Try en Pasado Continuo
Era una tarde calurosa en mi departamento de la Condesa, con el sol colándose por las cortinas entreabiertas y el aroma a café recién molido flotando en el aire. Yo, Ana, maestra de inglés con curvas que volvían locos a mis alumnos, estaba preparando la clase para Marco, ese moreno alto y musculoso que había contratado clases particulares. Chingón, pensé mientras acomodaba los libros en la mesa de centro. Llevábamos semanas con lecciones intensas, pero hoy el ambiente se sentía diferente, cargado de algo eléctrico, como el zumbido de la ciudad allá abajo.
El timbre sonó y ahí estaba él, con su playera ajustada marcando el pecho y una sonrisa pícara que me hacía mojarme sin querer. “Qué onda, profe”, dijo con esa voz grave que me erizaba la piel. Lo invité a pasar, notando cómo sus ojos se clavaban en mis shorts cortitos y la blusa escotada. Nos sentamos en el sofá, tan cerca que sentía el calor de su muslo rozando el mío. Olía a colonia fresca mezclada con sudor masculino, un olor que me ponía calientita.
“Hoy vamos con el pasado continuo, güey”, le dije, abriendo el cuaderno. “Es para acciones que estaban pasando en el pasado. Mira, el verbo ‘try’, que significa intentar. En pasado continuo es ‘was/were trying’. Como ‘I was trying to kiss her’”. Mi voz salió ronca, y mientras lo decía, mi mente voló: yo estaba trying to resistir la tentación de besarte ahora mismo. Él se acercó más, su rodilla presionando la mía. “¿Ejemplo, profe? Enséñame”, murmuró, y su aliento cálido me rozó el cuello.
El corazón me latía a mil, como tambores en una fiesta de pueblo. Empecé a explicarle con frases sucias en mi cabeza: Él estaba trying to touch my boobs. “Prueba tú”, le pedí, pasándole el lápiz. Sus dedos rozaron los míos, un toque que envió chispas por mi espina. “I was trying... to seduce you”, soltó de repente, mirándome fijo a los ojos. ¡Ay, cabrón! Sentí un pulso entre las piernas, mi panocha ya húmeda, palpitando.
¿Qué chingados estoy haciendo? Esto es una clase, no un polvo... pero pinche Marco me trae con las hormonas alborotadas.
La tensión crecía como el calor de la tarde. Le corregí la pronunciación, inclinándome para que viera mi escote, mis tetas subiendo y bajando con la respiración agitada. Él tragó saliva, audible en el silencio roto solo por el tráfico lejano. “Bien, pero practiquemos más. ‘We were trying to fuck all night’”, dije bajito, probándolo. Sus ojos se oscurecieron, y de pronto su mano grande se posó en mi muslo, subiendo despacio. “¿Era eso pasado continuo, Ana?”, preguntó con voz temblorosa de deseo.
No pude más. Lo jalé por la nuca y lo besé, un beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a menta y café. Sus labios eran suaves pero firmes, mordisqueando los míos mientras gemía bajito. “Estás trying en pasado continuo a volverme loca”, le susurré entre besos. Se rio, un sonido ronco que vibró en mi pecho. Sus manos exploraban, subiendo por mi blusa, tocando mi piel ardiente, pezones endureciéndose bajo sus palmas callosas.
Nos levantamos tropezando, quitándonos ropa como poseídos. Su playera voló, revelando abdomen marcado, vello oscuro bajando a unos bóxers abultados. Olía a hombre puro, sudor salado que lamí en su cuello mientras él me bajaba los shorts, dedos hundiéndose en mis nalgas. “Qué rica estás, profe”, gruñó, y yo respondí arqueándome contra su verga dura, sintiendo su longitud presionarme el vientre.
En el sofá, él encima, besos bajando por mi cuello, chupando tetas con lengua experta. Cada lamida era fuego, pezones hinchados enviando descargas a mi clítoris. Gemí fuerte, “¡Más, pendejo, trying no pares!”. Sus dedos bajaron, rozando mi humedad, metiéndose despacio en mi calentura. Estaba empapada, jugos chorreando por sus nudillos mientras me follaba con ellos, curva adentro tocando ese punto que me hacía ver estrellas. Sonidos húmedos llenaban la habitación, mezclados con mis jadeos y su respiración pesada.
Esto es el cielo, cabrón. Estaba trying resistir, pero ya valió, pensé mientras lo empujaba al piso, montándolo. Su verga gruesa entró en mí de un jalón, estirándome delicioso. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena pulsando dentro, mi clítoris frotándose en su pubis. Sudor nos cubría, piel resbalosa chocando con palmadas rítmicas. “¡Qué chingón!”, gritó él, manos en mis caderas guiándome más rápido.
La intensidad subía, como una tormenta en el DF. Cambiamos: él de rodillas, yo a cuatro, penetrándome profundo, bolas golpeando mi trasero. Cada embestida era un trueno, placer acumulándose en espiral. Olía a sexo puro, almizcle y fluidos mezclados. “I was trying... to make you come”, jadeó en mi oído, y aceleró, dedo en mi ano juguetón, mandándome al borde.
El clímax llegó como avalancha. Grité su nombre, paredes contrayéndose alrededor de su verga, chorros calientes mojándonos. Él se corrió segundos después, llenándome con leche espesa, gruñendo como animal. Colapsamos, cuerpos temblando, piel pegajosa, corazones galopando al unísono.
Después, recostados en el suelo con el ventilador zumbando, fumamos un cigarro –el post-sexo perfecto– compartiendo risas. “La mejor lección de try en pasado continuo”, dijo él, acariciándome el pelo. Yo sonreí, saboreando el regusto salado en sus labios. Estábamos trying algo nuevo, y valió cada segundo.
El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja, y supe que esto era solo el principio. Marco se vistió despacio, prometiendo volver por “más práctica”. Cuando cerró la puerta, me quedé ahí, piernas flojas, panocha adolorida pero feliz, oliendo aún a nosotros. Chido, pensé. La vida en México es así: lecciones que terminan en éxtasis.