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El Rico Trío con Mi Esposa

6348 palabras

El Rico Trío con Mi Esposa

Todo empezó en esa playa de Puerto Vallarta, con el sol quemando la arena blanca y el olor a salitre pegado a la piel. Mi esposa, Karla, andaba en bikini rojo que le marcaba las curvas de una manera que me ponía duro al instante. Llevábamos años casados, pero la chispa seguía viva, neta. Ese día, mi carnal Marco se unió a nosotros en las vacaciones. Marco es de esos weyes altos, morenos, con sonrisa pícara y cuerpo de gym que hace que las morras lo miren dos veces. Lo conocía desde la uni, y siempre habíamos bromeado con fantasías locas, pero nunca pasamos de ahí.

Estábamos en la cabaña rentada, con vista al mar, bebiendo chelas frías mientras el atardecer pintaba el cielo de naranja. Karla se recargaba en mi hombro, su piel tibia rozando la mía, oliendo a coco y sudor dulce.

¿Y si lo hacemos de verdad? Un rico trío con mi esposa, solo por esta vez
, pensé, mientras veía cómo Marco la devoraba con los ojos. Ella lo notó y soltó una risita juguetona.

—Oye, Marco, ¿no que eres todo machote? ¿Te animas a algo más que chelas? —le dijo Karla, con esa voz ronca que me enciende.

Marco se rió, pero sus ojos brillaban. Yo intervine, poniéndole la mano en el muslo a Karla, sintiendo el calor subir por su piel suave.

—Wey, si Karla quiere, yo estoy puesto. Pero todo en buena onda, ¿eh?

El aire se cargó de tensión, como antes de una tormenta. Karla nos miró a los dos, mordiéndose el labio, y asintió. Esto va a ser chingón, me dije.

Entramos a la recámara, con el sonido de las olas rompiendo afuera y el ventilador zumbando perezoso. Karla se paró en medio, quitándose el pareo con lentitud, dejando que el bikini rojo cayera al piso. Su cuerpo brillaba bajo la luz tenue, pechos firmes con pezones oscuros ya duros, caderas anchas invitando al toque. El aroma de su excitación empezó a flotar, mezclado con el de la playa.

Me acerqué primero, besándola profundo, saboreando su boca salada y dulce a la vez. Mis manos bajaron por su espalda, apretando su culo redondo, mientras Marco nos veía, respirando pesado. Lo invité con un gesto, y él se pegó por detrás, besándole el cuello. Karla gimió bajito, un sonido que me recorrió la verga como electricidad.

Qué rico, cabrones —susurró ella, arqueando la espalda.

Nos fuimos al kingsize, las sábanas frescas contra nuestra piel caliente. Yo me quité la playera, sintiendo el aire fresco en el pecho sudoroso, y bajé los labios a sus tetas, chupando un pezón mientras Marco le lamía el otro. Ella jadeaba, manos enredadas en nuestro pelo, tirando suave.

Esto es el rico trío con mi esposa que soñé tantas noches
, pensé, mientras mi verga palpitaba contra su muslo.

Marco deslizó la mano entre sus piernas, y Karla abrió las rodillas, exponiendo su panocha ya mojada, hinchada de deseo. El olor era intenso, almizclado, adictivo. Yo bajé más, lamiéndole el ombligo, el vientre suave, hasta unir mi lengua a los dedos de Marco en su clítoris. Ella gritó bajito, caderas moviéndose como olas.

—Sí, así, weyes... no paren...

La tensión crecía, nuestros cuerpos enredados, sudor mezclándose. Marco se desnudó, su verga gruesa saltando libre, venosa y lista. Karla la miró con hambre, extendiendo la mano para acariciar. Yo me puse de rodillas, besándola mientras ella lo pajeaba lento, el sonido húmedo llenando la habitación.

La cosa escaló cuando Karla nos empujó a los dos a la cama, montándose en mí primero. Mi verga entró en ella de un jalón, caliente, apretada, empapada. Puta madre, qué chida está mi vieja, gemí internamente, mientras ella cabalgaba, tetas rebotando. Marco se arrodilló frente a ella, y Karla lo tomó en la boca, chupando con ganas, saliva goteando por la barbilla. El cuarto olía a sexo puro: sudor, fluidos, piel caliente.

Yo la embestía desde abajo, sintiendo cada contracción de su panocha alrededor de mi pija, pulsos rápidos. Marco gemía, manos en su cabeza, pero ella controlaba el ritmo, mirándonos con ojos de fuego.

Neta, ver a mi esposa así, compartida pero dueña de todo, me volvía loco
.

Cambiamos posiciones. Karla se puso a cuatro, culo en alto, invitador. Marco se colocó atrás, frotando su verga en su raja húmeda antes de meterla despacio. Ella ahogó un grito en mi regazo, mientras yo le metía la verga en la boca, saboreando su lengua juguetona. El slap-slap de carne contra carne resonaba, mezclado con gemidos y el mar de fondo.

—Más fuerte, Marco... dame todo —pidió ella, voz entrecortada.

Él obedeció, agarrando sus caderas, y yo la follaba la cara suave, sintiendo su garganta apretar. El calor subía, mis bolas tensas, su piel resbalosa de sudor. Tocábamos todo: yo sus tetas colgando, Marco su clítoris, ella nuestras vergas alternando.

La intensidad psicológica me pegaba duro. ¿Soy pendejo por compartirla? No, wey, esto nos une más, la veo tan plena. Karla temblaba, orgasmo acercándose, panocha chorreando.

—Ya vengo... ¡chínguenme juntos! —gritó.

El clímax explotó como ola gigante. Karla se convulsionó primero, gritando contra mi verga, jugos calientes empapando a Marco. Él gruñó, sacándola para venirse en su espalda, chorros blancos calientes salpicando su piel morena. Yo no aguanté, explotando en su boca, ella tragando ansiosa, lamiendo cada gota con sonrisa satisfecha.

Caímos los tres en un enredo de brazos y piernas, respiraciones agitadas calmándose lento. El aire olía a semen, sudor y mar, pieles pegajosas uniéndose. Karla se acurrucó entre nosotros, besándonos alternos, suave.

Qué rico trío con mi esposa, wey —le dije a Marco, riendo bajito.

Él asintió, exhausto. —Neta, lo mejor de las vacaciones.

Después, bajo la ducha compartida, agua tibia lavando todo, nos enjabonamos mutuo, risas y caricias inocentes. Karla brillaba, empoderada, yo la veía con orgullo nuevo. Esa noche, durmiendo con el rumor del mar, supe que esto fortaleció lo nuestro. No era solo sexo, era confianza total, deseo compartido. Mañana seguiría el sol, la playa, y quién sabe, quizás un bis. Pero por ahora, el afterglow nos envolvía como manta cálida, perfecto.

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