Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Pero Intento Resistir Pero Intento Resistir

Pero Intento Resistir

7130 palabras

Pero Intento Resistir

La noche en el rooftop de Polanco estaba viva, con el pulso de la ciudad latiendo debajo como un corazón acelerado. Las luces de los edificios titilaban como estrellas caídas, y el aire traía ese olor a mezcal ahumado mezclado con el perfume dulce de las flores de bugambilia que adornaban las barandas. Yo, Laura, con mi vestido negro ajustado que se pegaba a mis curvas como una segunda piel, tomé un sorbo de mi margarita helada. El limón fresco me picó la lengua, y el tequila me calentó el pecho. Ahí estaba él, Diego, mi carnal de toda la vida, riendo con los güeyes del grupo, su camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver ese pecho moreno y marcado que siempre me había hecho tragar saliva.

Neta, Laura, contrólate, me dije, sintiendo cómo mis pezones se endurecían contra la tela delgada del bra. Habíamos crecido juntos en la colonia Roma, compartiendo tacos al pastor en la esquina y confidencias hasta el amanecer. Pero últimamente, cada mirada suya me encendía por dentro, como si su voz grave, con ese acento chilango puro, me rozara la piel. Pero intento no pensar en cómo se sentiría su boca en mi cuello, sus manos grandes explorando mis muslos. Él era mi amigo, mi confidente. Nada más.

La música reggaetón retumbaba, haciendo vibrar el piso bajo mis tacones. "¡Ven a bailar, Lau!", gritó Diego, extendiendo la mano. Su palma cálida envolvió la mía, y el contacto fue como una chispa eléctrica que me subió por el brazo directo al ombligo. Lo seguí, el ritmo nos pegó cuerpo a cuerpo. Sentí su cadera contra la mía, dura, insistente. Olía a su colonia cítrica mezclada con sudor fresco, ese aroma macho que me hacía apretar las piernas. Nuestras risas se mezclaban con el beat, pero mis ojos se clavaban en sus labios carnosos, imaginando su sabor salado.

But I try... resistir este pinche fuego que me quema por dentro.
La frase en inglés se me coló en la cabeza, como un eco de esa rola gringa que escuchaba cuando quería calmarme. Pero su aliento caliente en mi oreja lo hizo todo peor. "Estás cañona esta noche, ¿eh?", murmuró, su voz ronca rozándome el lóbulo. Mi cuerpo respondió antes que mi cerebro, arqueándome contra él. ¡No, pendeja! Es Diego, tu compa. Pero mis manos traicioneras subieron por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa.

El baile se volvió lento, íntimo, como si el mundo se redujera a nosotros dos en esa terraza llena de gente. Sus dedos bajaron por mi espinazo, deteniéndose en la curva de mis nalgas, apretando suave. Un gemido se me escapó, ahogado en su hombro. "Diego...", susurré, mi voz temblorosa. Él se apartó un poco, sus ojos oscuros clavados en los míos, brillantes de deseo. "¿Quieres que pare?", preguntó, su pulgar acariciando mi mejilla. Negué con la cabeza, el corazón martillándome el pecho. "No pares. Neta, no pares".

Nos escabullimos del grupo, sus manos en mi cintura guiándome por las escaleras hasta su depa en el piso de abajo. La puerta se cerró con un clic, y el silencio nos envolvió, roto solo por nuestras respiraciones agitadas. Me empujó contra la pared, su boca capturando la mía en un beso hambriento. Sabía a tequila y a menta, su lengua invadió mi boca con urgencia, chupando, mordiendo mis labios hasta que gimí alto. Sus manos subieron mi vestido, rozando mis muslos suaves, y yo le arranqué la camisa, clavando uñas en su piel caliente.

"Te he querido tanto tiempo, Lau", gruñó contra mi cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba mi clavícula. Sentí su verga dura presionando mi vientre a través del pantalón, gruesa, palpitante. Pero intento no caer del todo, pensé fugazmente, pero mi cuerpo ya era suyo. Le desabroché el cinturón con dedos temblorosos, liberando su miembro erecto. Era grande, venoso, la cabeza brillante de precum. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo sobre acero. Él jadeó, empujando en mi puño. "¡Carajo, qué rica mano tienes!".

Me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome a la cama king size con sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. El colchón se hundió bajo nosotros, y él se arrodilló entre mis piernas abiertas, bajando mi tanga empapada. El aire fresco rozó mi panocha hinchada, chorreando jugos. "Mírate, tan mojada por mí", dijo, inhalando profundo mi aroma almizclado de excitación. Su lengua plana lamió mi clítoris hinchado, chupando suave al principio, luego con hambre voraz. Gemí fuerte, mis caderas buckeando contra su cara barbuda, el roce áspero enviando ondas de placer por mi espina. Saboreó mis labios vaginales, metiendo dos dedos gruesos dentro, curvándolos contra mi punto G. "¡Sí, Diego, así! ¡No pares, pendejo!".

El orgasmo me golpeó como un tren, mi coño contrayéndose alrededor de sus dedos, chorros calientes salpicando su barbilla. Grité su nombre, el cuerpo convulsionando, estrellas explotando detrás de mis párpados. Él no paró, lamiendo cada gota hasta que quedé temblando, sensible. "Ahora te voy a coger como te mereces", prometió, posicionando su verga en mi entrada resbaladiza. Empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena rozando mis paredes internas, llenándome hasta el fondo. "¡Estás tan apretada, Lau! Tan chingona".

Empezó a bombear, primero lento, profundo, sus pelotas chocando contra mi culo con palmadas húmedas. El sonido obsceno llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de la cama. Agarré sus nalgas firmes, clavando uñas, urgiéndolo más rápido. Sudor corría por su pecho, goteando sobre mis tetas. Me incorporé, chupando sus pezones salados, mordiendo suave mientras él gruñía. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como una amazona. Sus manos amasaban mis tetas rebotantes, pellizcando pezones duros. Rebotaba en su polla, mi clítoris frotando su pubis, el placer acumulándose de nuevo.

But I try... pero ya no quiero resistir más. Esto es perfecto.
Pensé, mientras él se sentaba, envolviéndome en sus brazos fuertes. Nuestros cuerpos se mecían juntos, piel contra piel resbalosa, olores de sexo impregnando el aire. "Te amo, Laura", confesó entre besos, y algo se rompió en mí, emocional y físico. El clímax nos alcanzó juntos: su verga hinchándose, eyaculando chorros calientes dentro de mí, mi coño ordeñándolo mientras ondas de éxtasis me sacudían. Grité, colapsando sobre él, nuestros corazones galopando al unísono.

Quedamos tendidos, enredados en sábanas revueltas, su mano acariciando mi cabello húmedo. El aroma de nuestro amor llenaba la habitación, dulce y pecaminoso. "Desde chavos te veía así, pero intentaba no decir nada", admitió, besando mi frente. Reí bajito, trazando círculos en su pecho. "Yo igual, güey. Pero ya valió". Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero nosotros habíamos encontrado el nuestro. En ese afterglow, con su calor envolviéndome, supe que esto era el comienzo, no el fin. El deseo latente se había liberado, y nada volvería a ser igual.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.