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Trío Esposa y Amiga Ardiente

7570 palabras

Trío Esposa y Amiga Ardiente

Era una noche de viernes en nuestro departamento en Polanco, con las luces tenues del skyline de la Ciudad de México parpadeando por la ventana. Yo, Marco, acababa de llegar del trabajo, todavía con el olor a café y estrés del día pegado a la camisa. Mi esposa Ana, esa morena preciosa con curvas que me volvían loco desde el día uno, estaba en la cocina preparando unos tacos de arrachera que olían a gloria, con ese aroma ahumado del comal que me hacía la boca agua.

—Wey, llegaste justo a tiempo —dijo Ana con esa voz juguetona, moviendo las caderas mientras volteaba la carne—. Hoy viene Laura, mi compa de la uni. Vamos a ponernos bien locas.

Laura, su amiga de toda la vida, la güera alta con ojos verdes que siempre me guiñaba el ojo cuando nos veíamos. Neta, desde la primera vez que la conocí en una peda en Condesa, sentí esa chispa. Pero nunca pasé de ahí, por respeto a Ana. O eso me decía yo. Esa noche, mientras ponía la mesa con chelas frías y una botella de tequila reposado, empecé a imaginar cosas.

¿Y si pasa algo? Un trío esposa y amiga... pinche fantasía que traigo guardada hace meses.
El corazón me latía fuerte, como tambor en una fiesta de pueblo.

Laura llegó puntual, con un vestido negro ajustado que marcaba sus tetas perfectas y un escote que dejaba poco a la imaginación. Su perfume, algo dulce como vainilla mezclada con jazmín, invadió la sala. Nos dimos un abrazo largo, su cuerpo suave rozando el mío, y sentí su calor a través de la tela. Ana nos miró con una sonrisa pícara, como si supiera exactamente qué pasaba por mi cabeza.

Comimos, reímos, platicamos de todo: del tráfico infernal de Reforma, de las chismes de la oficina, de cómo Ana y Laura se habían conocido en la facu besándose con un wey en una fiesta. El tequila fluía, las mejillas se sonrojaban, y el ambiente se cargaba de esa electricidad que precede a lo bueno. Ana se recargó en mi hombro, su mano acariciando mi muslo por debajo de la mesa, mientras Laura nos contaba anécdotas con esa risa ronca que me erizaba la piel.

Esto va para largo, cabrón, pensé, sintiendo mi verga endurecerse contra los jeans.

Después de la cena, pusimos música: cumbia rebajada que retumbaba suave en los parlantes. Ana jaló a Laura a bailar en la sala, sus cuerpos moviéndose al ritmo, caderas ondulando como olas en Acapulco. Yo me quedé sentado en el sofá, con una chela en la mano, hipnotizado por el espectáculo. El sudor empezaba a perlar sus cuellos, el olor a piel caliente y perfume mezclándose en el aire. Ana se acercó, me tomó de la mano y me levantó.

—Ven, amor, no te quedes ahí como pendejo. Baila con nosotras.

Me metí en el medio, un brazo alrededor de la cintura de Ana, el otro rozando la de Laura. Sus respiraciones se aceleraban con la música, pechos subiendo y bajando. De pronto, Ana giró y besó a Laura en la boca, un beso juguetón al principio, lenguas rozando apenas. Yo me quedé tieso, pero mi polla ya palpitaba dura como piedra. Laura respondió, profundizando el beso, y luego las dos me miraron, ojos brillantes de deseo.

¿Es esto real? Mi esposa y su amiga, listas para un trío esposa y amiga que me va a volar la cabeza.

El beso se rompió, y Ana me jaló del cuello de la camisa hacia sus labios. Saboreé el tequila en su lengua, dulce y ardiente, mientras Laura besaba mi cuello, sus dientes rozando la piel, enviando chispas por mi espina. Nos fuimos tropezando al sofá, ropa volando: mi camisa por los aires, el vestido de Laura deslizándose por sus hombros revelando unos senos firmes con pezones rosados ya duros. Ana se quitó la blusa, sus tetas morenas rebotando libres, y yo las devoré con la mirada, el olor a su excitación empezando a flotar, ese almizcle femenino que me enloquece.

