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Tríada Endometriosis Desatada

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Tríada Endometriosis Desatada

Ana se recostó en el mullido sofá de su departamento en Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito como un secreto compartido. El sol de la tarde se colaba por las cortinas sheer, pintando rayas doradas en su piel morena. Hacía calor, pero no tanto como el que le ardía por dentro. Otro maldito brote de endometriosis la tenía jodida, con ese dolor punzante en la pelvis que le recordaba lo pendeja que era la vida a veces. Pero hoy no estaba sola. Sus carnalas, Carla y Daniela, habían llegado con bolsas de té de manzanilla y aceites esenciales, listas para armar la tríada endometriosis que siempre las salvaba: ellas tres contra el pinche malestar.

¿Por qué carajos duele tanto? Piensa Ana. Pero con estas dos, todo se siente menos pesado. Neta, son mi medicina.

Carla, la más güera de las tres, con su cabello negro lacio cayéndole hasta la cintura, se sentó a su lado y le puso una mano en el muslo. "Órale, nena, relájate. Vamos a mimarte como se debe", dijo con esa voz ronca que siempre ponía a Ana a mil. Daniela, la chaparrita con curvas de infarto y ojos cafés que hipnotizaban, se arrodilló frente a ella, abriendo un frasco de aceite de lavanda. El aroma dulce y herbal llenó la habitación, mezclándose con el leve sudor de sus cuerpos y el perfume floral que usaba Carla.

"La tríada endometriosis ataca de nuevo, ¿eh?", bromeó Daniela, mientras vertía el aceite en sus palmas y las frotaba para calentarlo. Sus manos eran mágicas, suaves pero firmes, como si supieran exactamente dónde dolía y dónde empezar a sanar. Ana sintió el primer toque en los pies: un cosquilleo que subió por sus pantorrillas, deshaciendo nudos invisibles. El sonido de la ciudad allá abajo —cláxones lejanos, risas de transeúntes— se desvanecía, dejando solo sus respiraciones sincronizadas.

El deseo empezó como un susurro. Ana miró a Carla, que se había quitado la blusa, dejando ver sus chichis perfectas bajo un bra de encaje negro. "¿Quieres que te ayude con eso?", murmuró Carla, señalando la playera sudada de Ana. Ella asintió, el corazón latiéndole fuerte en el pecho. Se la quitaron entre risas nerviosas, y el aire fresco besó su piel caliente, erizándola. Daniela subió las manos por las piernas de Ana, rozando el interior de sus muslos, deteniéndose justo antes de lo prohibido. "Despacito, mi amor. Nada de prisas con nuestra tríada", susurró.

La tensión crecía como una ola en la playa de Acapulco. Ana sentía el pulso en su panocha, un calor húmedo que contrastaba con el dolor sordo de la endometriosis. ¿Podía su cuerpo traicionarla así? ¿Dolor y placer enredados como las enredaderas del Jardín Borda? Pero con ellas, todo era posible.

En el segundo acto de su tarde, las cosas escalaron. Se mudaron al cuarto, donde la cama king size las esperaba con sábanas de algodón egipcio frescas al tacto. Carla se tendió primero, jalando a Ana encima de ella. Sus labios se encontraron en un beso lento, saboreando el dulce de los chicles de tamarindo que habían masticado antes. La lengua de Carla era audaz, explorando, mientras sus manos amasaban los glúteos de Ana, apretándolos con esa fuerza que decía te deseo sin límites.

Daniela se unió por detrás, besando el cuello de Ana, mordisqueando suave la oreja. "Qué rico hueles, cabrona. A mujer lista para gozar", le dijo al oído, su aliento caliente enviando escalofríos. Desabrocharon los bras, y el sonido del encaje cayendo fue como una promesa. Los pezones de Ana se endurecieron al roce del aire, y Carla los tomó en su boca, chupando con delicadeza, lamiendo círculos que hacían que Ana arqueara la espalda. El sabor salado de la piel, el gemido ahogado que escapó de su garganta —todo se volvía eléctrico.

Ana giró la cabeza para besar a Daniela, sus lenguas danzando en un ritmo frenético. Las manos de Daniela bajaron, deslizándose bajo la tanga de Ana, encontrando la humedad que ya empapaba la tela. "Estás chorreando, mi reina", murmuró Daniela, metiendo un dedo despacio, probando el terreno. Ana jadeó; el dolor de la endometriosis acechaba, pero el placer lo empujaba atrás, como una marea alta borrando huellas en la arena.

Neta, esto es lo que necesitaba. No solo el cuerpo, el alma. Somos la tríada que vence todo.

Se acomodaron en un enredo de piernas y brazos, piel contra piel resbalosa por el aceite y el sudor. Carla se posicionó entre las piernas de Daniela, lamiendo su clítoris con devoción, el sonido húmedo y obsceno llenando la habitación junto a los jadeos. "¡Ay, sí, así, pendeja deliciosa!", gritó Daniela, clavando las uñas en las caderas de Carla. Ana observaba, tocándose a sí misma, el dedo circulando su entrada hinchada, sintiendo cómo el aroma almizclado de sus arousals se mezclaba con la lavanda.

La intensidad subió cuando Ana se unió, su lengua en el culo de Carla mientras Daniela la penetraba con dos dedos, curvándolos justo en ese punto que hacía explotar estrellas. Los cuerpos se movían en sincronía, como una danza prehispánica erótica: caderas ondulando, pechos rozándose, el slap de piel contra piel. El corazón de Ana latía desbocado, el sudor goteaba por su espalda, y el dolor —ese pinche dolor— se transformaba en éxtasis punzante. "¡Más, cabronas, no paren!", rogaba, la voz ronca de puro anhelo mexicano.

El clímax las golpeó como un temblor en la CDMX. Primero Daniela, convulsionando con un grito gutural, su panocha contrayéndose alrededor de la lengua de Carla. Luego Carla, montando la cara de Ana, ahogándola en jugos dulces mientras temblaba. Ana fue la última, el orgasmo arrancándole lágrimas, un alarido que salió del alma: "¡Chingado, sí!". Ondas de placer la recorrieron, disipando el malestar de la endometriosis como niebla al sol.

En el afterglow, se derrumbaron en un montón sudoroso y satisfecho. El cuarto olía a sexo y victoria, con el ventilador girando perezoso arriba. Carla acariciaba el cabello de Ana, Daniela besaba su hombro. "La tríada endometriosis gana otra vez", dijo Ana, riendo bajito. Se sentían empoderadas, completas, como diosas aztecas reclamando su placer.

Mañana el dolor volverá, pero hoy, con ellas, soy invencible. Neta, qué chingón es esto.

Se quedaron así hasta el atardecer, susurros y caricias sellando el pacto. En México, donde la vida aprieta, ellas sabían soltar en lo que importaba: el cuerpo, el deseo, la unión. La tríada perduraba, más fuerte que nunca.

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