Dios Sabe Que Lo Intenté Letra de Deseo
La noche en Playa del Carmen olía a sal marina mezclada con el humo dulce de las fogatas en la playa. El ritmo de la cumbia rebajada retumbaba en mis huesos, haciendo que mis caderas se movieran solas, como si el mar mismo me empujara. Yo, Ana, con mi vestido ligero de tirantes que se pegaba a la piel por el sudor, bailaba entre la gente, tratando de ahogar el recuerdo de ese pendejo que me dejó hecha mierda. Dios sabe que lo intenté, me repetía en la cabeza, recordando esa letra de una rola gringa que me había obsesionado últimamente, "god knows i tried", pero en mi mente sonaba con acento mexicano, cruda y honesta.
El viento traía el aroma de cocos tostados y tequila reposado de los puestos cercanos. Mis pies se hundían en la arena tibia, aún caliente del sol del día. Miré alrededor, buscando una distracción, algo que me sacara de esa pinche nostalgia. Ahí estaba él, Marco, con su camisa guayabera abierta hasta el pecho, mostrando un tatuaje que brillaba bajo las luces de neón. Alto, moreno, con ojos que prometían problemas del bueno. Nuestras miradas se cruzaron mientras bailábamos al mismo ritmo, y sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas con alas de fuego.
¿Por qué carajos no puedo solo disfrutarlo? Dios sabe que lo intenté, dejar de pensar en el pasado.
Se acercó despacio, con una cerveza en la mano, sonriendo de esa forma que hace que las rodillas flaqueen. "Órale, güeyita, ¿bailas conmigo o qué?", dijo con voz ronca, su aliento oliendo a limón y alcohol fresco. Asentí, riendo, y sus manos grandes se posaron en mi cintura, firmes pero suaves, guiándome en el baile. El contacto de sus palmas calientes contra mi piel desnuda envió chispas por mi espina dorsal. Bailamos así un rato, cuerpos rozándose, el sudor mezclándose, el sonido de las olas rompiendo a lo lejos como un eco de mi pulso acelerado.
La tensión crecía con cada giro. Su pecho duro contra mis tetas, su pierna entre las mías, rozando justo donde dolía la falta de toque. "Eres fuego, Ana", murmuró en mi oído, su barba raspando mi cuello, oliendo a colonia masculina y mar. Le conté un poco de mí, de cómo esa letra me perseguía, "god knows i tried letra", como un himno de rendición. Él rio bajito. "Pues ríndete conmigo, carnala. Yo también he intentado olvidar a alguien, pero mira, aquí estamos".
El deseo se enredaba en mi vientre como una cuerda tensa. Sus dedos bajaron por mi espalda, deteniéndose en el borde de mi vestido, pidiendo permiso con la mirada. Asentí, mordiéndome el labio, y lo jalé hacia la oscuridad de la playa, lejos de la multitud. La arena crujía bajo nuestros pies, el aire más fresco ahora, cargado de yodo y promesas.
Nos detuvimos detrás de unas palmeras, donde la luz de la luna pintaba todo de plata. Me besó primero, suave, explorando mis labios con la lengua, sabor a tequila y sal. Gemí bajito, mis manos en su pelo revuelto, tirando un poco para que supiera que lo quería fuerte. Sus besos se volvieron urgentes, chupando mi cuello, mordisqueando el lóbulo de mi oreja. "Pinche delicia", gruñó, mientras sus manos subían por mis muslos, levantando el vestido hasta que el aire fresco besó mi ropa interior húmeda.
Dios sabe que lo intenté resistir, pero su toque es puro vicio.
Caímos de rodillas en la arena suave, riendo como chavos traviesos. Le quité la camisa, lamiendo su pecho salado, sintiendo sus músculos contraerse bajo mi lengua. Él desató mi vestido, dejando mis tetas al aire, y las tomó con manos hambrientas, pellizcando los pezones hasta que arqueé la espalda, gimiendo su nombre. El sonido de mi propia voz me sorprendió, ronca y desesperada. Olía a él ahora, a hombre excitado, ese aroma almizclado que nubla la razón.
Marco me recostó con cuidado, besando mi ombligo, bajando más, más. Sus dedos jugaron con mis bragas, frotando despacio sobre el encaje, haciendo que mis caderas se alzaran solas. "Estás chingada de mojada, amor", dijo con esa voz juguetona mexicana que me derretía. Las quitó de un tirón, y su boca encontró mi clítoris, lamiendo con hambre, chupando suave luego fuerte. Sentí su lengua caliente, áspera, girando, y mis uñas se clavaron en la arena. El placer subía en olas, como el mar cercano, rompiendo contra mis sentidos. Grité bajito, el viento llevándose mi voz.
Pero quería más, lo necesitaba dentro. Lo empujé hacia arriba, desabrochando sus jeans con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, dura, venosa, palpitando en mi mano. La apreté, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero. "Fóllame, Marco, ya", le rogué, y él no se hizo de rogar. Se puso un condón rápido –siempre responsable, qué chido– y se hundió en mí despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El sonido de nuestra piel chocando empezó suave, luego rítmico, como tambores en la noche.
Me folló profundo, sus caderas golpeando las mías, el sudor goteando de su frente a mi pecho. Cada embestida mandaba fuego por mis venas, mi coño apretándolo como no quería soltarlo nunca. Cambiamos posiciones, yo encima ahora, cabalgándolo con furia, mis tetas rebotando, sus manos en mi culo guiándome. "¡Sí, así, cabrón!", grité, perdida en el ritmo. Olía a sexo puro, a arena mojada por nuestros fluidos, a noche mexicana salvaje. Su dedo encontró mi ano, rozando apenas, y el placer se duplicó, explotando en mi cabeza.
La tensión llegó al límite. Sentí el orgasmo venir, como una ola gigante. "Me vengo, pinche amor", jadeé, y él aceleró, gruñendo. Explotamos juntos, mi coño convulsionando alrededor de él, su verga pulsando dentro, llenándome de calor. Grité su nombre al cielo estrellado, el cuerpo temblando, olas de placer interminable.
Después, nos quedamos tirados en la arena, jadeando, sus brazos alrededor de mí. El mar lamía la orilla cerca, fresco contra nuestra piel ardiente. Besó mi frente, suave ahora. "Eso fue chingón, Ana. Dios sabe que lo intenté ser bueno, pero contigo no pude". Reí, recordando la letra otra vez. God knows i tried letra, pero qué bueno que fallé.
Ya no hay nostalgia, solo esta paz tibia, su piel contra la mía, el futuro oliendo a más noches así.
Nos vestimos despacio, manos todavía explorando, promesas en miradas. Caminamos de vuelta a la fiesta, pero ya no bailábamos solos. Éramos uno, al menos por esa noche, y quién sabe por más. La letra ya no dolía; ahora era himno de victoria, de deseo ganado.