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El Trio Ardiente con Mi Esposa

6810 palabras

El Trio Ardiente con Mi Esposa

Todo empezó una noche de esas en que el calor de la Ciudad de México se mete hasta los huesos, pero en nuestra casa en Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito, el ambiente era perfecto para soltar la lengua. Yo, Marco, llevaba casado con Carla unos cinco años, y aunque nuestra vida sexual era chida, siempre andábamos buscando ese algo extra que nos hiciera volar. Carla, mi morra de ojos café profundos y curvas que volvían loco a cualquiera, tenía esa chispa juguetona que me derretía. Una vez, entre tragos de tequila reposado, le confesé mi fantasía: un trío con mi esposa. Ella se rio, pero vi en sus ojos ese brillo pícaro. "¿Netas, wey? ¿Y con quién?", me dijo, mordiéndose el labio.

Pasaron semanas, y la idea se quedó flotando como el aroma del mole que preparaba mi suegra los domingos. Hablamos de Alex, un cuate de la uni, alto, moreno, con esa sonrisa de galán de telenovela y un cuerpo marcado por horas en el gym. Era soltero, discreto, y siempre nos había mirado con un ojo extra a Carla. "Si lo hacemos, tiene que ser consensual, chido y sin dramas", le dije. Ella asintió, y esa misma noche, mientras la besaba con hambre en la cama king size, susurró: "Quiero sentirlo, Marco. Hagamos ese trío con mi esposo". Mi verga se puso dura como piedra solo de imaginarlo.

Lo invité a una carnita asada en el jardín. El humo de la parrilla subía cargado de chile y carne jugosa, el sol se ponía tiñendo el cielo de naranja, y la música de banda sonaba suave desde los bocinas. Carla iba en un vestido rojo ceñido que marcaba sus chichis firmes y su culo redondo, sin bra. Alex llegó con una botella de Don Julio, y desde el primer "¡Qué onda, carnal!", noté la tensión eléctrica. Bebimos, reímos, y poco a poco las miradas se volvieron intensas. Ella se sentaba entre nosotros, su muslo rozando el mío y luego el de él. Olía a su perfume de vainilla mezclado con el sudor ligero del calor, un olor que me ponía cachondo al instante.

¿Y si de verdad pasa? ¿Podré verla gozar con otro sin celos?

Entramos a la casa cuando anocheció, el aire fresco de la noche trayendo el lejano rumor de los coches en Reforma. En la sala, con luces tenues y velas aromáticas de lavanda encendidas, Carla se paró frente a nosotros. "Chavos, ¿quieren hacer realidad esa fantasía del trío con mi esposo?", dijo con voz ronca, desabrochando el vestido. La tela roja cayó al piso como una cascada, revelando su cuerpo desnudo, piel morena brillando bajo la luz, pezones duros como caramelos de tamarindo. Alex y yo nos miramos, y sin palabras, nos quitamos la ropa. Mi corazón latía como tambor en quinceañera, el pulso retumbando en mis oídos.

La llevamos al cuarto, la cama enorme esperándonos con sábanas de algodón egipcio frescas. Yo la besé primero, saboreando sus labios carnosos con gusto a tequila y menta de su chicle. Su lengua danzaba con la mía, húmeda y caliente, mientras Alex besaba su cuello, dejando rastros de saliva que brillaban. Ella gemía bajito, "¡Ay, wey, qué rico!", y sus manos exploraban: una en mi pecho velludo, la otra bajando a la verga de Alex, que ya estaba tiesa y gruesa, venosa como un chile en nogada.

La tensión subía como el calor en un temazcal. La acostamos, y yo me puse entre sus piernas, oliendo su excitación, ese aroma almizclado y dulce de su concha mojada. Lamí su clítoris hinchado, saboreando su jugo salado y ácido, mientras Alex chupaba sus tetas, succionando los pezones con ruidos húmedos que llenaban el cuarto. Carla arqueaba la espalda, sus uñas clavándose en mi cabeza, "¡Más, pendejos, no paren!". Su piel ardía al tacto, suave como pétalos de cempasúchil, y el sudor nos unía en una capa resbalosa.

Verla así, abierta y gozando, me hace sentir poderoso, no celoso. Esto es nuestro trío con mi esposa, puro placer compartido.

La volteamos a cuatro patas, su culo en pompa invitándonos. Alex se puso adelante, y ella le mamó la verga con avidez, labios estirados alrededor de la cabeza morada, saliva goteando por su barbilla. El sonido era obsceno: slurp, slurp, mezclado con sus arcadas voluntarias. Yo, atrás, froté mi pija contra su raja empapada, sintiendo el calor pulsante de su entrada. Empujé despacio, centímetro a centímetro, su concha apretándome como un guante caliente y húmedo. "¡Sí, cabrón, métela toda!", gritó ella, y empecé a bombear, el choque de mis huevos contra su clítoris haciendo plaf, plaf.

El ritmo se aceleró. Cambiamos posiciones: Carla encima de mí, cabalgándome con furia, sus chichis rebotando hipnóticos, el olor de sexo impregnando todo. Alex se acercó, y ella lo montó en reversa mientras yo lamía sus bolas saladas. Sus gemidos eran una sinfonía: agudos, guturales, "¡Me vengo, me vengo!". Su concha se contraía alrededor de mi verga, ordeñándome, y el orgasmo la sacudió como terremoto en la CDMX, jugos chorreando por mis muslos.

Pero no parábamos. La pusimos en el medio, yo en su boca, Alex en su panocha. Sentía su lengua girando en mi glande, aspirando mi precum amargo, mientras el cuarto olía a semen y sudor, un perfume primitivo. La tensión psicológica era brutal: mis celos se derretían en éxtasis puro, viendo cómo Alex la penetraba profundo, sus caderas chocando con ¡zas! ¡zas!. "Eres la mejor, Carla, mi reina", le dije, y ella respondió con ojos vidriosos de placer.

El clímax llegó como volcán en Popocatépetl. Alex gruñó primero, sacando su verga y chorreado en su panza, semen caliente y espeso salpicando su piel. Yo no aguanté: me vine en su boca, ella tragando con deleite, el sabor inundándola. Ella se retorcía en otro orgasmo, dedos en su clítoris, gritando "¡Qué chingón este trío con mi esposo!". Colapsamos los tres, cuerpos entrelazados, respiraciones jadeantes sincronizadas, el aire pesado con nuestro aroma compartido.

Después, en la afterglow, nos duchamos juntos bajo el agua caliente que lavaba el sudor pero no el recuerdo. Carla se acurrucó entre nosotros en la cama, su cabeza en mi pecho, mano de Alex en su cadera. "Gracias, amor. Fue perfecto", murmuró. Yo la besé, sintiendo un lazo más fuerte. No hubo celos, solo conexión profunda. Alex se fue al amanecer con un abrazo fraterno, prometiendo discreción.

Semanas después, recordamos esa noche con sonrisas cómplices. El trío con mi esposa no rompió nada; lo fortaleció. Ahora, cada caricia lleva ese eco de placer multiplicado, y sabemos que, si queremos, repetiremos. Porque en el amor, como en la buena carnita, lo compartido sabe mejor.

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