Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Apellidos con Tra Tre Tri Tro Tru Ardientes Apellidos con Tra Tre Tri Tro Tru Ardientes

Apellidos con Tra Tre Tri Tro Tru Ardientes

6521 palabras

Apellidos con Tra Tre Tri Tro Tru Ardientes

La fiesta en la casa de mi carnal en Polanco estaba a todo dar. El aire olía a tacos de suadero chamuscados en la parrilla, mezclado con el dulzor del mezcal que corría como agua. La música norteña retumbaba, haciendo vibrar el piso de losa roja, y cuerpos sudorosos se movían al ritmo, rozándose sin querer. Yo, Valeria Trejo, con mi vestido negro ceñido que marcaba mis curvas, sentía el calor subiendo por mi piel morena, no solo por el bochorno de la noche mexicana.

¿Por qué carajos vine si sabía que iba a terminar caliente y sola? pensé, mientras tomaba un sorbo de mi chela helada, el líquido bajando fresco por mi garganta reseca. Entonces lo vi. Alto, con barba recortada, ojos cafés intensos y una sonrisa pícara que prometía problemas. Se acercó con un trago en la mano, su camisa blanca abierta un botón de más, dejando ver un pecho firme.

Órale, güey, ¿tú de dónde sales? —le dije, juguetona, porque en México, el flirteo empieza con un buen pinche comentario.

—Soy Marco Trujillo —se presentó, su voz grave como un ronroneo—. ¿Y tú, preciosa?

—Valeria Trejo. Truillo, Trejo... qué chingón, casi rimamos.

Nos reímos, y de ahí arrancó la plática. Hablamos de todo: del tráfico en Insurgentes, de lo pendejo que es el jefe, y de repente, él sacó un juego. —Mira, en mi familia siempre jugamos a los apellidos con tra tre tri tro tru. Es como un trabalenguas cabrón. Tra-mpe, Tre-viño, Tri-ni-dad, Tro-var, Tru-jillo. ¡Dilo rápido!

Lo intenté, tropezándome con las erres, y él se burló, acercándose tanto que sentí su aliento a tequila en mi cuello. —No mames, no me sale. Enséñame bien, Trujillo.

Sus ojos se clavaron en mis labios, y el aire entre nosotros se cargó de electricidad.

Este pendejo me va a calentar toda la noche
, pensé, mientras mi pulso se aceleraba, latiendo en mis sienes como tambores.

La tensión creció lento, como el hervor de un mole. Bailamos pegaditos, su mano en mi cintura baja, dedos fuertes presionando mi cadera. Sentí su calor a través de la tela fina, su erección rozándome sutil al girar. Olía a hombre: jabón, sudor limpio y un toque de colonia cítrica. Yo me mojé despacio, el calor entre mis piernas humedeciendo mis panties de encaje.

—Vamos por aire —murmuró al oído, su aliento erizándome la piel. Asentí, y nos escabullimos por el pasillo oscuro hacia la recámara de huéspedes. La puerta se cerró con un clic suave, aislando el ruido de la fiesta. Solo quedamos nosotros, jadeos y el zumbido de un ventilador viejo.

Me empujó contra la pared con gentileza, sus labios capturando los míos en un beso hambriento. Sabía a sal y mezcal, su lengua explorando mi boca con urgencia. Gemí bajito, mis manos enredándose en su cabello negro, tirando suave. —Qué rico besas, Trujillo —susurré, mordiéndole el labio inferior.

—Y tú, Trejo, con esa boquita... —Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas, levantándome contra él. Sentí su verga dura presionando mi monte, palpitante, lista. Le arranqué la camisa, mis uñas rozando su pecho velludo, oliendo su piel salada. Él desabrochó mi vestido, dejándolo caer al piso con un susurro de tela.

Quedé en bra y tanga, mis tetas grandes subiendo y bajando con cada respiro agitado. Me miró como si fuera un manjar, ojos oscuros de deseo puro. —Eres chingona, Valeria. Ven pa'cá.

Caímos en la cama king size, sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Sus besos bajaron por mi cuello, lamiendo el sudor que perlaba mi clavícula, hasta mis pezones duros como piedras. Los chupó con avidez, succionando fuerte, enviando chispas directo a mi clítoris hinchado. ¡Pinche madre, qué bueno! grité en mi mente, arqueándome, mis caderas buscando fricción.

Le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, goteando precum. La tomé en mi mano, piel suave sobre acero, palpitando al ritmo de su corazón. La masturbe lento, sintiendo cada vena, el calor irradiando. Él gruñó, un sonido animal que me empapó más. —Métetela, Marco, le rogué, abriendo las piernas, mi concha depilada brillando de jugos.

Pero él era juguetón. Bajó su boca, lamiendo mi interior con lengua experta. Saboreó mis labios mayores, chupando mi clítoris como un dulce, introduciendo dos dedos gruesos que curvó justo en mi punto G. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis gemidos ahogados contra la almohada. Olía a sexo puro, almizcle y deseo. Mis muslos temblaban, apretándolo contra mí, hasta que exploté en un orgasmo que me dejó viendo estrellas, chorros calientes mojando su barbilla.

—Ahora sí —jadeó él, posicionándose. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Qué llenita me deja este cabrón! Su grosor rozaba cada pared, llenándome hasta el fondo. Empezó a bombear, lento al principio, saliendo casi todo para volver a hundirse. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, me volvía loca.

Aceleró, mis uñas clavándose en su espalda, dejando marcas rojas. Sudábamos como puercos, cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí. —¡Más fuerte, pendejo! —le grité, y él obedeció, follando con potencia, su verga hinchándose más. Yo contraía mi concha alrededor de él, ordeñándolo, sintiendo cada embestida en mi útero.

La habitación apestaba a sexo: semen, sudor, mi esencia dulce. Sus gruñidos roncos, mis alaridos ahogados. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como amazona, tetas rebotando, mis caderas girando en círculos. Él pellizcaba mis pezones, mirándome con adoración. —Eres mi reina, Trejo.

El clímax nos golpeó juntos. Él se tensó, verga palpitando, llenándome de chorros calientes que desbordaron, goteando por mis muslos. Yo colapsé sobre él, ondas de placer sacudiéndome, visión borrosa, corazón tronando.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones calmándose. Su mano acariciaba mi cabello húmedo, besos suaves en mi frente. —Apellidos con tra tre tri tro tru... quién iba a pensar que un jueguito nos traería aquí —rió bajito.

Chingón juego, respondí, sonriendo contra su pecho. El ventilador zumbaba, trayendo aire fresco a nuestra piel pegajosa. Afuera, la fiesta seguía, pero nosotros en nuestro mundo, satisfechos, conectados. Mañana quién sabe, pero esa noche, Trujillo y Trejo ardimos como nadie.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.