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Pasión con the Kingston Trio

7069 palabras

Pasión con the Kingston Trio

El sol de Puerto Vallarta se había hundido en el Pacífico dejando un cielo púrpura que se reflejaba en las olas rompiendo suaves contra la playa. Tú caminabas por la arena tibia, el vestido ligero pegándose a tu piel por la brisa salada, sintiendo ese cosquilleo familiar de anticipación en el estómago. Habías llegado hace dos días de la Ciudad de México, huyendo del jale diario, buscando algo que te hiciera latir el corazón como cuando eras morra y todo era posible. El bar playero al final de la zona hotelera te llamó con sus luces de neón y el rumor de risas y música en vivo.

Entraste y el aire olía a coco quemado de las fogatas cercanas, mezclado con cerveza fría y sudor fresco. Te sentaste en la barra, pediste un michelada bien helada, el limón picándote la lengua al primer sorbo. La banda anterior bajaba del escenario entre aplausos tibios, pero de pronto las luces bajaron y un tipo con guitarra anunció: "the Kingston Trio está aquí para prenderles la noche, carnales".

Subieron ellos tres: el líder con pelo largo y ondulado, ojos verdes que brillaban como el mar al mediodía; el del bajo, moreno y musculoso, con una sonrisa pícara que prometía travesuras; y el baterista, flaco pero fibroso, con tatuajes que asomaban por las mangas arremangadas. Tocaban folk gringo pero con un twist mexicano, ranchero-sensual, las voces graves entonando "Tom Dooley" con un ritmo que te hacía mover las caderas sin querer. Sentiste el bajo vibrando en tu pecho, el sudor perlando sus frentes bajo las luces calientes, y un calor subiendo por tus muslos.

¿Qué pedo? Estos vatos me traen loca nomás viéndolos, neta que sí.

Terminaron el set con una versión ardiente de "M.T.A.", el público enloquecido. Tú aplaudías fuerte, el corazón latiéndote en la garganta. Ellos bajaron, sudados y sonrientes, directo a la barra. El líder, que se presentó como Alex, te miró fijo. "¿Te gustó, preciosa?" Su voz era ronca, como si hubiera fumado algo chido después del show. Le sonreíste, juguetona: "Neta que sí, me pusieron la piel chinita". Los otros dos, Mike el bajista y Jamie el batero, se unieron, pidiendo rondas de tequilas. Charlaron contigo toda la noche, riendo de chistes pendejos, rozando accidentalmente sus brazos contra el tuyo. El toque de Mike era firme, cálido; Jamie olía a sal y colonia barata pero excitante; Alex te susurraba al oído sobre sus giras por la costa, su aliento caliente en tu cuello.

La tensión crecía con cada shot. Sentías sus miradas devorándote, y tú las devolvías con fuego. "¿Vienes a nuestra tocada privada?" bromeó Jamie, pero sus ojos decían otra cosa. Reíste, el tequila soltándote la lengua: "Si es privada de verdad, me late". Salieron del bar contigo, caminando por la playa bajo la luna llena. La arena se metía entre tus sandalias, el viento lamiendo tu piel expuesta. Llegaron a tu suite en el resort, lujosa con balcón al mar. Cerraste la puerta y ya estaba: Alex te jaló suave por la cintura, sus labios encontrando los tuyos en un beso salado y hambriento.

Acto dos: la escalada. Sus bocas eran urgentes pero pacientes, explorando. Mike te besaba el cuello, mordisqueando suave, enviando chispas por tu espina. Jamie desataba tu vestido, dejando que cayera al piso con un susurro de tela. Estabas en lencería negra, el encaje contrastando con tu piel morena. "Estás chingona, güey", murmuró Alex, sus manos grandes cubriendo tus senos, pulgares rozando los pezones hasta endurecerlos como piedras. Gemiste bajito, el sonido ahogado por el oleaje afuera.

Te llevaron a la cama king size, las sábanas frescas contra tu espalda ardiente. Alex se arrodilló entre tus piernas, besando el interior de tus muslos, su barba raspando delicioso. Olías su aroma masculino mezclado con el tuyo, ese musk de deseo que llenaba la habitación. Mike y Jamie se desnudaron, sus vergas ya duras saltando libres: gruesas, venosas, palpitantes. Las miraste con hambre, lamiéndote los labios. "¿Quieres probar?" preguntó Mike, voz grave. Asentiste, jalándolo cerca. Tu boca lo envolvió, saboreando la sal de su piel, la textura sedosa sobre la rigidez. Chupabas lento, lengua girando la cabeza, mientras Jamie mamaba tus tetas, succionando fuerte hasta que arqueabas la espalda.

Alex no se quedó atrás: separó tus labios con dedos hábiles, encontrando tu clítoris hinchado. "Estás empapada, mi reina", gruñó, metiendo dos dedos que curvaba justo ahí, frotando ese punto que te hacía jadear alrededor de la verga de Mike. El placer subía en olas, tu concha contrayéndose, jugos chorreando por sus nudillos. Cambiaron posiciones fluidas, como si hubieran ensayado: Jamie ahora en tu boca, su pinga más larga llegando al fondo de tu garganta; Mike lamiéndote el chocho con lengua experta, saboreando cada gota; Alex besándote profundo, compartiendo el sabor de tequila y ti.

Neta que esto es un sueño, tres vatos perfectos volviéndome loca. Mi cuerpo arde, quiero más, todo.

La intensidad crecía: sudor goteando de sus pechos al tuyo, pieles chocando con palmadas húmedas, gemidos mezclándose con el rugido del mar. Te pusieron de rodillas, Alex detrás embistiéndote lento al principio, su verga gruesa estirándote delicioso, llenándote hasta el fondo. Cada estocada mandaba ondas de placer por tu vientre. Mike y Jamie delante, turnándote sus vergas para mamar, bolas pesadas rozando tu mentón. Aceleraron, el cuarto llenándose de olores a sexo crudo: semen próximo, concha mojada, piel salada. Tus uñas clavadas en las sábanas, gritabas "¡Chínguenme más duro, cabrones!", y ellos obedecían, follándote como diosas merecen.

El clímax te golpeó primero: una explosión desde el clítoris irradiando, piernas temblando, chorros calientes salpicando las sábanas. Alex gruñó profundo, llenándote con chorros calientes que sentiste pulsar dentro. Mike y Jamie eyacularon después, semen espeso pintando tu cara y tetas, cálido y pegajoso, mientras lamías lo que podías con lengua ansiosa.

Acto tres: el afterglow. Colapsaron contigo en la cama, cuerpos enredados, respiraciones jadeantes calmándose. El aire olía a orgasmo compartido, dulce y almizclado. Alex te acariciaba el pelo, Mike trazaba círculos en tu vientre, Jamie besaba tu hombro. "Eres increíble, carnala", susurró Alex. Reíste suave, el cuerpo lánguido y satisfecho, músculos zumbando placenteros.

Se quedaron hasta el amanecer, tocando suave guitarra folk de the Kingston Trio, versiones acústicas que te arrullaban. Miraste el mar tiñéndose de rosa, sintiendo una paz profunda, empoderada. No era solo sexo; era conexión, deseo mutuo que te hacía sentir viva, reina de tu propia noche. Cuando se fueron con promesas de más tocadas, supiste que Puerto Vallarta guardaría este secreto ardiente para siempre.

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