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Sexo Casero Trios en Nuestra Casa Caliente

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Sexo Casero Trios en Nuestra Casa Caliente

La noche en nuestro depa de la Roma estaba cargada de ese calor pegajoso que te hace sudar hasta el alma. Yo, Marco, acababa de llegar del gym, con la camiseta pegada al pecho y el olor a hombre fresco mezclado con sudor. Sofia, mi morra, andaba en la cocina preparando unos tacos de carnitas que olían a gloria, el vapor subiendo como una invitación pecaminosa. Llevábamos meses coqueteando con la idea de un sexo casero trios, de esas vainas que ves en videos caseros pero que nunca te atreves a probar en la vida real. Neta, la tensión entre nosotros se sentía en el aire, como electricidad estática antes de la tormenta.

Wey, ¿y si hoy le caemos a la Luisa? —me dijo Sofia con esa sonrisa pícara, mientras me pasaba una cerveza fría que chifló al abrirse. Luisa era nuestra vecina del depa de al lado, una chava de veintiocho como nosotras, con curvas que te hacen babear y un tatuaje de calaverita en la nalga que asomaba cuando se agachaba a regar sus plantas. Siempre andaba en shorts diminutos, coqueteando con guiños y comentarios subidos de tono.

¿Y si de plano lo hacemos? Neta, me muero por ver cómo te come la verga mientras yo te beso el cuello
, pensé, sintiendo cómo mi pito se ponía duro solo de imaginarlo.

Le mandamos un whatssapp: "Oye Lu, ¿vienes a unos tacos? Trae tu buena onda". Respondió en dos minutos: "Chido, llego en chinga". Minutos después, tocó la puerta y ahí estaba, con un vestido flojo que marcaba sus chichis perfectas y un perfume dulce que invadió la sala como un afrodisíaco. Nos sentamos en el sofá, comiendo tacos con salsa que picaba en la lengua, riéndonos de pendejadas. El tequila empezó a fluir, y las miradas se volvieron intensas. Sofia rozó mi muslo con su pie descalzo, suave como seda, y Luisa no quitaba los ojos de mi entrepierna.

La cosa escaló cuando Sofia soltó: Neta, Lu, hemos visto unos videos de sexo casero trios que nos prenden cañón. ¿Te late probar? Luisa se mordió el labio, sus ojos brillando como brasas. ¿Están hablando en serio, cabrones? Porque yo traigo las pilas cargadas, respondió con voz ronca, y se acercó gateando por el sofá. Su mano tocó mi rodilla, subiendo despacio, el calor de su palma filtrándose a través del jean. Mi corazón latía como tambor en desfile, el pulso retumbando en mis oídos.

Acto de escalada: Nos mudamos a la recámara, la luz tenue de las velas mexicanas de colores pintando sombras danzantes en las paredes. Sofia me besó primero, su lengua saboreando a tequila y salsa, húmeda y juguetona, mientras Luisa se desvestía lento, dejando caer el vestido como una cascada. Su piel morena brillaba con sudor fino, oliendo a vainilla y deseo crudo. Ven, Marco, prueba estas chichis, murmuró Luisa, guiando mi boca a sus pezones duros como piedras preciosas. Los chupé con hambre, sintiendo su textura rugosa contra mi lengua, el gemido que soltó vibrando en mi pecho como un eco.

Sofia no se quedó atrás; se quitó la blusa y se unió, sus manos explorando el culo firme de Luisa, amasándolo como masa de tamal. Yo las veía, mi verga latiendo dolorida contra el pantalón.

Esto es mejor que cualquier porno casero, neta se siente como fuego líquido en las venas
. Luisa me desabrochó el cinturón con dientes, liberando mi pito que saltó erecto, venoso y palpitante. Lo tomó en su mano tibia, masturbándome despacio, el roce de sus uñas enviando chispas por mi espina. Sofia se arrodilló a su lado, lamiendo la punta con la lengua plana, su saliva cálida goteando como miel.

El aire se llenó de jadeos y el sonido húmedo de lenguas en carne. Las puse a las dos de rodillas, alternando besos en sus bocas, probando el sabor salado de mi propio pre-semen mezclado con sus jugos. Sofia olía a su perfume floral, Luisa a sudor dulce y excitación femenina, ese aroma almizclado que te enloquece. Las recosté en la cama king size, sus cuerpos entrelazados como serpientes, chichis rozándose con fricción eléctrica. Mi mano bajó a la concha de Sofia, empapada y resbalosa, los labios hinchados pidiendo más. Metí dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hace arquearse, su grito ahogado rompiendo el silencio.

Luisa se montó en mi cara, su coño depilado presionando contra mi boca. Lamí con ganas, saboreando su néctar ácido y dulce, la lengua hurgando en pliegues calientes mientras ella se mecía, sus muslos apretándome las mejillas. Sofia cabalgó mi verga entonces, bajando despacio, centímetro a centímetro, su interior apretado envolviéndome como guante de terciopelo húmedo. ¡Ay, wey, qué rico! Más adentro, gimió, rebotando con ritmo que hacía chapotear nuestra unión. Luisa se inclinó para besar a Sofia, sus lenguas danzando visibles, pechos aplastados.

La intensidad subió como volcán. Cambiamos posiciones: yo de perrito con Sofia, embistiéndola fuerte, el sonido de carne contra carne retumbando, sus nalgas ondulando con cada choque. Luisa debajo de ella, lamiendo su clítoris expuesto y mis huevos balanceantes, su lengua rozándome la base de la verga en cada penetrada. Sentía el calor triple, sudores mezclándose en ríos por espaldas, el olor a sexo casero trios impregnando las sábanas.

Esto es puro vicio, carnales, no hay marcha atrás
, pensé mientras el orgasmo se acumulaba en mis bolas como tormenta.

Sofia llegó primero, su concha contrayéndose en espasmos, chorros calientes mojando a Luisa. ¡Me vengo, cabrones! ¡Sí! gritó, voz quebrada. Luisa la siguió, frotándose contra mi muslo, su clímax temblando su cuerpo entero. Yo no aguanté más; saqué la verga y eyaculé en chorros espesos sobre sus chichis y vientres, el semen caliente salpicando como lluvia blanca, oliendo a almizcle puro.

En el afterglow, nos quedamos tirados en la cama deshecha, respiraciones agitadas calmándose como olas en playa. Sofia acurrucada en mi pecho, su piel pegajosa contra la mía, Luisa con la cabeza en mi hombro, dedos trazando lazy circles en mi abdomen. El cuarto olía a sexo satisfecho, a sudor seco y promesas. Esto fue el mejor sexo casero trios de la vida, neta, murmuró Sofia, besándome la clavícula. Luisa rio bajito: Repetimos cuando quieran, pinches pervertidos.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando fluidos pero no el recuerdo. Bajo el chorro, manos jabonosas explorando de nuevo, besos suaves sellando el pacto. Salimos envueltos en toallas, pidiendo unos pozoles por app, riéndonos de lo chingón que había sido. Esa noche cambió todo; el deseo ya no era secreto, sino un fuego que avivábamos en casa, nuestro nido de placeres caseros. Y mientras nos dormíamos enredados, supe que vendrían más tríos, más noches de pieles en llamas y gemidos eternos.

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