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El Trio Ardiente con la Comadre

5920 palabras

El Trio Ardiente con la Comadre

Era una noche de esas que empiezan tranquilas en el barrio, con el olor a carnitas frescas flotando en el aire y el sonido lejano de los vecinos echando relajo. Yo, Juan, estaba en la cocina de la casa, preparando unos tequilas con limón para María, mi vieja, y su comadre Luisa. María y Luisa eran más que amigas; eran comadres de hueso colorado, desde que bautizaron a mi sobrino hace años. Luisa acababa de llegar de un viaje, con ese cuerpazo que siempre me había hecho voltear dos veces, aunque nunca lo admití en voz alta.

"Órale, Juanito, sírveles con hielo, que hoy traigo sed", dijo Luisa entrando a la cocina, su perfume dulzón invadiendo el espacio como una caricia caliente. Llevaba un vestido rojo ceñido que marcaba sus curvas, tetas firmes y un culo que se movía con cada paso. María rio desde la sala, "Mi comadre siempre llega lista pa'l desmadre". Sentí un cosquilleo en la verga solo de verla, pero me hice el desentendido, repartiendo los vasos.

Nos sentamos en el sofá, las luces bajas, música de banda sonando bajito. Hablamos de todo: del trabajo, de los chismes del barrio, de cómo Luisa había terminado con su pendejo ex. "Neta, Juan, ese wey no valía ni madres", soltó ella, recargándose en mi hombro. Su piel tibia rozó mi brazo, y olí su aroma mezclado con el tequila. María me miró con esa chispa en los ojos, la que ponía cuando andaba juguetona. "Trio con la comadre, ¿no? Siempre bromeamos con eso", dijo María de repente, guiñándome. Mi corazón dio un brinco. ¿Era en serio?

¿Qué chingados? ¿María hablando de un trio con su comadre? La idea me prendió como yesca, imaginando sus cuerpos enredados, gemidos mezclados.

Luisa no se achicó. "Pos si tu carnal está de acuerdo, yo no le digo que no. ¿Verdad, compadre?" Su mano se posó en mi muslo, subiendo despacito. El calor de sus dedos traspasó el pantalón. Tragué saliva, el pulso acelerado. María se acercó, besándome el cuello. "Vamos a ver si aguantas, mi amor". El beso de mi vieja sabía a tequila y promesas, su lengua juguetona. Luisa observaba, lamiéndose los labios.

La tensión creció como tormenta. Nos fuimos al cuarto, el aire cargado de expectativa. María prendió la luz tenue, el cuarto oliendo a sábanas limpias y nuestro sudor anticipado. Me quitaron la playera entre risas, cuatro manos explorando mi pecho, pezones duros bajo sus uñas. "Qué rico estás, Juanito", murmuró Luisa, su aliento caliente en mi oreja. Bajaron mis chones, mi verga saltando libre, tiesa como poste. María la tomó primero, chupándola con esa maña que me volvía loco, saliva resbalando, el sonido húmedo llenando el cuarto.

Luisa se desvistió despacio, tetas grandes rebotando libres, pezones oscuros erectos. Se unió, lamiendo mis huevos mientras María mamaba la punta. Sentí sus lenguas danzando, cálidas y resbalosas, el placer subiendo en oleadas. Pinche paraíso, pensé, agarrando sus cabezas. Gemí bajito, el olor a su excitación llegando a mi nariz, ese almizcle femenino que enloquece.

Las tumbé en la cama, besando a María profundo, saboreando su boca mientras mis dedos bajaban a su panocha, ya empapada. "Estás chorreando, mi reina", le dije. Ella jadeó, arqueándose. Luisa se pegó por atrás, sus tetas aplastadas contra mi espalda, mano rodeando mi verga pa' masturbarme lento. "Déjame probarte, compadre". Me volteé, metiendo la cara entre sus piernas. Su coño era jugoso, sabor salado y dulce, clítoris hinchado bajo mi lengua. Lamí con hambre, chupando fuerte, sus muslos temblando alrededor de mi cabeza. "¡Ay, cabrón, qué rico! ¡No pares!", gritó Luisa, nalgotas en mi hombro.

María no se quedó atrás. Se sentó en mi cara mientras yo penetraba a Luisa con los dedos, tres adentro, moviéndolos rápido. El cuarto era un desmadre de gemidos, pieles chocando, sudores mezclándose. "Quiero tu verga ya", suplicó Luisa. La puse en cuatro, embistiéndola de un jalón. Su coño apretado me tragó entero, caliente como horno. Pum pum pum, mis huevos golpeando su clítoris, ella chillando. María se masturbaba viéndonos, dedos hundidos en su humedad.

Esto es el trio con la comadre que soñé sin saberlo. Sus cuerpos, sus alaridos, todo mío.

Cambié posiciones, ahora María abajo, yo encima follándola duro, sus tetas botando con cada estocada. Luisa se recargó en su cara, y mi vieja lamió su coño mientras yo la taladraba. El sabor de Luisa en la boca de María cuando la besé después... puro fuego. Sudábamos a chorros, el colchón crujiendo, el aire espeso con olor a sexo crudo. "¡Más fuerte, pendejo! ¡Danos verga pa' todas!", exigió María, uñas clavadas en mi culo.

Luisa se puso encima de mí, cabalgándome como amazona, su culo rebotando, verga desapareciendo en su profundidad. María lamía donde nos uníamos, lengua en mis huevos, en su ano. El placer era insoportable, pulsos retumbando en mi polla. "Me vengo, cabrones", anuncié, pero aguanté. Las hice correrse primero: a Luisa con mis dedos en su G, chorro caliente salpicando; a María con mi boca, convulsionando, grito ahogado.

Finalmente, las puse de rodillas, verga en mano. "Abran la boca". Chorros espesos les pintaron la cara, lengua afuera cazando cada gota. Lamían mi punta limpia, besándose entre ellas, semen compartido. Colapsamos en la cama, cuerpos enredados, respiraciones jadeantes. El cuarto olía a clímax, pieles pegajosas, besos suaves ahora.

"Eso fue chido, ¿verdad?", dijo María, acurrucada en mi pecho. Luisa, del otro lado, trazó círculos en mi abdomen. "Neta, el mejor trio con la comadre que he tenido". Reímos bajito, el afterglow envolviéndonos como cobija tibia. Sabía que esto no era el fin; la complicidad había nacido, promesas de más noches así. Me dormí entre sus calores, el corazón lleno, el cuerpo saciado.

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