Me recostaron entre las dos, Ana desabrochándome el cinturón con urgencia, Laura lamiendo mi pecho, su saliva tibia dejando rastros brillantes. —Mira qué rico está tu marido, Ana —susurró Laura, voz ronca—. Neta, siempre quise probarlo. Ana rio bajito, bajándome los pantalones y liberando mi verga tiesa, que saltó palpitante. Ambas jadearon, y Ana la tomó en la mano, masturbándome lento mientras Laura se arrodillaba para lamer la punta, su lengua caliente y húmeda girando alrededor del glande. El placer era eléctrico, venas hinchadas latiendo bajo su boca experta.

Yo gemí, manos enredadas en sus cabelleras: el pelo negro sedoso de Ana, el rubio suave de Laura. Pinche paraíso, wey. Esto es mejor que cualquier porno. Ana se subió a horcajadas sobre mi cara, su concha depilada chorreando jugos que olían a miel y deseo puro. La lamí con hambre, lengua hundiéndose en sus labios hinchados, saboreando su salado dulce mientras ella se mecía, gimiendo alto: ¡Ay, cabrón, qué chido! ¡No pares!

Laura montó mi verga despacio, centímetro a centímetro, su calor apretado envolviéndome como guante de terciopelo mojado. El sonido de su coño deslizándose era obsceno, chapoteante, mezclado con nuestros jadeos. Ana se inclinó para besar a Laura, tetas rozándose, pezones endurecidos frotándose. Yo las veía desde abajo, el sudor goteando de sus cuerpos al mío, pieles resbalosas uniéndose en un ritmo frenético.

Cambiaron posiciones: ahora Ana cabalgaba mi polla, rebotando con fuerza, sus nalgas chocando contra mis muslos con palmadas sonoras. Laura se sentó en mi cara, su culo perfecto abriéndose para mi lengua que exploraba su ano y concha alternadamente. —Sí, Marco, métemela toda, pendejito caliente —gruñó Laura, moliéndose contra mi boca. El sabor de sus jugos era adictivo, ácido y cremoso, mientras Ana apretaba mi verga con sus paredes internas, ordeñándome hacia el borde.

La tensión crecía como tormenta en el desierto: pulsos acelerados, respiraciones entrecortadas, el aire cargado de olor a sexo crudo, sudor y perfume derramado.

Ya no aguanto, pero quiero que dure. Este trío esposa y amiga es lo máximo.
Las hice correrse primero: Ana gritando mi nombre, su concha convulsionando, chorros calientes empapándome el pubis. Laura siguió, temblando sobre mi lengua, su clítoris hinchado pulsando.

Me voltearon, yo de rodillas detrás de Ana en cuatro, embistiéndola duro, verga saliendo y entrando con sonidos húmedos. Laura debajo, lamiendo donde nos uníamos, lengua rozando mis bolas y el ano de Ana. El placer era abrumador, oleadas subiendo desde la base de mi espina. —Córrete adentro, amor —suplicó Ana—. Lléname con tu leche.

No pude más. Exploto dentro de ella, chorros potentes llenándola, mi grito ronco uniéndose a sus gemidos. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, pechos agitados, besos lentos y tiernos. El afterglow era puro éxtasis: pieles pegajosas enfriándose, el olor a semen y jugos impregnando las sábanas que arrastramos del cuarto.

Ana se acurrucó en mi pecho, Laura en el otro lado, dedos trazando círculos perezosos en mi piel. —Eso fue épico, ¿verdad? —dijo Ana, besándome la mejilla. Laura asintió, ojos soñolientos: —Neta, el mejor trío esposa y amiga de mi vida. Repetimos cuando quieran, carnales.

Me quedé ahí, abrazándolas, el corazón calmándose, sabiendo que esta noche había cambiado todo para bien. El skyline seguía brillando afuera, pero adentro, nuestro mundo era perfecto, caliente y nuestro.

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