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Lo Intenté Con Él

6331 palabras

Lo Intenté Con Él

Estábamos en la playa de Puerto Vallarta, el sol pegando fuerte en nuestra piel morena, el mar rugiendo bajito como si nos estuviera susurrando secretos. Yo, Ana, con mi bikini rojo que apenas contenía mis curvas, y él, mi carnal Rodrigo, ese wey alto, musculoso, con esa sonrisa pícara que me derretía cada vez que me veía. Llevábamos tres años juntos, pero últimamente sentía que necesitábamos algo nuevo, algo que nos sacara de la rutina. Yo lo intenté esa tarde, cuando el sol empezaba a bajar y la arena aún quemaba los pies.

Nos recostamos en la cabaña que rentamos, con vistas al Pacífico. El aire olía a sal y coco, mezclado con el sudor fresco de nuestros cuerpos después de nadar. Rodrigo me jaló hacia él, sus manos grandes recorriendo mi espalda, bajando hasta mis nalgas. "Mamacita, estás prieta hoy", me dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. Yo reí, pero adentro sentía un cosquilleo en el estómago. Quería probarlo, neta. Siempre había sido curiosa con eso del culo, pero nunca me había animado. Hoy era el día.

—Oye, carnal, ¿y si intentamos algo diferente? —le solté, mientras le mordía el lóbulo de la oreja, saboreando su piel salada.

Él se tensó un segundo, sus ojos brillando con sorpresa y deseo. "¿Qué traes en mente, rey na?" Sus dedos se clavaron en mis caderas, y yo sentí su verga endureciéndose contra mi muslo. Le expliqué, bajito, con la voz temblando de nervios y emoción. Él sonrió, ese güey siempre dispuesto a complacerme. "Si tú quieres, yo te doy todo lo que pides, mi vida".

¿Y si duele? ¿Y si no me gusta? Pero carajo, quiero sentirlo, quiero que me llene por completo.

El atardecer pintaba el cielo de naranja y rosa, filtrándose por las cortinas de bambú. Empezamos lento, como siempre. Me quitó el bikini con delicadeza, besando cada centímetro de mi piel expuesta. Sus labios eran calientes, húmedos, dejando un rastro de saliva que se enfriaba al aire. Yo gemí cuando lamió mis pezones, endureciéndolos como piedritas. El olor de mi propia excitación empezaba a llenar la habitación, dulce y almizclado, mezclándose con su colonia varonil.

Me volteó boca abajo en la cama king size, las sábanas frescas contra mi pecho. Sus manos masajearon mis nalgas, separándolas con ternura. Sentí su aliento caliente en mi entrepierna, y luego su lengua... ay, Dios, su lengua explorando mi ano por primera vez. Era suave, circular, húmeda, enviando chispas de placer que me hicieron arquear la espalda. "¿Te gusta, chula?" murmuró, y yo solo pude jadear un sí ahogado. El sonido de las olas rompiendo afuera se mezclaba con mis gemidos, creando una sinfonía privada.

Me empapé con mi propia saliva, nerviosa pero ansiosa. Él se untó lubricante, ese gel frío que contrastaba con el calor de su verga palpitante. La frotó contra mi entrada trasera, despacio, dejando que me acostumbrara. Mi corazón latía como tambor en un carnaval, el pulso retumbando en mis oídos. "Rodrigo, ve despacio, wey", le pedí, y él obedeció, siempre mi caballero andante.

La punta entró, un estiramiento ardiente que me hizo apretar los dientes. Dolía un poquito, pero era un dolor dulce, prometedor. Respiré hondo, oliendo el mar y nuestro sudor mezclado. Poco a poco, se hundió más, centímetro a centímetro, hasta que lo sentí todo dentro de mí. Completo. Lleno. "¡Carajo, qué rico!" grité, y él se quedó quieto, dejando que mi cuerpo se ajustara. Sus bolas peludas rozaban mi panocha, y yo empecé a mover las caderas, probando el ritmo.

Neta, nunca imaginé que sería así. Me siento poderosa, dueña de mi placer. Él es mío, y yo soy suya.

Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida enviando ondas de placer desde mi culo hasta mi clítoris. El slap-slap de su piel contra la mía resonaba, húmedo y obsceno. Sudábamos como locos, gotas resbalando por su pecho tatuado hasta caer en mi espalda. Yo metí una mano entre mis piernas, frotando mi clítoris hinchado, sintiendo cómo mi jugo chorreaba. "¡Más fuerte, pendejo!", le exigí juguetona, y él aceleró, gruñendo como animal en celo. El olor a sexo crudo nos envolvía, intenso, adictivo.

Me volteó de lado, levantando una pierna para penetrarme más profundo. Ahora podía ver su cara, contorsionada de placer, esos ojos cafés clavados en los míos. Besos salvajes, lenguas enredadas, sabor a sal y deseo. Mi ano se contraía alrededor de su verga gruesa, ordeñándola, y él jadeaba: "Ay, mi reina, me vas a hacer venir". Yo sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre. Tocábamos todo: sus manos en mis tetas, mis uñas en su espalda, dejando marcas rojas.

La tensión crecía, mis músculos temblando, el aire espeso con nuestros alaridos. Él frotaba mi clítoris mientras me cogía el culo, y de repente... exploté. Un orgasmo brutal, cegador, que me hizo ver estrellas. Mi cuerpo convulsionó, apretándolo tan fuerte que él no aguantó. "¡Me vengo, cariño!", rugió, y sentí su leche caliente llenándome, chorro tras chorro, resbalando tibia por mis muslos.

Colapsamos juntos, jadeantes, pegajosos. El sol ya se había escondido, dejando la habitación en penumbras suaves. Él me besó la nuca, suave, protector. "Fue increíble, ¿verdad?", susurró. Yo asentí, exhausta pero feliz. Lo intenté, y valió cada segundo de duda.

Nos duchamos después, el agua caliente lavando el sudor y los fluidos, pero no el recuerdo. Sus manos jabonosas en mi piel sensible, risas compartidas. Cenamos tacos de mariscos en la terraza, el viento nocturno refrescando nuestras caras sonrojadas. Hablamos de todo y nada, pero en el fondo, sabíamos que esto nos había unido más.

Quién iba a decir que probar lo prohibido me haría sentir tan libre. Mañana, ¿quién sabe qué más intentaremos?

En la cama, acurrucados bajo las sábanas limpias, su verga semi-dura contra mi culo aún sensible, me dormí pensando en lo empoderada que me sentía. Rodrigo era mi todo, y juntos, no había límites. El mar cantaba su nana eterna, y yo sonreí en la oscuridad, satisfecha hasta los huesos.

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