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Yo Intenté Traducción

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Yo Intenté Traducción

Era una noche calurosa en la Roma Norte, de esas que te pegan el cuerpo a la sábana y te hacen sudar hasta el alma. Mi depa, un loft chido con vista a la calle empedrada llena de luces neón de bares hipsters, olía a café recién molido y a la vela de lavanda que prendí para ambientar. Valeria llegó puntual, como siempre, con ese vestido negro ajustado que le marcaba las curvas de una manera que me ponía la piel de gallina. Neta, esa morra es fuego puro: cabello negro largo, ojos cafés que te clavan, y una sonrisa pícara que dice ven y descubre qué traigo.

—Órale, carnal, ¿ya tienes listo lo que te pedí? —me dijo mientras se quitaba los tacones y se tiraba en el sofá de piel, cruzando las piernas con gracia felina. Su perfume, una mezcla dulce de vainilla y jazmín, invadió el aire como una caricia invisible.

Le había prometido traducir un pedazo de un relato erótico que encontró en un blog gringo. Era su jueguito: le gustaba que yo, con mi inglés mañoso de autodidacta, le llevara esas palabras prohibidas al español mexicano, crudo y directo. Yo intenté traducción la semana pasada, pero cada vez que lo leía, mi mente se desviaba a imaginármela a ella en esas escenas. I tried traducción, pensé en voz baja mientras sacaba la laptop, pero las palabras en mi cabeza se enredaban con deseo puro.

Me senté a su lado, tan cerca que sentía el calor de su muslo contra el mío. El sofá crujió suave bajo nuestro peso. Abrí el archivo y empecé a leer en voz alta, mi voz grave resonando en la habitación tenuemente iluminada.

"Sus dedos trazaban caminos de fuego sobre su piel, bajando lento hasta el borde de la humedad que lo esperaba..."

Valeria se mordió el labio, sus ojos brillando. —Neta, Alex, sigue. Haz que suene como si estuviéramos ahí.

El aire se espesó con tensión. Mi corazón latía fuerte, un tambor en el pecho, mientras continuaba. Cada frase que traducía —adaptándola con nuestro slang, haciendo que "wet pussy" sonara como "conchita chorreante y lista"— hacía que su respiración se acelerara. Olía su excitación sutil, ese aroma almizclado que me volvía loco, mezclado con su perfume. Toqué su mano accidentalmente, y el contacto eléctrico nos hizo mirarnos. Sus pupilas dilatadas, la piel de su cuello erizada.

—Ven, léemelo al oído —susurró, recargándose en mí. Su aliento cálido rozó mi oreja, enviando escalofríos por mi espalda.

Acto dos: la escalada. La abracé por la cintura, atrayéndola a mi regazo. El vestido se subió un poco, revelando la suavidad de sus muslos. Seguí leyendo, pero ahora mi mano libre acariciaba su espalda, sintiendo cada vértebra bajo la tela delgada. Ella gemía bajito con cada palabra, su cuerpo respondiendo como si yo fuera el narrador de su propio placer. Neta, era adictivo: el sonido de su voz ronca pidiendo más, el sabor salado cuando besé su cuello, lamiendo suave hasta su clavícula.

—Pendejito, eso no es traducción, eso es poesía chingona —rió, pero su risa se cortó en un jadeo cuando mis dedos bajaron por su espina dorsal hasta el borde de sus nalgas. Se movió sobre mí, frotándose lento, el calor entre sus piernas quemándome a través de la tela. Yo intenté traducción de nuevo en mi mente, pero ¿cómo traducir el pulso acelerado de mi verga endureciéndose contra ella? I tried traducción, pero el lenguaje del cuerpo era universal.

Nos besamos entonces, un beso hambriento, lenguas enredándose como las palabras que no podía controlar. Sabía a tequila con limón de la cena anterior, fresco y picante. La desvestí despacio, saboreando cada centímetro de piel expuesta: pechos firmes, pezones oscuros endurecidos que chupé con devoción, oyendo sus ¡ay, wey! entrecortados. Ella me quitó la playera, uñas arañando mi pecho, dejando rastros rojos que ardían delicioso. Caímos al piso sobre la alfombra persa, cuerpos enredados, sudor perlando nuestras pieles.

La penetré gradual, centímetro a centímetro, sintiendo su calor húmedo envolviéndome como terciopelo vivo. —Más despacio, cabrón, déjame sentirte —gimió, sus caderas subiendo a mi ritmo. El slap-slap de carne contra carne llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos y el zumbido lejano de la ciudad. Olía a sexo crudo, a ella y a mí fundidos. Sus paredes internas me apretaban, pulsando, mientras yo la embestía más profundo, traduciendo cada thrust en placer compartido.

Inner struggle: Por un segundo dudé, pensando si esto era solo el calor del momento o algo más. Pero sus ojos, clavados en los míos, decían esto es nuestro, neta. La volteé, poniéndola a cuatro, admirando su culo perfecto arqueado. Entré de nuevo, agarrando sus caderas, el sudor goteando de mi frente a su espalda. Ella gritó placer, ¡chinga más duro!, y yo obedecí, el clímax building como una ola imparable.

Acto tres: la liberación. Nos corrimos juntos, ella primero en espasmos que me ordeñaron, gritando mi nombre con voz quebrada. Yo la seguí, vaciándome en ella con un rugido gutural, el mundo explotando en blanco. Colapsamos, cuerpos temblando, piel pegajosa y jadeante. El silencio post-orgasmo era bendito, roto solo por nuestras respiraciones calmándose.

La abracé, besando su sien húmeda. —¿Qué tal mi traducción? —pregunté, riendo suave.

—La mejor, pendejo. Pero la próxima, traduce esto —dijo, guiando mi mano a su entrepierna aún sensible.

Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, el aroma de nuestro amor flotando. Yo intenté traducción esa noche, pero descubrí que el verdadero lenguaje era el de nuestros cuerpos, sin palabras, solo sensación pura. Mañana, otro texto, otro round. Neta, la vida es chida cuando la morra de al lado te hace sentir vivo así.

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