeció al instante, un pulso traicionero entre las piernas. "Estás cañona, reyna", me susurró, su mano bajando un poco por mi espalda, rozando el borde de mi nalga. Yo le mordí el lóbulo de la oreja, saboreando la sal de su piel. "Tú tampoco estás tan pendejo, rocanrolero."
Después de tres rolas, el calor era insoportable. "Vámonos de aquí", me dijo, tomándome de la mano. Salimos al aire fresco de la noche, el bullicio quedando atrás. Caminamos unas cuadras hasta su depa en una colonia cercana, el corazón latiéndome como tambor. En el elevador, no aguantamos: sus labios chocaron contra los míos, urgentes, con sabor a ron y deseo. Mi lengua bailó con la suya, explorando, mientras sus manos me amasaban los pechos por encima de la blusa. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca.
Entramos al depa, un lugar chiquito pero chido, con posters de El Tri en las paredes y una cama king size deshecha. Me quitó la blusa de un jalón, exponiendo mis tetas al aire. Sus ojos se oscurecieron de hambre. "Pinche madre, qué ricas", murmuró, bajando la cabeza para mamar un pezón. El placer fue eléctrico, un rayo que me recorrió hasta el clítoris. Gemí fuerte, arqueándome contra él. Sus dientes rozaban suave, la lengua girando, mientras su mano se colaba bajo mi falda, dedos hábiles encontrando mi calzón empapado.
Esto es lo que quería, un tri rocanrolero que me haga olvidar el mundo. Su toque es fuego puro.
Lo empujé a la cama, queriendo tomar control. Le arranqué la chamarra y la playera, revelando un pecho tatuado con una guitarra y rosas. Pasé las uñas por su piel, sintiendo los músculos tensos bajo mis yemas. Bajé el zipper de sus jeans, liberando su verga tiesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, gruesa, caliente como hierro forjado. Él gruñó, un sonido animal que me puso los vellos de punta. La lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando el precum salado, mientras lo miraba a los ojos. "Chúpamela, mamacita", jadeó, enredando los dedos en mi pelo.
Me la metí hasta la garganta, gimiendo con cada embestida. El olor almizclado de su sexo me volvía loca, el sabor llenándome la boca. Él se retorcía, caderas alzándose, follándome la cara con cuidado pero firme. "Ya, pendeja, ven pa'cá", dijo, jalándome arriba. Me desvestí rápido, quedando en pelotas, mi piel erizada por el fresco de la habitación. Se quitó el resto y me tumbó boca arriba, besándome el cuello, bajando por el estómago hasta mi monte de Venus.
Su lengua en mi clítoris fue el paraíso. Lamidas lentas, círculos perfectos, chupando suave luego fuerte. Mis jugos lo empapaban, el sonido chapoteante mezclándose con mis gemidos. "¡Ay, cabrón, no pares!" grité, las piernas temblando. Introdujo dos dedos, curvándolos justo en mi punto G, bombeando mientras mamaba. El orgasmo me pegó como un rayo, olas de placer convulsionándome, el mundo blanco por segundos. Grité su nombre –no sé ni cómo se llamaba, pero en ese momento era mi rocanrolero.
Aún jadeante, lo volteé y me subí encima. Tomé su verga y la guié a mi entrada, resbaladiza de excitación. Me hundí despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme, llenarme hasta el fondo. "¡Chingado, qué prieta!" rugió él, agarrándome las nalgas. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, el sudor chorreando entre nosotros.
Aceleré, tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho. Él me ayudaba, embistiendo desde abajo, profundo, golpeando mi cervix con precisión. "Más fuerte, reyna, fóllame como rola de El Tri", jadeó. El cuarto olía a sexo puro, almizcle y sudor, la música lejana aún retumbando en mi cabeza. Sentí otro orgasmo construyéndose, tenso, inevitable. "Me vengo, cabrón", avisé, y exploté, contrayéndome alrededor de su verga, ordeñándolo.
Él no aguantó más. Me volteó a cuatro patas, metiéndosela de un solo empujón. Me folló salvaje, manos en mis caderas, jalándome contra él. Cada estocada era un trueno, mi clítoris rozando las sábanas. "¡Me corro, jefa!" gruñó, y sentí su leche caliente inundándome, chorro tras chorro, mientras yo temblaba en un tercer clímax.
Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su brazo alrededor de mi cintura, piel pegajosa contra piel. El olor de nuestro amor llenaba el aire, satisfactorio, íntimo. Me besó la frente, suave ahora. "Eso estuvo chingón, mija. Como rola de el tri rocanrolero."
Pinche noche perfecta. Mañana quién sabe, pero esta piel marcada por su rocanrol vivirá pa'siempre.
Nos quedamos así, el pulso latiendo en sintonía, la ciudad zumbando afuera. No necesitaba más; el fuego de esa noche me bastaba para semanas.