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Las 25 palabras con tra tre tri tro tru que me volvieron loca de deseo

5968 palabras

Las 25 palabras con tra tre tri tro tru que me volvieron loca de deseo

La fiesta en Polanco bullía de luces neón y risas chidas. El aire olía a tequila reposado y perfumes caros, mezclado con el humo dulce de los cigarros electrónicos. Yo, Valeria, de veintiocho tacos, andaba con mis cuates celebrando el cumple de mi carnala. Vestida con un vestido negro ajustado que me hacía sentir como reina, movía las caderas al ritmo del reggaetón que retumbaba en los parlantes. Entonces lo vi: Diego, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace mojar las bragas de un jalón.

Órale, wey, pensé, este pendejo está cañón. Nuestras miradas se cruzaron mientras él pedía un trago en la barra. Me acerqué, fingiendo casualidad, y le pedí un cuba libre. "Qué buena onda que estés aquí, preciosa", me dijo con voz grave, su aliento cálido rozando mi oreja. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico de la Roma, de lo chido que estaba el DJ. Pero el deseo crecía como fuego lento. Sus ojos recorrían mi escote, y yo sentía el calor subiendo por mis muslos.

Terminamos en su depa a unas cuadras, un penthouse con vista al skyline de la CDMX. El elevador olía a su colonia amaderada, y cuando las puertas se cerraron, no aguanté más. Lo besé con hambre, mis labios saboreando el salado de su boca, mezclado con el ron de su último trago. Sus manos grandes me apretaron la cintura, bajando hasta mi culo. "Valeria, me traes de la verga", murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Entramos tambaleándonos, riendo como pendejos.

En la sala, con la ciudad parpadeando por las ventanas, sacó una botella de mezcal artesanal de Oaxaca. "Vamos a jugar algo, mamacita", dijo, sirviendo dos vasos. "¿Qué traes en mente, cabrón?". Se recargó en el sofá de piel suave, sus jeans marcando el bulto que ya me tenía intrigada. "Las 25 palabras con tra tre tri tro tru", soltó de repente, con una risa traviesa. "¿En serio? ¿Ese jueguito de la primaria?". Él asintió, ojos brillantes. "Pero versión para adultos. Por cada palabra que no sepas decir con esas sílabas, te quitas algo de ropa o me das un beso en donde yo diga. ¿Le entras o te rajas?".

El reto me prendió como mecha.

¿Por qué no? Neta, este wey me late y quiero verlo en pañales.
"Sale, pero si pierdes tú, me comes viva aquí mismo". Empezamos con tra: "Tragedia", dije yo primero. Él: "Trampa". Tre: "Trenza". "Tremendo". Tri: "Triste". "Tridente". Tro: "Trozo". "Trompo". Tru: "Truco". "Trucha". Nos reíamos, el mezcal quemando la garganta, el calor de nuestros cuerpos acercándose. Cada error era una prenda menos: mi vestido voló, quedé en brasier de encaje rojo y tanga. Él sin camisa, torso musculoso brillando bajo la luz tenue, olor a sudor fresco y deseo.

La tensión subía como el pulso en mis venas. Al décimo palabra, "trituro", que inventamos entre besos, sus manos ya exploraban mis tetas, pellizcando los pezones duros como piedras. "Estás empapada, Valeria", gruñó, dedo rozando mi clítoris por encima de la tela húmeda. Gemí, el sonido ronco llenando la habitación. Olía a mi excitación, almizclada y dulce, mezclada con su aroma masculino. "Sigue el juego, pendejo", jadeé, quitándole los jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precum que lamí con la lengua, salado y caliente.

El juego se volvió un pretexto. "Tractor", dijo él, pero yo ya lo tenía en la boca, chupando lento, sintiendo las venas palpitar contra mi lengua. Sus manos enredadas en mi pelo, empujando suave. Qué rico sabe, cabrón. "Mi turno: trinomio", balbuceé, subiendo para montarlo en el sofá. Su piel ardía contra la mía, sudor perlando su pecho. Me penetró de un thrust, llenándome hasta el fondo, el estiramiento delicioso haciendo que viera estrellas. "¡Neta, qué prieta estás!", rugió, caderas chocando con las mías en ritmo frenético.

Nos movimos al cuarto, el aire cargado de gemidos y el plaf plaf de carne contra carne. Las sábanas de algodón egipcio se arrugaban bajo nosotros, oliendo a sexo puro. Él me volteó boca abajo, besando mi espalda, lengua trazando la curva de mi espinazo. "Dime otra palabra, putita", susurró juguetón, mientras sus dedos abrían mis nalgas, lamiendo mi ano con devoción. El placer eléctrico me recorrió, pezones rozando la tela áspera.

Este wey sabe cómo hacerme suplicar, qué chingón
.

Escalamos: misionero, con sus ojos clavados en los míos, sus embestidas profundas rozando mi punto G. Sudor goteaba de su frente al valle de mis tetas, salado en mi piel. "Trueno", gemí yo, orgasmo acercándose como tormenta. Él aceleró, bolas golpeando mi culo, el sonido obsceno amplificado en la quietud. "Triturar tu coño, eso quiero", confesó ronco, y eso me llevó al borde. Me corrí gritando, paredes convulsionando alrededor de su verga, jugos chorreando por mis muslos.

Pero no paró. Me puso a cuatro patas, verga resbaladiza entrando de nuevo, mano en mi clítoris frotando en círculos. El olor a corrida mía impregnaba todo, embriagador. Sus gruñidos animales, mi piel erizada por cada roce. "¡Córrete conmigo, Diego!", supliqué, y él obedeció, hinchándose dentro, chorros calientes inundándome. Colapsamos, jadeantes, su peso cómodo sobre mí, besos perezosos en mi hombro.

En el afterglow, envueltos en sábanas revueltas, el skyline titilando como testigo. Su dedo trazaba patrones en mi vientre, olor a sexo y mezcal lingering en el aire. "Las 25 palabras con tra tre tri tro tru más cabronas de mi vida", murmuró riendo. Yo sonreí, satisfecha hasta los huesos. Neta, este juego me cambió la noche. Nos quedamos así, cuerpos entrelazados, el pulso calmándose, saboreando la paz post-orgasmo. Mañana quién sabe, pero esta noche fue pura magia mexicana, consensual y ardiente como el sol de Coyoacán.

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