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Trio Motel Pasión Desbordada

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Trio Motel Pasión Desbordada

El sol del atardecer teñía de naranja las luces neón del Trio Motel cuando llegué con Luis y Carla. Habíamos planeado esto durante semanas, esas charlas calientes en la cama donde las palabras se volvían promesas húmedas. Luis, mi carnal de años, con su sonrisa pícara y ese cuerpo moreno que me volvía loca, manejaba el coche con una mano en mi muslo, apretando suave como diciendo esto apenas empieza. Carla, nuestra amiga de la uni, iba atrás, sus ojos cafés brillando de anticipación, mordiéndose el labio mientras el viento jugaba con su falda corta.

El motel era chido, no de esos tugurios mugrosos, sino con habitaciones amplias, cama king size y un jacuzzi que prometía burbujas calientes contra la piel. Pagamos en efectivo, el recepcionista guiñándonos un ojo como si supiera el pedo.

¿Y si nos ven? ¿Y si no fluye?
pensé mientras subíamos las escaleras, el corazón latiéndome a mil. Pero la neta, el deseo ya me tenía empapada, el aire cargado de ese olor a jazmín del lobby mezclándose con mi perfume.

Entramos a la habitación 69, ja, qué risa. La luz tenue del atardecer se colaba por las cortinas, pintando todo de dorado. Luis cerró la puerta con un clic que sonó como el inicio de algo irreversible. Carla se quitó los zapatos, sus pies descalzos pisando la alfombra suave, y se acercó a mí con una sonrisa traviesa. "¿Listos para el trio motel de nuestras vidas?" dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel.

Nos sentamos en la cama, las tres cervezas frías que trajimos sudando en la mesita. Hablamos pendejadas al principio, para romper el hielo: del pinche tráfico, de la chamba, pero las miradas se cruzaban cargadas de electricidad. Luis me jaló hacia él, su boca capturando la mía en un beso profundo, lengua explorando con hambre contenida. Sentí su verga endureciéndose contra mi cadera, ese bulto caliente que me hacía gemir bajito.

Carla observaba, sus pechos subiendo y bajando rápido bajo la blusa ajustada. Órale, qué guapa estaba, con ese culazo que siempre envidié un poquito. Se acercó, su mano rozando mi brazo, enviando chispas por mi espina.

Esto es real, no un sueño mojado
, me dije, mientras sus labios rozaban mi cuello, suave como pluma, oliendo a vainilla y deseo.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Luis desabotonó mi blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco, pezones endureciéndose al instante. "Qué ricas estás, mi reina", murmuró, chupando uno con su boca caliente, lengua girando en círculos que me arquearon la espalda. Carla se unió, besándome la boca mientras sus dedos bajaban por mi panza, desabrochando mis jeans. El sonido del zipper fue como un trueno, prometiendo lluvia.

Me recosté, jadeando, mientras ellos dos me devoraban con los ojos. Luis se quitó la playera, mostrando esos músculos tallados por horas en el gym, sudor ya perlando su piel morena. Carla lo imitó, su blusa volando, sostén negro de encaje apenas conteniendo sus curvas generosas. Neta, el cuarto olía a sexo inminente, a piel caliente y feromonas.

En el medio del acto, las cosas se pusieron intensas. Me quitaron los jeans, mis tanguitas empapadas al descubierto. Carla las bajó despacio, besando mi monte de Venus, su aliento cálido haciendo que mi chocha palpitara. "Estás chorreando, amiga", rio bajito, y metió un dedo, curvándolo justo ahí, el punto que me hace ver estrellas. Grité suave, agarrando las sábanas, el roce húmedo sonando obsceno en el silencio.

Luis se desvistió completo, su verga gruesa saltando libre, venosa y lista. Se arrodilló junto a mi cabeza, ofreciéndomela. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, sabor salado en la lengua cuando la lamí desde la base hasta la punta.

Pinche delicia, dos bocas y cuatro manos en mí, ¿quién necesita más?
Él gemía ronco, "Sí, así, mámamela rico", mientras Carla lamía mi clítoris, succionando con maestría, sus uñas arañando mis muslos suaves.

Cambié posiciones, el calor subiendo como fiebre. Me puse a cuatro, Luis detrás, frotando su pija en mi entrada resbalosa. "¿Quieres que te coja?" preguntó, voz grave. "¡Sí, carnal, métemela ya!" supliqué, y empujó lento, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía rico, placer punzante que me hizo morder la almohada.

Carla se acostó frente a mí, abriendo las piernas, su chocha rosada y brillante invitándome. Me lancé, lengua hundida en sus pliegues dulces, saboreando su miel agria, mientras ella gemía alto, tirando de mi pelo. "¡Qué buena lengua tienes, pendeja!" reía entre jadeos. Luis embestía más fuerte, huevos golpeando mi culo con palmadas húmedas, el colchón crujiendo rítmico.

El sudor nos unía, pieles resbalosas chocando, olores mezclados: almizcle, sexo, cerveza derramada. Sentía sus pulsos acelerados contra mí, mi corazón martilleando en los oídos.

Esto es libertad, puro fuego mexicano en un trio motel
. Cambiamos otra vez, Carla montándome la cara mientras Luis me cogía sin piedad, sus manos amasando mis tetas, pellizcando pezones.

La intensidad escalaba, gemidos convirtiéndose en gritos. Carla se corrió primero, su cuerpo temblando sobre mi boca, jugos calientes inundándome, sabor explosivo. "¡Me vengo, ay Dios!" chilló, arqueándose. Eso me empujó al borde; apreté alrededor de Luis, ordeñándolo, y exploté en olas, visión borrosa, músculos convulsionando.

Luis gruñó animal, saliendo para pintarme la espalda con chorros calientes, espeso y pegajoso. Colapsamos los tres, enredados en sábanas revueltas, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El jacuzzi nos llamó; lo llenamos de agua humeante, burbujas masajeando moretones tiernos.

Ahí, en el vapor, nos besamos suaves, risas burbujeando. "¿Repetimos pronto?" preguntó Carla, dedo trazando mi clavícula. Luis me abrazó por atrás, verga semi-dura contra mi nalga.

Esto no fue un sueño, fue nuestro
, pensé, pieles aún sensibles, el eco de placer latiendo en venas.

Salimos del trio motel al amanecer, el cielo rosa prometiendo más noches locas. Nos despedimos con promesas susurradas, cuerpos marcados por huellas invisibles de pasión compartida. Neta, valió cada segundo.

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