Triste Canción de Amor de El Tri en Cuerpos Entrelazados
La lluvia caía a cántaros sobre las calles de la Condesa, ese barrio chido de la Ciudad de México donde todo huele a jazmín mojado y a promesas de noches largas. Yo, Ana, acababa de llegar a mi depa después de un día de esas que te dejan el alma hecha trizas en la oficina. Ahí estaba él, mi carnal del alma, Javier, con su sonrisa pícara y esa playera vieja de El Tri que siempre usa cuando quiere ponerme de nervios. Neta, ese wey sabe cómo hacerme sentir viva con solo una mirada.
—Órale, güerita, ven pa'cá —me dijo mientras me jalaba de la cintura, su aliento tibio oliendo a tequila reposado y a ese cigarrito que se fumó en la azotea—. Puse música pa' ambientar.
El sonido rasposo de la guitarra de El Tri llenó la sala, y de pronto empezó Triste Canción de Amor de El Tri, esa rola que siempre me pone la piel chinita. Las notas tristes se colaban por las ventanas empañadas, hablando de amores perdidos, de besos que duelen y de cuerpos que se buscan en la oscuridad. Javier me abrazó por detrás, sus manos grandes y callosas rozando mi blusa de algodón, y sentí su pecho latiendo contra mi espalda como un tambor de mariachi enloquecido.
¿Por qué esta canción siempre me revuelve las tripas? Es como si El Tri supiera de mis anhelos más cabrones, de ese vacío que solo él llena con su calor.
Me giré despacio, mis labios rozando los suyos en un beso que sabía a sal y a deseo contenido. Sus ojos cafés, profundos como el tequila añejo, me devoraban. —Te extrañé todo el pinche día, Ana —murmuró, su voz ronca vibrando en mi cuello. El aroma de su piel, mezcla de jabón de lavanda y sudor fresco del gym, me mareaba. Mis dedos se enredaron en su cabello negro revuelto, tirando suave para acercarlo más.
La canción seguía sonando, triste canción de amor que ahora no sonaba tan triste, sino como un llamado a la carne. Javier me levantó en brazos como si no pesara nada, mis piernas envolviéndolo por instinto. Caminamos al sillón de piel suave, donde caímos riendo, mis nalgas sintiendo el roce fresco del cuero contra mis jeans ajustados. Sus manos expertas desabotonaron mi blusa, exponiendo mis tetas al aire húmedo de la noche. El pezón se endureció al instante bajo su mirada hambrienta.
—Eres mi reina, neta —dijo besando mi clavícula, su lengua trazando caminos de fuego que me hicieron arquear la espalda. Yo gemí bajito, el sonido ahogado por la guitarra eléctrica que rasgaba el aire. Mis uñas arañaron su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la playera. Lo jalé para quitársela, revelando ese torso moreno y marcado que tanto me enloquece, con ese tatuaje de la Virgen de Guadalupe que brilla bajo la luz tenue de la lámpara.
El beso se profundizó, lenguas danzando como en un tango prohibido, saboreando el dulzor de su boca y el leve picor del tequila. Mis manos bajaron a su cinturón, desabrochándolo con dedos temblorosos de anticipación. Él no se quedó atrás: sus dedos se colaron en mis jeans, rozando el encaje de mi tanga ya empapada. Chingado, cómo me tocaba, con esa presión justa que me hacía jadear.
La tensión crecía como la lluvia afuera, gota a gota hasta el diluvio. Javier me quitó los jeans despacio, besando cada centímetro de mis muslos, inhalando mi aroma almizclado de mujer excitada. Yo lo miré, viéndolo arrodillado ante mí como un pendejo rendido, y eso me empoderó. —Ven, cabrón, no me hagas esperar —le ordené, mi voz ronca de puro deseo.
Se levantó, pants abajo, su verga dura saltando libre, gruesa y venosa, palpitando al ritmo de la canción que ahora repetía en loop. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, la piel suave sobre el acero debajo. Él gruñó, un sonido animal que me erizó los vellos. Me recostó en el sillón, abriéndome las piernas con gentileza, sus ojos pidiendo permiso. Asentí, claro que sí, y él se hundió en mí lento, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo.
¡Madre santa! El estiramiento perfecto, su grosor rozando mis paredes internas, enviando chispas de placer por mi espina. Empezó a moverse, embestidas profundas y rítmicas como el bajo de El Tri, cada una sacándome gemidos que se mezclaban con la letra triste de la rola. Sudor perló su frente, goteando sobre mis tetas, y yo lo lamí, saboreando su sal marina. Mis caderas se alzaban a su encuentro, clavándome más en él, el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando como olas en Acapulco.
Esta no es una triste canción, es nuestra jodida sinfonía de amor, wey. Cada thrust me acerca al borde, mi clítoris hinchado rozando su pubis, building that fire que me quema viva.
La intensidad subió. Javier aceleró, sus manos apretando mis nalgas, levantándome para penetrar más hondo. Yo clavé mis talones en su culo firme, urgiéndolo. —Más fuerte, pendejo, dame todo —supliqué, y él obedeció, follando con pasión salvaje pero siempre atento a mis jadeos. El olor a sexo llenaba el aire, almizcle y fluidos mezclados con el jazmín de afuera. Mis pezones rozaban su pecho peludo, fricción deliciosa que me volvía loca.
Sentí el orgasmo venir, como un volcán del Popo a punto de estallar. Mis músculos se contrajeron alrededor de su verga, ordeñándolo, y grité su nombre mientras ondas de placer me sacudían, visión borrosa, pulsos retumbando en mis oídos. Él no paró, prolongando mi éxtasis con thrusts precisos, hasta que su propio clímax lo golpeó. —¡Ana, chingado! —rugió, llenándome con chorros calientes que se desbordaron, su cuerpo temblando sobre el mío.
Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose al ritmo de la lluvia que amainaba. La canción de El Tri se apagó, dejando solo el silencio cómplice y nuestros corazones latiendo en unisono. Javier me besó la frente, suave, protector. —Eres lo mejor que me ha pasado, güerita —susurró, su voz cargada de esa ternura que me derrite.
Yo sonreí, trazando círculos en su espalda con mis uñas. El afterglow nos envolvía como una cobija tibia, el aroma de nuestros jugos secándose en la piel. Afuera, la ciudad brillaba con luces neón, pero aquí adentro, en nuestro mundo, todo era perfecto. Esa triste canción de amor de El Tri había transformado la melancolía en fuego puro, recordándonos que el amor verdadero duele un poquito, pero goza como la chingada.
Nos levantamos despacio, riendo de lo pegajosos que estábamos, y nos metimos a la regadera. El agua caliente cascabeaba sobre nosotros, lavando el sudor pero no el recuerdo. Sus manos jabonosas en mi cuerpo, mis labios en su cuello... quién sabe, tal vez la noche aún guardaba más sorpresas. Pero por ahora, con él a mi lado, la vida era chida, neta.