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La Triada Economica del Placer

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La Triada Economica del Placer

En el corazón de Polanco, donde las luces de los restaurantes brillan como estrellas caídas, conocí a Carla y Daniela. Yo era Marco, un diseñador gráfico freelance que apenas la armaba para pagar el renta de mi departamentito en la Condesa. Ellas, dos emprendedoras chidas que habían montado una tiendita en línea de ropa erótica artesanal, me invitaron a una copa en un bar rooftop. Neta, qué onda con estas morras, pensé mientras las veía reírse, con sus vestidos ceñidos que marcaban curvas perfectas bajo la luz neón.

Órale, Marco, ¿y si te cuentas con nosotras? —dijo Carla, la morena de ojos verdes, pasando su mano por mi muslo como si nada. Su perfume, una mezcla de vainilla y jazmín, me envolvió como una niebla caliente.

Daniela, la güera de labios carnosos, se acercó al otro lado. —Sí, wey, hagamos una triada económica. Compartimos el depa grande que rentamos aquí cerquita, las cuentas se reparten parejo y... los placeres también. Su aliento olía a tequila reposado, dulce y ardiente.

Mi pulso se aceleró.

¿Triada económica? Suena a pinche negocio, pero joder, estas chavas son fuego puro.
Acepté esa misma noche. Al día siguiente, mudé mis chingaderas al penthouse de ellas en Masaryk, con vista al skyline de la Ciudad de México. El aire olía a lluvia fresca y asfalto caliente, y el sonido de la urbe zumbaba abajo como un latido constante.

Los primeros días fueron de pura tensión deliciosa. Cocinaríamos juntas —o juntos— tacos al pastor con piña jugosa que chorreaba salsa, y las miradas se cruzaban cargadas de promesas. Carla me rozaba el brazo al pasar, su piel suave como seda tibia. Daniela me guiñaba el ojo mientras lavaba trastes, sus tetas rebotando bajo la blusa holgada. Esto va a explotar, cabrón, me decía mi mente, mientras mi verga se ponía dura solo de oírlas platicar de sus fantasías en voz baja.

Una noche de viernes, después de unas cheves frías que saboreaban a limón y sal, nos sentamos en el balcón. El viento traía el aroma de flores nocturnas del jardín colgante. Carla se recargó en mí, su cabeza en mi hombro, y sentí el calor de su cuerpo filtrándose por mi camiseta.

Marco, ¿listo para la verdadera triada económica? —susurró Daniela, arrodillándose frente a nosotros. Sus manos subieron por mis piernas, desabrochando mi chamarra con dedos expertos.

Mi corazón tronaba como tambores de mariachi. Asentí, la garganta seca. Carla me besó el cuello, su lengua trazando círculos húmedos que erizaron mi piel. Sabía a menta y deseo. Daniela abrió mi chamarra, besando mi pecho, sus labios suaves mordisqueando mis pezones hasta que gemí bajito.

No mames, esto es real, pensé, mientras las ayudaba a quitarme la playera. Sus manos everywhere, tocando, explorando. El aire fresco contrastaba con el fuego de sus palmas en mi piel sudorosa.

Las llevé adentro, al cuarto principal con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda. Carla se quitó el vestido de un jalón, revelando lencería negra que abrazaba sus chichis firmes y su culo redondo. Daniela hizo lo mismo, su tanga roja apenas cubriendo su concha depilada, brillando ya de humedad.

Me tumbaron en la cama, un festín de curvas. Carla montó mi cara, su coño mojado presionando mis labios. Olía a almizcle dulce, a mujer en celo. Lamí despacio, saboreando su jugo salado y ácido, mientras ella gemía ¡Ay, wey, qué rico! moviendo las caderas como en un baile de cumbia.

Daniela se apoderó de mi verga, dura como piedra. La chupó con hambre, su boca caliente envolviéndome, lengua girando alrededor del glande. El sonido de succión era obsceno, chapoteante, mezclado con los jadeos de Carla. Sentí sus tetas rozando mis muslos, pezones duros como piedritas.

Intercambiaron posiciones, la triada económica en pleno flujo. Daniela ahora en mi boca, su sabor más intenso, como miel fermentada. Carla cabalgó mi pija, hundiéndose lenta, su interior apretado y caliente como un horno. ¡Chingao, qué prieta! grité en mi mente, mientras ella rebotaba, sus nalgas chocando contra mis huevos con palmadas rítmicas.

El sudor nos unía, piel resbalosa. Oí sus risas roncas entre gemidos, el crujir de la cama, el zumbido lejano de la ciudad. Mis manos amasaban sus culos, dedos hundidos en carne suave. Carla se corrió primero, temblando, su concha contrayéndose alrededor de mí, chorros calientes mojando las sábanas. ¡Puta madre, qué delicia!

Daniela me volteó, poniéndose a perrito. La penetré de golpe, su coño tragándome entero. Carla se acostó debajo, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi verga y las bolas de Daniela. El placer era eléctrico, pulsos subiendo por mi espina.

¡Más duro, pendejo, dame todo! —exigió Daniela, empujando hacia atrás. Obedecí, embistiéndola como animal, el slap-slap-slap llenando la habitación. Su aroma a sexo crudo me volvía loco, mezclado con el perfume de Carla.

Cambiaron otra vez. Yo de rodillas, ellas de lado, una verga para cada una alternando. Sus bocas competían, lenguas enredándose en mi pija, saliva chorreando. Gemían en coro, ¡Sí, cabrones, así! Mis bolas se tensaban, el orgasmo acechando.

Finalmente, exploté. Eyaculé en la boca de Carla primero, semen espeso y salado que ella tragó con una sonrisa pícara, compartiendo con Daniela en un beso profundo, lenguas danzando con mi leche. Ellas se tocaron mutuamente, dedos en coños empapados, corriéndose juntas en un clímax compartido, cuerpos arqueados, gritos ahogados en almohadas.

Nos derrumbamos, un enredo de piernas y brazos sudorosos. El cuarto olía a sexo puro: esperma, jugos, sudor. Afuera, la lluvia empezó a caer, golpeteando las ventanas como aplausos.

Esta triada económica es lo mejor que nos ha pasado, murmuró Carla, besándome la frente.

Daniela rio bajito. —Sí, wey, compartimos todo: lana, cama, orgasmos. ¿Contentos?

Neta, sí, pensé, abrazándolas. En esa cama, con sus cuerpos calientes pegados al mío, sentí que la vida en la gran ciudad había cobrado sentido. La triada económica no era solo de pesos y centavos; era de almas enredadas, placeres multiplicados. Y supe que esto apenas empezaba.

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