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La Azotea de Fernanda Trías

6580 palabras

La Azotea de Fernanda Trías

La noche en la Ciudad de México ardía como un chile en nogada demasiado picante. El calor pegajoso del verano se colaba por las ventanas entreabiertas de tu departamento viejo en el corazón de la colonia Roma. No podías dormir, el ventilador zumbaba como loco pero no refrescaba ni madres. Órale, pensaste, voy a la azotea a ver si el aire nocturno me da chance. Subiste las escaleras crujientes, el olor a concretos calientes y tacos de la calle abajo mezclándose con el humo de algún vecino chambeando.

Al llegar arriba, la azotea se abría como un secreto compartido: luces titilantes de la ciudad extendiéndose hasta el Popo y el Iztla, ropa tendida ondeando como fantasmas suaves. Y ahí estaba ella, Fernanda Trías, la vecina del ático que todos miraban de reojo. La habías visto de pasada, con su pelo negro azabache cayendo en ondas salvajes, curvas que desafiaban la gravedad bajo blusas holgadas. Estaba recargada en la barandilla, un cigarro entre los labios rojos, el vestido ligero pegado a su piel por el sudor, delineando pechos firmes y caderas que gritaban ven y descubre.

¿Quién es esta chava que parece salida de un sueño culero?

Wey, qué calorazo, ¿verdad? —dijiste, rompiendo el silencio, acercándote con una chela fría en la mano que habías agarrado de la refri.

Fernanda volteó, sus ojos oscuros brillando bajo la luna menguante. Sonrió con picardía, exhalando humo que olía a tabaco dulce y vainilla.

—Neta, está para chamuscarse. Soy Fernanda Trías, vivo aquí arriba. ¿Y tú, galán?

Le pasaste la chela, vuestros dedos rozándose un segundo de más. El toque fue eléctrico, como si la azotea misma conspirara. Se sentaron en unas sillas plegables oxidadas, platicando de la vida en la depa, del pinche tráfico, de cómo la ciudad te chupa el alma pero te la devuelve en noches como esta.

La tensión crecía gradual, como el calor que subía desde sus piernas cruzadas. Su risa era ronca, vibrante, haciendo que tu pulso se acelerara. Olías su perfume mezclado con sudor fresco, un aroma almizclado que te ponía la piel de gallina. Ella se inclinó, el escote revelando la curva suave de sus senos, pezones endureciéndose bajo la tela fina.

—Sabes, en la azotea uno se siente libre, ¿no? Como si el mundo de abajo no existiera —murmuró, su mano posándose en tu muslo casualmente.

El contacto quemaba. Respondiste con un roce en su brazo, piel suave como seda caliente. No mames, esta morra me va a matar, pensaste, mientras vuestras miradas se enredaban, promesas mudas flotando en el aire denso.

El segundo acto empezó con un beso robado. Te inclinaste, ella respondió voraz, labios carnosos saboreando a cerveza fría y deseo puro. Lenguas danzando, húmedas, explorando bocas con hambre acumulada. Sus manos subieron a tu nuca, tirando de tu pelo, gimiendo bajito contra tu boca. Qué rico sabe, como tamarindo maduro.

La acostaste en una colcha vieja que alguien dejó ahí, el concreto áspero bajo ella pero olvidado en el fuego. Le quitaste el vestido despacio, revelando cuerpo dorado por el sol de azotea, bragas de encaje negro empapadas. Sus tetas perfectas, pezones chocolate erectos, pidiéndote atención. Los lamiste, succionaste suave, luego fuerte, oyendo sus jadeos que competían con el ruido lejano de cláxones y perros ladrando.

Quiero comérmela entera, que grite mi nombre hasta que la ciudad lo oiga.

Chíngame con la lengua, carnal —susurró Fernanda, arqueando la espalda, sus uñas clavándose en tus hombros.

Bajaste, besando vientre plano, ombligo salado de sudor. Llegaste a su panocha, aroma intenso a mujer excitada, dulce y salobre. Lamiste el clítoris hinchado, círculos lentos, chupando jugos que sabían a miel caliente. Ella se retorcía, caderas empujando contra tu cara, gemidos subiendo de tono: ¡Ay, wey, qué chido! ¡No pares, pendejo!. Metiste dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que la hacía temblar como hoja en tormenta. El sonido húmedo de su excitación, chapoteos obscenos mezclados con su aliento entrecortado, te volvía loco.

Pero ella no era pasiva. Te volteó como luchadora de la lucha libre, desabrochando tu jeans con dientes. Tu verga saltó libre, dura como fierro, venosa y palpitante. Fernanda la miró con hambre, lamiendo desde la base hasta la cabeza, saboreando el pre-semen salado. Qué mamada maestra, la succionó profunda, garganta apretada, bolas en su mano suave masajeando. El calor de su boca, lengua girando, te tenía al borde, pulmones ardiendo por no gritar.

—Ya quiero tu verga adentro, apúr ate —gruñó, montándote.

Se hundió en ti despacio, centímetro a centímetro, su coño apretado envolviéndote como guante de terciopelo húmedo. Ambas jadeando, el slap-slap de carne contra carne resonando en la azotea. Sudor perlando vuestros cuerpos, brillando bajo luces neón lejanas. Ella cabalgaba fiera, tetas botando, pelo azotando tu cara. Cambiaron posiciones: de lado, luego tú encima, embistiendo profundo, oliendo su cuello perfumado de sexo.

La intensidad psicológica ardía igual. En su mente,

Este wey me hace sentir viva, como si la azotea fuera nuestro pinche paraíso prohibido
. Tú pensabas en cómo su mirada te desnudaba más que sus manos, conexión más allá de lo físico, almas chocando en éxtasis.

El clímax llegó como volcán. Fernanda se tensó, uñas rasgando tu espalda, gritando ¡Me vengo, cabrón! ¡Duro!. Su coño contrayéndose, ordeñándote, jugos calientes empapando todo. No aguantaste, explotaste adentro, chorros calientes llenándola, gemido gutural escapando tu garganta. El mundo se redujo a pulsos compartidos, respiraciones sincronizadas, el viento fresco secando sudor.

Acto final: se quedaron abrazados en la colcha, ciudad rugiendo abajo indiferente. Fernanda acurrucada en tu pecho, dedo trazando círculos en tu piel.

—Esto fue qué padre, ¿eh? La azotea de Fernanda Trías nunca había visto algo así —rió bajito, besando tu hombro.

Tú sonreíste, oliendo su pelo, sintiendo paz post-orgasmo.

Neta, esta noche cambió todo. Volveré a la azotea cada pinche día
. El amanecer tiñó el cielo de rosa, prometiendo más noches calientes, más encuentros robados. Bajaron juntos, piernas flojas, sonrisas cómplices, sabiendo que la azotea guardaría su secreto ardiente para siempre.

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