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Lo Intentaré de Nuevo Contigo

6339 palabras

Lo Intentaré de Nuevo Contigo

La noche en Guadalajara estaba tibia, con ese olor a jazmín que subía desde el jardín del condominio y se mezclaba con el humo lejano de las taquerías de la colonia. Yo, Ana, de veintiocho años, me miré en el espejo del baño mientras me ponía el vestido negro ajustado que Marco tanto quería. Esta vez va a salir bien, pensé, recordando la última vez que intentamos algo nuevo en la cama. Me había puesto nerviosa, todo salió torpe, y terminamos riéndonos como pendejos. Pero hoy, después de esa cena con mole y tequila en el rooftop, sentía el calor subiendo por mis muslos. Lo quería. Lo necesitaba.

Marco me esperaba en la sala, con su camisa blanca desabotonada hasta el pecho, mostrando ese vello oscuro que me volvía loca. Era alto, moreno, con ojos que brillaban como el tequila bajo la luna. "¡Qué chula estás, mi reina!", me dijo con esa voz grave, jalándome hacia él. Sus manos grandes me rodearon la cintura, y sentí su aliento cálido en mi cuello, oliendo a mezcal y a hombre. Nuestros labios se juntaron suaves al principio, un roce que sabía a sal y a promesas. La lengua de él exploró mi boca, y yo gemí bajito, presionando mi cuerpo contra el suyo. Ya sentía su verga endureciéndose contra mi vientre.

I will try again
Esa frase en inglés me vino a la mente como un mantra, algo que me repetía en secreto desde que empecé a practicar yoga en inglés por las mañanas. Era mi forma de motivarme, de no rendirme. La última vez, quise montarlo como en esas novelas eróticas que leo a escondidas, pero mis nervios me traicionaron. Me cansé rápido, me resbalé, y terminamos en misionero a toda prisa. Pero hoy lo voy a hacer chingón, me juré, mientras sus dedos bajaban la cremallera de mi vestido.

El vestido cayó al piso con un susurro suave, dejando mi piel expuesta al aire nocturno que entraba por la ventana abierta. Marco me miró con hambre, sus ojos recorriendo mis tetas firmes, mi cintura curva, el triángulo negro de mi tanga. "Eres una diosa, Ana", murmuró, arrodillándose frente a mí. Sus labios besaron mi ombligo, bajando lento, dejando un rastro húmedo que me erizó la piel. Sentí su aliento caliente sobre mi concha, y mis rodillas flaquearon. ¡Qué rico! El primer toque de su lengua fue eléctrico, un lametón largo que me abrió como una flor. Saboreé el placer en mi propia humedad, mezclada con su saliva, mientras él chupaba mi clítoris con maestría, haciendo círculos que me hacían jadear.

Lo jalé del pelo, guiándolo más profundo. "Sí, papi, así... no pares". Mis caderas se movían solas, frotándose contra su cara barbuda. El sonido de sus succiones era obsceno, chapoteante, y olía a sexo puro, a esa esencia dulce y salada que nos volvía animales. Me corrí rápido, un orgasmo que me sacudió como un rayo, mis muslos temblando alrededor de su cabeza. "¡Ay, cabrón!", grité, pero él no se detuvo, lamiendo hasta que me quedé jadeando, con el corazón latiéndome en el pecho como tambor de mariachi.

Lo levanté, besándolo con furia, probándome a mí misma en su boca. Sus manos me amasaron las nalgas, apretando fuerte, y sentí sus dedos rozando mi ano, juguetones. "Quiero montarte esta vez, Marco. De verdad", le dije, mirándolo a los ojos. Él sonrió, pícaro. "Haz lo que quieras conmigo, mi amor. Estoy todo tuyo". Nos movimos a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Se quitó la ropa rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, con la cabeza brillando de precum. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el pulso acelerado bajo la piel suave. La masturbé lento, viendo cómo gemía, su pecho subiendo y bajando.

Esta es mi oportunidad. Me subí encima de él a horcajadas, mis rodillas hincadas a sus lados. El peso de mi cuerpo lo presionaba, y froté mi concha mojada contra su verga, lubricándola con mis jugos. El roce era delicioso, un vaivén que nos hacía suspirar. "Métemela ya, Ana, por favor", rogó él, sus manos en mis caderas. Yo bajé despacio, guiando la punta hacia mi entrada. Entró fácil, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Dios mío, qué estirada! Sentí cada vena rozando mis paredes internas, el calor invadiéndome.

Empecé a moverme, primero despacio, probando el ritmo. Sus manos me guiaban, pero yo controlaba todo. El sonido de piel contra piel era rítmico, slap-slap, mezclado con nuestros gemidos. Sudábamos, el olor a sexo y sudor llenando la habitación, intenso y adictivo. Miré hacia abajo, viendo cómo mi concha lo devoraba, mis labios hinchados envolviéndolo. Marco pellizcaba mis pezones, tirando suave, enviando chispas de placer directo a mi clítoris. "¡Más rápido, mi reina! ¡Qué rico te sientes!".

Aceleré, cabalgándolo como una amazona, mis tetas rebotando, el cabello pegado a mi espalda sudada. Sentía el orgasmo construyéndose otra vez, una ola gigante en mi vientre.

I will try again
, repetí en mi mente, empujándome más allá del cansancio que empezaba a asomarse en mis muslos. Esta vez no me rendiría. Marco se incorporó un poco, chupando mi teta derecha, mordisqueando el pezón. Eso me volvió loca. "¡Me vengo, Marco! ¡Ayúdame!". Él embistió desde abajo, fuerte, sincronizándonos. El clímax me explotó, un grito ronco saliendo de mi garganta mientras mi concha se contraía alrededor de su verga, ordeñándolo.

Él no tardó, gruñendo como bestia, su semen caliente llenándome en chorros potentes. Sentí cada pulsación, cálida y espesa, goteando cuando me quité. Colapsamos juntos, jadeando, cuerpos enredados en un charco de sudor y fluidos. Su mano acariciaba mi espalda, trazando círculos perezosos. "Fue increíble, Ana. La mejor vez". Yo sonreí contra su pecho, oyendo su corazón calmándose. El aire olía a nosotros, a satisfacción profunda.

Nos quedamos así un rato, escuchando el tráfico lejano y el viento en las palmeras del jardín. Lo logré, pensé, con una paz que me envolvía como manta suave. Marco me besó la frente. "Siempre supe que podías, mi chula". Y yo supe que esto era solo el principio. Mañana, quién sabe qué más intentaría. Pero por ahora, el afterglow era perfecto, nuestros cuerpos aún temblando en eco del placer compartido.

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