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La Pasión del Tri B12 con Diclofenaco

7398 palabras

La Pasión del Tri B12 con Diclofenaco

Ana se despertó esa mañana con un dolor punzante en la espalda baja, como si alguien le hubiera dado un madrazo con un bate. Había exagerado en la clase de zumba la noche anterior, moviendo las caderas como loca al ritmo de cumbia rebajada. Chin, güey, pensó mientras se incorporaba en la cama king size de su departamento en la Condesa. El sol de la Ciudad de México se colaba por las cortinas sheer, calentando su piel morena y tonificada. Necesitaba algo rápido para quitarse esa chinga del cuerpo, no quería pasar el día tirada como pendeja.

Se puso un short ajustado que marcaba su culo redondo y una blusa escotada, sin bra, porque ¿pa' qué? Bajó al estacionamiento, encendió su Jetta negro y manejó hasta la Farmacia Guadalajara de la esquina con Ámsterdam. El aire acondicionado del coche le erizaba los pezones, recordándole lo sensible que estaba su cuerpo hoy. Al entrar a la farmacia, el olor a desinfectante mezclado con perfumes baratos la golpeó, pero sus ojos se clavaron en él de inmediato: Diego, el farmacéutico nuevo, alto, moreno claro, con barba recortada y brazos que se marcaban bajo la bata blanca. Órale, qué chulo, murmuró para sí mientras se acercaba al mostrador.

—Órale, carnal, ¿tienes Tri B12 con diclofenaco? —preguntó Ana con voz juguetona, apoyando los codos en el cristal para que sus tetas se vieran más provocativas.

Diego levantó la vista de su computadora, y sus ojos cafés se abrieron un poco al recorrerla de arriba abajo. Sonrió con dientes perfectos. —Claro que sí, reina. ¿Inyectable o pastillas? La inyección pega más rápido, te quita el dolor en chinga.

Ana sintió un cosquilleo en el estómago.

¿Y si me la aplicas tú, guapo? Imagina tus manos fuertes en mi nalga...
—Inyectable, pues. Pero no sé aplicármela yo sola, ¿me ayudas?

Él rio bajito, un sonido ronco que le vibró en el pecho. —Pos vente al consultorio de atrás. Te la pongo en un dos por tres.

El consultorio era chiquito pero limpio, con una camilla de piel sintética gris, posters de anatomía en las paredes y un ventilador zumbando perezosamente. Ana se bajó el short hasta las rodillas, exponiendo su nalga firme y redonda, con un tanga negro diminuto que apenas cubría su raja. El aire fresco le puso la piel de gallina, y olió su propio aroma mezclado con el jabón de Diego, que se acercaba con la jeringa lista.

—Relájate, mami —susurró él, limpiando la zona con alcohol frío. Sus dedos rozaron su piel más de lo necesario, trazando un círculo suave. Ana mordió su labio, sintiendo el calor subirle desde el vientre. El pinchazo fue rápido, un ardor leve que se disipó en placer cuando él presionó el algodón con su palma grande y cálida.

Tri B12 con diclofenaco directo a la vena de tu músculo —dijo Diego, su aliento caliente en su oreja. —Te va a dejar como nueva... o mejor.

Ana giró la cabeza, sus labios a centímetros de los de él. —¿Mejor cómo? —preguntó con voz ronca, su mano subiendo por el brazo de Diego, sintiendo los tendones duros bajo la piel suave.

El beso fue inevitable. Sus bocas chocaron con hambre, lenguas enredándose con sabor a menta de su chicle y el dulzor de su gloss de fresa. Diego la giró en la camilla, presionando su cuerpo contra el de ella, su verga ya dura topando su muslo. Ana jadeó, oliendo su colonia Creed, amaderada y masculina, que la mareaba de deseo.

—Párale, güey, aquí nos pueden cachar —dijo ella entre besos, pero sus manos ya desabotonaban su bata.

—Te llevo a mi depa, está cerca —gruñó él, ayudándola a subirse el short mientras salían como si nada, pagando la compra con manos temblorosas.

En el coche de Diego, un Tsuru tuneado con rines brillantes, el camino al edificio en Roma Norte fue una tortura deliciosa. Sus manos se colaban por todas partes: él sobándole el chocho por encima del tanga, ella apretando su paquete enorme a través del pantalón.

¡Madre santa, qué verga tan gruesa! Me va a partir en dos, pero qué chingón se siente este palpitar.
Llegaron jadeantes, subieron las escaleras besándose, tropezando en la penumbra del pasillo.

Su departamento era moderno, con ventanales al parque México, muebles de IKEA y velas aromáticas de vainilla que él prendió rápido. Ana se quitó la ropa como rayo, quedando en tanga, sus tetas C rebotando libres, pezones duros como piedras. Diego se desvistió lento, provocándola, revelando un torso esculpido por gym, abdominales marcados y una verga venosa de 20 centímetros, palpitando erguida.

—Ven pa'cá, nena —la llamó, sentándose en la cama. Ana se arrodilló entre sus piernas, inhalando su olor almizclado a sudor limpio y hombre. Tomó su verga en la mano, sintiendo el calor satinado, las venas latiendo como su propio corazón. La lamió desde la base hasta la cabeza, saboreando la gota salada de precum. Diego gimió, enredando dedos en su cabello negro largo. —¡Qué rica mamada, Ana! Chúpala más hondo.

Ella obedeció, tragándosela hasta la garganta, gimiendo con vibraciones que lo volvieron loco. El sonido húmedo de su boca, los jadeos roncos de él, el slap de sus bolas contra su barbilla llenaban la habitación. Pero quería más. Se levantó, empujándolo a la cama, montándose a horcajadas. Su tanga hecha a un lado, frotó su chocha empapada contra su verga, el clítoris hinchado rozando la fricción perfecta.

—Cógeme ya, cabrón —suplicó, guiándolo a su entrada. Bajó despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la estiraba, llenándola hasta el fondo. Ay, qué dolorcito rico, pensó, el ardor del Tri B12 con diclofenaco ahora olvidado ante este fuego interno. Empezó a cabalgar, tetas botando, sudor perlando su piel, el olor a sexo invadiendo todo: su jugo chorreando por sus muslos, el musk de él.

Diego la agarró de las nalgas, clavando dedos, azotándola suave. —¡Muévete así, pinche diosa! Tu panocha me aprieta como guante. —La volteó, poniéndola en cuatro, embistiéndola duro desde atrás. El slap de piel contra piel, sus gemidos mezclados con el crujir de la cama, el sabor de su cuello salado cuando ella giró para besarlo. Ana se tocaba el clítoris, círculos rápidos, la tensión subiendo como volcán.

—¡Me vengo, Diego! —gritó, su coño convulsionando, ordeñándolo en oleadas de placer que le nublaron la vista, estrellas explotando. Él la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola de leche caliente que se sentía resbalar por sus piernas.

Se derrumbaron juntos, cuerpos pegajosos entrelazados, el ventilador secando el sudor. Diego la besó la frente, suave ahora. —¿Ya se te quitó el dolor, amor?

Ana rio, acurrucándose en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse.

El Tri B12 con diclofenaco fue lo mejor que me pudo pasar hoy... y esta noche apenas empieza.
—Ni madres, pero tú me curaste de otra cosa: la soledad. Quédate conmigo.

La luna se asomaba por la ventana, testigo de su afterglow, mientras sus respiraciones se sincronizaban en promesas mudas de más noches así, llenas de pasión mexicana pura y ardiente.

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