Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo El Chilango del Tri en Mi Cama El Chilango del Tri en Mi Cama

El Chilango del Tri en Mi Cama

6650 palabras

El Chilango del Tri en Mi Cama

Era una noche de esas que neta te cambian la vida en el corazón de la CDMX. Yo andaba en un antro chido de Polanco, con luces neón bailando sobre la pista y el ritmo de cumbia rebajada retumbando en el pecho. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir como reina, el cabello suelto oliendo a vainilla de mi perfume favorito. Quería soltarme, olvidar el pinche estrés del trabajo. Y entonces lo vi. Alto, moreno, con esa playera del Tri que se le pegaba al torso marcado por horas de entrenamiento. El chilango del Tri, lo llamaban sus cuates en la barra. Jugador de la selección, nacido y criado en estos rumbos, con esa sonrisa pícara que gritaba ven pa'cá.

Me quedé clavada mirándolo. Sus ojos cafés profundos se cruzaron con los míos mientras pedía una chela. El sudor de la noche le brillaba en la nuca, y olía a hombre de verdad: mezcla de colonia cara, cerveza fría y ese aroma terroso de quien acaba de patear un balón. Me acerqué fingiendo casualidad, pedí un trago al lado suyo. Órale, qué guapo, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo al sur.

Wey, ¿tú eres el chilango del Tri? —le solté con una risita, para romper el hielo.

Se giró, me midió de arriba abajo con una mirada que me erizó la piel. —Sí, mami, pero hoy estoy de vacaciones del balón. ¿Y tú, qué pedo? ¿Vienes a cazar trofeos?

Su voz grave, con ese acento chilango puro, me derritió. Charlamos de todo: del último partido que ganaron, de lo chido que es vivir en la capital, de cómo el tráfico te hace odiar y amar esta ciudad al mismo tiempo. Cada risa suya vibraba en mi cuerpo, y cuando su mano rozó mi brazo al pasarme la sal para los cacahuates, sentí electricidad. Este wey me va a volver loca, me dije, notando cómo mi corazón latía más rápido, cómo mis pezones se endurecían bajo el vestido.

La tensión crecía con cada shot de tequila. Sus ojos bajaban a mis labios, a mis curvas, y yo no podía evitar imaginar esas manos grandes explorándome. —Vamos a otro lado —me propuso al oído, su aliento cálido oliendo a limón y alcohol—. Mi depa está cerca, con vista al Paseo.

Asentí, el deseo ya me quemaba por dentro. Salimos tomados de la mano, el aire fresco de la noche me acarició las piernas, contrastando con el calor que subía desde mi entrepierna.

Acto dos: la escalada

En su coche, un cacharro deportivo que rugía como bestia, su mano descansaba en mi muslo. Subía despacio, dedos firmes rozando la piel suave, enviando ondas de placer. Qué chingón se siente esto, pensé, mordiéndome el labio. La ciudad pasaba borrosa por las ventanillas: luces de Reforma, cláxones lejanos, el olor a tacos de la calle colándose. Paró en un semáforo y me besó. Dios, ese beso. Labios carnosos, lengua juguetona invadiendo mi boca con sabor a tequila y menta. Gemí bajito, presionando mi cuerpo contra el suyo, sintiendo la dureza de su verga contra mi cadera.

Llegamos a su depa en Lomas, un lugar elegante con ventanales enormes. Me cargó en brazos hasta la recámara, riendo. —Pinche chilango del Tri, siempre tan galán —le dije, riendo yo también, mientras él me tumbaba en la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca.

Se quitó la playera, revelando un pecho esculpido, abdominales que se contraían con cada respiración, vello oscuro bajando hasta el ombligo. Lo miré embobada, el pulso acelerado, el aroma de su sudor fresco llenándome las fosas nasales. Me desvistió lento, besando cada centímetro de piel que liberaba. Sus labios en mi cuello, chupando suave, dejando marcas húmedas que ardían delicioso. Bajó a mis tetas, lamiendo los pezones duros como piedras, mordisqueando hasta que arqueé la espalda gimiendo.

Esto es demasiado bueno, no quiero que pare nunca. Su lengua es fuego, su aliento me hace temblar.

Mis manos exploraban su espalda ancha, uñas clavándose en músculos tensos. Bajé la cremallera de sus jeans, liberando esa verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor, su pulso rápido. —Métetela, le rogué, pero él sonrió pícaro. —No tan rápido, corita. Quiero saborearte primero.

Separó mis piernas, inhalando profundo mi aroma de excitación. Su lengua encontró mi clítoris, lamiendo en círculos lentos, chupando con succiones que me hicieron gritar. El sonido de mis jugos, chapoteando bajo su boca, me ponía más caliente. Metió dos dedos gruesos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. Mi cuerpo se convulsionaba, caderas moviéndose solas, el placer subiendo como ola imparable. Neta, este wey sabe lo que hace, pensé entre jadeos, oliendo nuestra mezcla de sexos en el aire cargado.

Lo jalé hacia mí, desesperada. Se puso condón —siempre responsable, el cabrón— y se hundió en mí de un empujón lento, llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas, su pubis contra mi clítoris. Empezó a moverse, primero suave, profundo, luego más rápido, el sonido de piel contra piel retumbando como tambores. Sudábamos juntos, cuerpos resbalosos, besos salados. —Dame más, chilango —le pedí, arañando su espalda.

Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, sintiendo su verga golpear más adentro, mis tetas rebotando. Él las amasaba, pellizcando pezones. El orgasmo me alcanzó primero, un estallido que me dejó temblando, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre. Siguió embistiéndome hasta que explotó, gruñendo, su semen caliente llenando el condón mientras se vaciaba.

Acto tres: el afterglow

Caímos exhaustos, enredados en las sábanas revueltas. Su pecho subía y bajaba contra mi mejilla, corazón latiendo fuerte aún. Olía a sexo puro: sudor, fluidos, nosotros. Me acariciaba el cabello, besándome la frente. —Qué chido estuvo eso, wey —murmuró con voz ronca.

—Neta, chilango del Tri, eres un animal —le respondí, riendo bajito, sintiendo una paz profunda invadiéndome. Hablamos en susurros del futuro, de vernos de nuevo después de su próximo partido. La ciudad brillaba afuera, testigo muda de nuestra noche.

Me quedé dormida en sus brazos, soñando con más rondas, con ese fuego que acababa de encenderse. Al amanecer, el sol filtrándose por las cortinas, nos besamos lento, prometiendo no ser solo una noche. Este chilango me conquistó, y qué padre se siente.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.