Keane Inténtalo de Nuevo
Keane se paró frente a la puerta del departamento en Polanco, con el corazón latiéndole como tambor en desfile del 15 de mayo. El aroma a mole y cilantro flotaba en el pasillo, mezclado con el perfume dulce de ella que recordaba de la primera vez. Neta, esta vez no la voy a cagar, pensó, mientras ajustaba su camisa ajustada que marcaba sus pectorales. Tocó el timbre, y la puerta se abrió como si Ana lo hubiera estado esperando con los brazos abiertos.
—¡Órale, Keane! Pásale, mi rey —dijo ella con esa sonrisa pícara que iluminaba sus ojos cafés oscuros. Llevaba un vestido negro ceñido que abrazaba sus curvas como si fuera hecho a mano, el escote dejando ver justo lo suficiente para que su pulso se acelerara. Su cabello negro caía en ondas sueltas, oliendo a coco y vainilla.
Entró al departamento, un espacio chido con muebles de madera oscura, luces tenues y una terraza con vista a los jacarandas. Recordó la primera cita: cena romántica, besos torpes, y cuando llegaron al grano, él se apuró como pendejo inexperto. Duró lo que un comercial de televisión. Ella no se quejó, pero él sí, consigo mismo. Ahora, esta era la segunda oportunidad. Keane, try again, se repetía en la cabeza como mantra gringo que le había dicho un cuate en la gym.
Se sentaron en el sofá con una botella de mezcal artesanal. El líquido ahumado bajaba suave por su garganta, calentándole el pecho. Ana cruzó las piernas, su piel morena brillando bajo la luz de las velas. Hablaron de todo: del pinche tráfico de Reforma, de su trabajo como diseñadora gráfica, de cómo él pintaba murales en cantinas de la Roma. Sus risas llenaban el aire, graves y contagiosas, mientras sus rodillas se rozaban accidentalmente. O no tan accidental.
—¿Sabes qué, Keane? La primera vez estuvo padre, pero neta quiero más —confesó ella, mordiéndose el labio inferior, ese gesto que lo ponía a mil.
Él sintió el calor subirle por el cuello.
No la riegues, carnal. Tómate tu tiempo, siente cada caricia.Se acercó, su mano grande cubriendo la de ella, pulgares entrelazados. El roce era eléctrico, como chispas de un foco fundido.
La besó entonces, lento al principio. Sus labios suaves y calientes sabían a mezcal y a deseo reprimido. Ella respondió con hambre, la lengua danzando con la suya en un ritmo que aceleraba su verga bajo los jeans. Sus manos exploraron: las de él subiendo por su espalda, desatando el vestido; las de ella clavándose en sus hombros musculosos. El vestido cayó al piso con un susurro de tela, revelando lencería roja que contrastaba con su piel canela.
—Qué chula estás, Ana —murmuró él contra su cuello, inhalando su aroma a sudor fresco y perfume floral. Ella gimió bajito, un sonido que vibró en su pecho como ronroneo de gato.
Acto dos: la escalada. La llevó a la recámara, donde la cama king size los esperaba con sábanas de algodón egipcio. La luz de la luna se colaba por las cortinas, pintando sombras en sus cuerpos. Ana lo empujó suave contra el colchón, quitándole la camisa con dedos impacientes. Sus tetas perfectas, firmes y redondas, se presionaban contra él mientras lo besaba el torso, la lengua trazando círculos alrededor de sus pezones duros.
Keane jadeaba, el corazón martilleándole las costillas. Contrólate, wey. Sus manos bajaron a su culo redondo, apretándolo con fuerza, sintiendo la carne ceder bajo sus palmas. Ella se arqueó, restregándose contra su erección dura como piedra. El olor a su excitación llenaba la habitación: almizcle dulce, como miel caliente mezclada con mar.
—Quítame todo, mi amor —le pidió ella, voz ronca. Él obedeció, deslizando la tanga roja por sus muslos suaves. Su panocha depilada brillaba húmeda, los labios hinchados invitándolo. La probó con los dedos primero, dos resbalando adentro fácil, curvándose para tocar ese punto que la hizo gritar.
—¡Ay, Keane, qué rico! No pares —suplicó, las caderas moviéndose al ritmo de su mano. Él chupó su clítoris, la lengua plana lamiendo lento, saboreando su jugo salado y dulce. Ella temblaba, uñas en su cuero cabelludo, el sonido de sus gemidos subiendo como sirena en la noche mexicana.
Pero el nerviosismo lo traicionó un segundo. Cuando ella lo montó, guiando su verga gruesa a su entrada caliente, él sintió la presión familiar. Entró de un empujón, las paredes de ella apretándolo como guante de terciopelo mojado. Bombeó unas veces, el slap-slap de piel contra piel resonando, sudor perlando sus frentes. Y entonces, el borde. No, no ahora.
Ella lo notó, se detuvo, ojos brillantes de lujuria. Se inclinó, labios al oído:
Keane try again
Esas palabras en inglés, juguetona, como reto bilingüe de la Condesa. Lo besó profundo, rodando para que él estuviera encima. Respiró hondo, oliendo su cabello, sintiendo su calor envolvente. Empezó de nuevo, lento: embestidas largas, profundas, girando las caderas para rozar su punto G. Ella clavó las piernas en su espalda, —¡Más duro, pendejo caliente! —gritó entre risas y jadeos.
La intensidad creció. Él la volteó a cuatro patas, admirando su culo alzado, las nalgas separadas mostrando su ano rosado y la panocha chorreante. Entró de nuevo, manos en sus caderas, follando con ritmo primal. El sonido era obsceno: húmedo, rítmico, mezclado con sus alaridos. Qué chingón se siente, pensó él, el sudor goteando de su pecho al de ella, salado en su lengua cuando lo lamió.
Ana se corrió primero, el cuerpo convulsionando, paredes apretándolo como puño. —¡Me vengo, cabrón! ¡Sí! Su grito fue música, el aroma de su orgasmo intensificándose, embriagador. Él aguantó, mordiendo su hombro suave, prolongando el placer. Luego, la puso de lado, una pierna sobre su hombro, penetrándola profundo mientras se besaban. El clímax lo alcanzó como ola en Acapulco: eyaculó dentro, chorros calientes llenándola, gruñendo su nombre contra su boca.
Acto tres: el afterglow. Colapsaron enredados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El aire olía a sexo crudo, a ellos dos fundidos. Ana trazaba círculos en su pecho con uña pintada de rojo, sonriendo satisfecha.
—Neta, Keane, este try again fue la neta. Ya quiero el tercero —dijo pícara, besándole el cuello.
Él rio bajito, abrazándola fuerte.
Lo logré, wey. Y qué chido se siente.Afuera, la ciudad zumbaba lejana, pero aquí, en su burbuja, solo existía la paz de cuerpos saciados, promesas de más noches así. El mezcal olvidado en la sala, las velas parpadeando hasta apagarse, dejando solo la luna testigo de su conexión profunda, carnal y eterna.