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Bedoyecta Tri Reacciones Secundarias que Encienden el Fuego

6910 palabras

Bedoyecta Tri Reacciones Secundarias que Encienden el Fuego

Estaba hasta la madre de tanto estrés en el jale. Yo, Ana, una morra de veintiocho pirulos trabajando en una agencia de publicidad en el DF, sentía que mi cuerpo pedía tregua. Cada mañana me levantaba como zombi, con los ojos hinchados y las pilas al cien descargadas. Una carnala del gym me juró que la Bedoyecta Tri era el remedio chido: una inyección de vitaminas B que te ponía las pilas como nueva. "Neta, te deja como león", me dijo con guiño pícaro. Así que esa tarde, después de una junta eterna, me planté en una clínica estética en Polanco, de esas fancy donde todo huele a limpio y dinero.

El lugar era un sueño: luces suaves, música lounge bajita y un recepcionista que parecía modelo. Pedí mi dosis y me mandaron a una salita privada. Ahí entró él: Javier, el enfermero. Alto, moreno, con brazos tatuados que se marcaban bajo la bata blanca ajustada. Sus ojos cafés me escanearon de arriba abajo mientras sonreía. "¿Lista para recargarte, reina?" dijo con voz grave que me erizó la piel. Olía a colonia fresca, de esas con notas de madera y cítricos que te hacen suspirar.

Me senté en la camilla, subí la manga de mi blusa y él preparó la jeringa con maestría. Su aliento cálido rozó mi cuello cuando se acercó. "Esto pica un poquito, pero después te sientes volar", murmuró. La aguja entró suave en mi nalga, un pinchazo rápido seguido de un ardor que se expandió como fuego lento. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo; sentí un cosquilleo traicionero entre las piernas. "¿Todo bien?" preguntó, su mano aún en mi cadera para estabilizarme. Asentí, roja como tomate. Me dio su tarjeta: "Si hay reacciones secundarias de Bedoyecta Tri, me llamas. Cuídate, preciosa". Salí de ahí con el corazón latiendo fuerte, el trasero adolorido pero una chispa de energía bullendo adentro.

Acto dos: el fuego se aviva

Llegué a mi depa en la Roma, un lugarcito coqueto con balcón a la calle siempre viva. Me quité los tacones, me puse un shortcito y una tank top ligera. Al principio, todo chido: preparé un café, bailé con reggaetón a todo volumen, sintiendo las piernas firmes, el cuerpo ligero. Pero media hora después, ¡pum! Un calorazo me subió desde el vientre. Sudor fino en la nuca, pezones duros como piedras rozando la tela. Me miré en el espejo del baño: pupilas dilatadas, labios hinchados, un rubor que no era de fiebre.

¿Qué chingados? ¿Serán las reacciones secundarias de la Bedoyecta Tri? Neta, mi carnala no me advirtió de esto. Mi chocha palpita como si tuviera vida propia, mojada hasta los muslos. Necesito... algo. Alguien.

El teléfono ardía en mi mano. Marqué el número de Javier sin pensarlo dos veces. "¿Javier? Soy Ana, la de la inyección. Creo que tengo... efectos raros". Mi voz salió ronca, jadeante. Él se preocupó al instante: "¿Dónde estás? Voy para allá ya mero". Veinte minutos después, tocaban la puerta. Abrí en ropa ligera, el aire cargado de mi aroma a excitación mezclado con el perfume de vainilla de mi vela.

Javier entró, bata cambiada por jeans ceñidos y playera que marcaba su pecho ancho. "Dime qué sientes", dijo serio, pero sus ojos devoraban mis curvas. Le conté todo: el calor, el pulso acelerado, la necesidad que me retorcía las entrañas. "Son Bedoyecta Tri reacciones secundarias conocidas, pero no en todas. Aumenta el flujo sanguíneo... y el deseo", explicó con media sonrisa pícara. Se acercó, su mano en mi frente: fresca, firme. "¿Quieres que te revise?" Asentí, empoderada, guiándolo al sofá.

Empezó profesional: pulso en la muñeca, termómetro. Pero el roce de sus dedos era eléctrico. Mi piel ardía bajo su tacto; oía mi respiración agitada, el tictac de su reloj contra mi pecho. "Estás perfecta... pero caliente como volcán", susurró. No aguanté más. Lo jalé por la nuca, nuestros labios chocaron. Su boca sabía a menta y hombre, lengua invadiendo con hambre mutua. Gemí contra él, manos explorando su espalda dura, uñas clavándose suave.

La tensión creció como tormenta. Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Sentí su verga dura presionando mi entrepierna a través de la tela. "¿Estás segura, Ana? Esto es intenso", jadeó él, ojos oscuros de puro fuego. "Neta que sí, güey. Te quiero dentro ya", respondí, voz quebrada. Le arranqué la playera, besando su pecho salado, lamiendo el sudor que perlaba su piel. Él me quitó el top, chupando mis tetas con devoción: mordiscos suaves que me hacían arquear la espalda, pezones vibrando de placer.

Nos desnudamos febriles, ropa volando. Su cuerpo era un templo: músculos tensos, verga gruesa palpitando, venas marcadas. Olía a macho sudado, a deseo crudo. Me recostó, besos bajando por mi vientre hasta mi chocha empapada. Su lengua danzó ahí, lamiendo clítoris hinchado, succionando jugos que sabía a miel salada. Grité, caderas moviéndose solas, manos enredadas en su pelo negro. "¡Qué rico, Javier! No pares, pendejo", suplicaba entre gemidos ahogados por el placer que me partía en dos.

Él se incorporó, condón listo –siempre responsable, qué chingón–. Me penetró lento al principio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulso de su verga llenándome hasta el fondo. Nuestros cuerpos chocaban rítmicos: piel contra piel resbalosa de sudor, sonidos húmedos de follada salvaje, alientos entrecortados mezclándose. Aceleramos, yo arañando su espalda, él gruñendo "Eres una diosa, Ana". El clímax subió como ola: mis paredes contrayéndose alrededor de él, un grito gutural escapando mientras explotaba en espasmos. Él me siguió segundos después, cuerpo temblando, semen caliente llenando el condón dentro de mí.

El afterglow perfecto

Caímos exhaustos, enredados en el sofá. Su peso sobre mí era reconfortante, corazón latiendo contra mi pecho. Besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el aftermath. El aire olía a sexo: almizcle, sudor, nuestros fluidos. Me acarició el pelo, susurrando "Las reacciones secundarias de Bedoyecta Tri nunca fueron tan buenas". Reí bajito, piernas aún temblando.

Esto no era solo química. Era conexión pura, deseo mutuo que nos unió en llamas. Mañana volveré a ser la Ana pro, pero esta noche... soy invencible.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando rastros pero no memorias. Jabón resbalando por curvas, risas compartidas, promesas de más. Javier se fue al amanecer, con un beso que prometía repetición. Me quedé en la cama, cuerpo saciado, alma plena. La Bedoyecta Tri me dio más que energía: me dio fuego, placer, un recuerdo que arde eterno.

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