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Pasión Susurrada en la Biblioteca Eugenio Trías

6453 palabras

Pasión Susurrada en la Biblioteca Eugenio Trías

Entras a la Biblioteca Eugenio Trías con el sol de Barcelona colándose por las altas ventanas como un amante tímido. El aire huele a papel viejo y madera pulida, ese aroma que te envuelve como un abrazo secreto. Tus tacones chiquitos repiquetean suave sobre el piso de mármol, pero los apagas rápido porque el silencio aquí es sagrado, como un pacto entre extraños. Buscas un rincón para leer, para evadir el bullicio de la Rambla, pero tu carnal te mandó de México con un encargo: encontrar un libro raro sobre arquitectura modernista. Órale, güey, no la riegues, te dijo por WhatsApp.

Te sientas en una mesa larga, rodeada de estanterías interminables que suben hasta el techo como dedos curiosos. El polvo danza en los rayos de luz, y sientes el fresco del aire acondicionado rozando tu piel morena, erizando los vellos de tus brazos desnudos. Llevas una blusa ligera de algodón, falda plisada que roza tus muslos cada vez que cruzas las piernas. De repente, lo ves: un tipo alto, moreno, con camisa arremangada que deja ver antebrazos fuertes. Está en la sección de arte, hojeando un tomo grueso. Sus ojos, cafés intensos, se cruzan con los tuyos por un segundo. Sientes un cosquilleo en el estómago, como cuando comes chile en nogada y te quema adentro.

¿Qué pedo? ¿Por qué me mira así? Está bien chido, pero aquí no es lugar para pendejadas.
Piensas, mordiéndote el labio. Él se acerca, con una sonrisa ladeada que te derrite. Hola, ¿buscas algo en particular? Soy Javier, voluntario aquí, dice en un español con acento catalán suave, pero notas que tiene rasgos mexicanos, como tú. ¡No mames! ¿Eres de por acá? le preguntas, sorprendida. Mi familia es de Guadalajara, vine a estudiar arquitectura. ¿Y tú? Te cuenta que vive en la ciudad pero extraña los tacos al pastor. Ríen bajito, el sonido ahogado por las páginas que voltean otros lectores.

La tensión empieza como un hilo fino: sus dedos rozan los tuyos al pasarte el libro que buscabas. Sientes el calor de su piel, áspera por el trabajo manual, contrastando con la suavidad de las tapas de cuero. Gracias, carnal, murmuras, y él se ríe. No me digas carnal, mejor dime Javi. Caminan juntos por los pasillos estrechos, sus hombros casi tocándose. El olor de su colonia, madera y cítricos, se mezcla con el de los libros, creando un perfume embriagador. Cada paso acelera tu pulso; imaginas sus manos en tu cintura, bajando la falda.

En un pasillo olvidado, al fondo donde las luces son tenues y nadie pasa, se detiene. ¿Sabes? Tus ojos me traen loco desde que entraste, susurra, su aliento cálido en tu oreja. Sientes el vello de tu nuca erizarse. Te giras, y sus labios rozan los tuyos, suaves al principio, como una pregunta. Dices que sí con un gemido bajito, tus manos suben a su pecho firme bajo la camisa. El beso se profundiza, lenguas danzando con sabor a café y menta, mientras sus dedos recorren tu espalda, bajando hasta apretar tus nalgas con fuerza juguetona.

¡Ay, wey, esto está cañón! ¿Y si nos cachan? Pero qué rico se siente su verga dura contra mi panza.
El corazón te late como tamborazo en una fiesta de pueblo. Javier te empuja suave contra la estantería, los libros crujen levemente. Su boca baja a tu cuello, chupando la piel salada, dejando marcas húmedas que te hacen arquear la espalda. Desabrochas su camisa, sintiendo el calor de su torso lampiño, músculos contraídos por la excitación. Tus uñas rasguñan suave, y él gime contra tu clavícula: Pinche nena, me vas a volver loco.

La falda se sube sola con sus manos expertas, rozando tus muslos suaves, hasta encontrar tus bragas de encaje ya empapadas. Estás chingada de mojada, murmura, metiendo un dedo juguetón que te hace jadear. El sonido de tu humedad es obsceno en el silencio de la biblioteca, como un secreto compartido. Le bajas el pantalón, liberando su verga gruesa, palpitante, con venas marcadas que sientes latir en tu palma. La acaricias despacio, saboreando el calor y la dureza, mientras él te besa los pechos por encima de la blusa, mordisqueando los pezones endurecidos.

El deseo crece como tormenta en el desierto: sudas, el aroma de tu excitación se mezcla con el de él, almizclado y varonil. Javier te levanta un poco, tus piernas rodean su cadera, y sientes la punta de su verga rozando tu entrada húmeda. Dime si quieres parar, jadea, ojos fijos en los tuyos, pidiendo permiso. ¡No seas pendejo, métemela ya! respondes, riendo entre gemidos. Entra despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. El roce es fuego puro, cada embestida suave hace que las estanterías tiemblen levemente, libros susurrando como testigos mudos.

Acéléréis el ritmo, tus caderas chocando contra las suyas con palmadas ahogadas. Sientes cada vena, cada pulso, llenándote hasta el fondo. Sus manos aprietan tus nalgas, guiándote, mientras muerdes su hombro para no gritar. El olor a sexo crudo impregna el aire, sudor goteando entre vuestros cuerpos pegajosos.

¡Qué chingón se siente! Como si estuviéramos en un sueño caliente en esta pinche biblioteca.
Gimes su nombre, Javier, y él responde con gruñidos bajos, ¡Córrete para mí, mi reina!.

El clímax llega como oleada en la playa de Cancún: tu concha se contrae alrededor de su verga, oleadas de placer sacudiéndote, uñas clavadas en su espalda. Él se vacía dentro de ti con un rugido contenido, chorros calientes que te llenan, prolongando tu éxtasis. Caen juntos al piso, entre cojines imaginarios de libros caídos, jadeando. Su semen gotea tibio por tus muslos, mezclándose con tu humedad. Te besa la frente, suave, mientras el mundo vuelve: el tictac lejano de un reloj, el murmullo de páginas.

Esto fue lo más loco que he hecho en la Biblioteca Eugenio Trías, dice riendo bajito, acomodándote la falda. Tú sonríes, piernas temblorosas, sintiendo el afterglow como una manta cálida. Pero qué rico, güey. ¿Repetimos? Intercambian números, promesas de tacos y más noches. Sales con el libro en mano, el cuerpo zumbando de placer residual, el sol ahora más brillante. La biblioteca queda atrás, pero el recuerdo de su toque, su sabor, te acompaña como un secreto ardiente en tu piel.

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