Lars von Trier Rompiendo las Olas de Placer
La pantalla del tele parpadeaba con esa luz cruda y fría de Rompiendo las olas, la película de Lars von Trier que me tenía clavada en el sofá de mi departamentito en la Roma Norte. El aire olía a café recién molido y a las velas de vainilla que había encendido para ambientar la noche. Jan, el protagonista, herido y exigiendo que Bess se coja a otros hombres para él... neta, esa historia me ponía la piel chinita. Sentía un calorcillo subiendo por mis muslos, mi panocha ya húmeda solo de imaginarme en su lugar. Yo, Ana, una morra de veintiocho pirulos, con curvas que volvían locos a los galanes del gym, pero que andaba solita esa noche porque mi carnal, no, mi vato, mi amor, Marco, andaba en un viaje de trabajo a Guadalajara.
El sonido de la llave en la chapa me sacó del trance. ¡Órale, ya llegó! Marco entró con esa sonrisa pícara, su camisa blanca pegada al pecho por el sudor de la calle, oliendo a tequila y a cigarro. "Ey, mi reina, ¿qué onda con esta peliculita tan heavy?" dijo mientras tiraba su mochila y se acercaba. Yo lo jalé del brazo, mi corazón latiendo como tamborazo zacatecano. "Es Lars von Trier Rompiendo las olas, pendejo. Mírala, te va a poner como toro en celo."
Se sentó a mi lado, su muslo rozando el mío, esa fricción eléctrica que me hacía apretar las piernas. Sus dedos juguetearon con mi pelo mientras la escena de Bess rezando y follando se desarrollaba. "Neta, esta Bess es una chingona", murmuró él, su aliento caliente en mi oreja. Yo volteé, mis labios rozando los suyos. "Y si yo fuera ella... ¿tú serías Jan?" Sus ojos se oscurecieron, ese verde intenso que me derretía. "Prueba y verás, mi vida."
¿Y si de veras lo hacemos? ¿Romper las olas de placer como en la película de Lars von Trier? Mi cuerpo grita sí, pero mi mente da vueltas: ¿y si nos lleva a locuras que no controlamos?
La tensión crecía como tormenta en el Golfo. Apagué el tele con el control, la habitación se llenó de nuestro jadeo. Marco me levantó en brazos, sus manos fuertes bajo mi culo, caminando hacia el cuarto. El colchón nos recibió con un plof suave, las sábanas frescas oliendo a lavanda. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios sabían a sal y a deseo, su lengua trazando círculos en mis pezones que se endurecieron al instante.
"Dime qué quieres, como Jan", susurré, mi voz ronca. Él se rio bajito, ese sonido que me erizaba. "Quiero verte romper olas, Ana. Quiero que te vengas como nunca." Sus dedos bajaron por mi panza, desabrochando mis jeans. El roce de su uña en mi piel me hizo arquear la espalda. Olía a su colonia mezclada con mi aroma de mujer excitada, ese musk dulce que inunda el aire. Me los quitó de un jalón, quedándome en tanguita de encaje negro, empapada.
Él se desvistió rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando por mí. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero debajo. "Chúpamela, mi amor", pidió, y yo obedecí, arrodillándome en la cama. Mi boca la envolvió, saboreando el precum salado, mi lengua jugando con la cabeza. Él gemía, sus manos enredadas en mi pelo, empujando suave. Esto es poder, neta, pensé, mientras lo oía jadear mi nombre.
Pero la noche pedía más, inspirados en esa peli de Lars von Trier Rompiendo las olas. "Imagíname herido, lejano", dijo él, recostándose. "Ve y busca placer, pero cuéntamelo todo." Mi corazón latió fuerte. ¿Juego de roles? Sí, carnal. Salí del cuarto, fingiendo ir a "buscarlo", pero regresé con un espejo que teníamos en la sala, colocándolo frente a la cama. "Mírame romper olas para ti", le dije, subiéndome a horcajadas.
Me froté contra su verga, mi clítoris hinchado rozando la punta, lubricándonos mutuamente. El sonido húmedo de mi excitación llenaba la habitación, mezclado con nuestros suspiros. Bajé despacio, empalándome en él centímetro a centímetro. ¡Ay, cabrón! Llenándome hasta el fondo, esa presión deliciosa que me hacía ver estrellas. Empecé a moverme, mis caderas ondulando como olas del Pacífico, mis tetas rebotando. Él me veía en el espejo, sus manos apretando mis nalgas, guiándome.
Sus ojos en mí, reflejados, me queman. Soy Bess, él Jan, rompiendo las olas de placer juntos. Cada embestida es una oración al dios del sexo.
La intensidad subía. Sudor perlando nuestras pieles, resbaloso y caliente. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, él detrás, penetrándome profundo. Sus bolas chocaban contra mi clítoris con cada plaf, su mano bajando a frotarlo en círculos. "¡Más fuerte, Marco! ¡Rompe mis olas!" grité, mi voz quebrada. Él aceleró, gruñendo, su aliento en mi nuca oliendo a puro macho. Sentía su verga hincharse dentro, rozando ese punto que me volvía loca.
El clímax se acercaba como maremoto. Mis paredes se contraían, ordeñándolo. "Me vengo, pendeja hermosa", rugió él, y eso me empujó al borde. Explosé en oleadas, mi grito ahogado en la almohada, jugos chorreando por mis muslos. Él se vació dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando contra el mío. Colapsamos, enredados, el aire pesado con olor a sexo crudo y satisfecho.
Minutos después, en el afterglow, sus dedos trazaban patrones en mi espalda. La luna se colaba por la ventana, iluminando su rostro sereno. "Esa peli de Lars von Trier Rompiendo las olas nos unió más, ¿verdad?" murmuró. Yo asentí, besando su pecho salado. Neta, amor, fue como rezar con el cuerpo. Nos quedamos así, piel con piel, el corazón latiendo al unísono. Mañana sería otro día en esta pinche ciudad loca, pero esta noche, rompimos olas juntos, y el placer perduraría como eco en el alma.
Despertamos con el sol filtrándose, su mano aún en mi cadera. "Otra vez, ¿mi Bess?" bromeó. Reí, jalándolo encima. Pero eso es historia para otra noche. Por ahora, el recuerdo de Lars von Trier Rompiendo las olas nos había transformado en amantes eternos, cabalgando placeres sin fin.