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Tríos Hot Inolvidables

6592 palabras

Tríos Hot Inolvidables

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmín fresco, con el rumor de las olas rompiendo suave contra la playa. Karla caminaba tomada de la mano de Marco, su novio de tres años, por el malecón iluminado con luces tenues. Llevaban shorts y camisetas ligeras, el calor tropical pegándoles a la piel como una promesa de placer. Habían llegado esa tarde para unas vacaciones chidas, lejos del pinche estrés de la ciudad.

¿Y si esta noche probamos algo nuevo? pensó Karla, mordiéndose el labio mientras veía a Marco sonreírle con esa mirada pícara que la ponía caliente al instante. Habían platicado de fantasías en la cama, de tríos hot que los encendían en la imaginación, pero nunca se habían animado. Hasta esa noche, cuando en el bar del hotel se toparon con Sofía.

Sofía era una morra de Guadalajara, con curvas que quitaban el hipo: tetas firmes bajo un vestido rojo ceñido, caderas anchas y un culo redondo que se movía como hipnosis. Pelo negro largo, ojos verdes que brillaban con malicia. Se sentaron en la misma mesa por casualidad, shots de tequila volando, risas y coqueteos que fluían como el ron en sus gargantas.

—Órale, wey, qué buena onda que se unan —dijo Sofía, su voz ronca rozando la piel de Karla como una caricia—. ¿Vienen a divertirse o qué?

Marco guiñó el ojo. —Pura diversión, mamacita. ¿Y tú?

Karla sintió un cosquilleo en el estómago, el calor subiendo por sus muslos.

Esto podría ser el inicio de un trío hot de esos que cuentan en las revistas picas
, se dijo, imaginando las manos de Sofía en su cuerpo.

La plática escaló rápido. Hablaron de todo: el pinche tráfico de la CDMX, las mejores playas, y de pronto, Sofía soltó: —Yo una vez probé un trío hot con unos amigos en la playa. No mames, fue de locos. ¿Ustedes?

Marco y Karla se miraron, el aire cargado de electricidad. —Hemos soñado con eso —admitió Karla, su voz temblando un poquito de excitación—. Pero nunca...

—Pues vámonos a mi suite —propuso Sofía, lamiéndose los labios pintados de rojo—. Hay jacuzzi y vista al mar. Lo que pase, pasa, ¿sale?

El corazón de Karla latía como tambor en fiesta. Sí, carnal, esto va a estar chingón.

Acto dos: La escalada

La suite de Sofía era un paraíso: luces bajas, música de reggaetón suave sonando bajito, el jacuzzi burbujeando con vapor que olía a eucalipto. Se quitaron la ropa de a poco, riendo nerviosos al principio. Karla se metió primero al agua caliente, el chorro masajeando sus pezones endurecidos. Marco la siguió, su verga ya semi-dura rozando su pierna bajo el agua. Sofía se desvistió despacio, dejando caer el vestido como una cascada, revelando un tanga negro que apenas cubría su panocha depilada.

—Qué ricas están las dos —murmuró Marco, su voz grave, atrayendo a Karla para un beso profundo. Sus lenguas se enredaron, saboreando tequila y deseo, mientras Sofía se acercaba por detrás, sus tetas presionando la espalda de Karla.

Las manos de Sofía eran magia: suaves, expertas, bajando por la panza de Karla hasta tocar su clítoris hinchado. —Mmm, ya estás mojada, nena —susurró al oído, mordisqueando el lóbulo—. ¿Te late?

Karla jadeó, un gemido escapando de su garganta.

¡Qué chido! Su toque es como fuego, me quema delicioso
. Giró la cabeza y besó a Sofía, sus labios carnosos sabiendo a cereza del gloss. Marco observaba, su verga palpitando, hasta que Karla la tomó con la mano, masturbándolo lento bajo el agua.

Salieron del jacuzzi chorreando, pieles brillantes, y cayeron en la cama king size. El aire olía a sexo inminente: sudor fresco, perfume floral de Sofía, el almizcle de la excitación. Sofía se arrodilló entre las piernas de Karla, lamiendo su interior de muslos, subiendo despacio. —Abrete, guapa —pidió, y Karla obedeció, exponiendo su panocha rosada y húmeda.

La lengua de Sofía era un torbellino: chupando el clítoris con succiones suaves, metiendo la punta dentro, saboreando sus jugos salados. Karla arqueó la espalda, gimiendo fuerte: —¡Ay, wey, no pares! ¡Qué rico!

Marco se posicionó detrás de Sofía, frotando su verga gruesa contra su culo. —Puedo? —preguntó, siempre el caballero.

—Sí, métemela —rogó Sofía, empujando hacia atrás. Marco embistió despacio, el sonido chapoteante de piel contra piel llenando la habitación. Cada thrust hacía que Sofía lamiera más fuerte, vibraciones transmitiéndose directo al coño de Karla.

Esto es un trío hot de antología, pensó Karla, sus uñas clavándose en las sábanas. Cambiaron posiciones: Karla montó la cara de Sofía, frotando su panocha contra su boca ansiosa, mientras chupaba la verga de Marco. El sabor era salado, venoso, con un toque de pre-semen que la volvía loca. Marco gemía, sus manos amasando las tetas de las dos morras.

La tensión crecía como ola gigante. Sudor perlando frentes, respiraciones agitadas, el colchón crujiendo. Karla sintió el orgasmo aproximándose, un nudo apretado en el vientre. —¡Me vengo! —gritó, temblando, chorros de placer mojando la cara de Sofía.

Sofía se corrió después, su coño contrayéndose alrededor de la verga de Marco, gritando en éxtasis. Él aguantó, volteándolas para follar a Karla misionero mientras Sofía lamía sus huevos. El clímax de Marco fue explosivo: semen caliente llenando a Karla, goteando por sus muslos.

Acto tres: El afterglow

Se derrumbaron en un enredo de cuerpos exhaustos, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El mar susurraba afuera, una brisa fresca entrando por la ventana abierta, enfriando sus miembros ardientes. Karla respiraba hondo, oliendo la mezcla embriagadora: sexo, sal, perfume.

—Eso fue un trío hot inolvidable —dijo Sofía, besando la mejilla de Karla—. ¿Repetimos mañana?

Marco rio, abrazándolas a ambas. —Órale, ¿por qué no? Pero ahora, a dormir, cabronas.

Karla sonrió, un calorcito de satisfacción expandiéndose en su pecho.

Nunca imaginé que un trío hot nos uniría así. Marco y yo estamos más fuertes que nunca, y Sofía... pues quién sabe, pero esta noche fue pura neta
. Cerró los ojos, el pulso calmándose, sabiendo que habían cruzado una línea deliciosa, consensual, empoderadora. Mañana, la playa los esperaba, pero por ahora, el sueño los envolvió como sábanas suaves.

En la quietud, solo se oían sus respiraciones sincronizadas, un latido compartido de placer pleno.

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