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La Triada Netflix Desnuda

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La Triada Netflix Desnuda

Era una noche de viernes en mi depa de Polanco, con el aire cargado de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva. Yo, Ana, acababa de invitar a mis compas Lupe y Carla para una maratón de La Triada Netflix. Las tres éramos solteras, profes profesionales con curvas que volvían locos a los pendejos del gym, y siempre nos la pasábamos platicando de series calientes. "Órale, wey, esta serie está cañona", dijo Lupe mientras se tiraba en el sofá, su blusa escotada dejando ver el encaje negro de su bra. Carla, con su pelo suelto y esos labios carnosos, se acurrucó a mi lado, oliendo a vainilla y algo más dulce, como deseo contenido.

Apagué las luces, solo el resplandor de la tele iluminaba la sala. El olor a palomitas con chile y limón flotaba en el aire, mezclado con nuestros perfumes. Empezamos el primer episodio de La Triada Netflix, esas morras fuertes y sexys que mandaban en su mundo. Sentía el muslo de Carla rozando el mío, suave como seda, y cada vez que reía por un diálogo picante, su aliento cálido me erizaba la piel.

¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón? Es solo una serie, Ana, no te hagas
, pensé, pero mis ojos se desviaban a las tetas de Lupe subiendo y bajando con su respiración.

Al rato, Lupe pausó el episodio. "Neta, estas chavas me prenden. Imagínense nosotras tres así de unidas, sin verga de por medio". Su voz era ronca, juguetona, y se estiró como gata, dejando que su falda subiera por sus muslos morenos. Carla soltó una carcajada. "Simón, Lupe, tú serías la jefa. ¿Verdad, Ana?". Me miró con ojos brillantes, y sin pensarlo, puse mi mano en su rodilla. El tacto era eléctrico, piel caliente bajo mis dedos. "Yo soy la que obedece", murmuré, y las tres nos miramos, el aire espeso como miel.

Reanudamos la serie, pero ya no concentradas. Cada escena de tensión entre las protagonistas nos hacía movernos inquietas. Sentía mi chichi endureciéndose contra el bra, el roce del sofá en mi entrepierna húmeda. Lupe se acercó más, su mano rozando mi brazo, uñas pintadas de rojo arañando suave. "Hace calor, ¿no?", dijo, y se quitó la blusa sin pena, quedando en bra de encaje. Sus pezones oscuros se marcaban, invitadores. Carla suspiró, imitando, su piel oliva brillando bajo la luz azulada de la tele.

Dios, qué ricas están. ¿Y si...?
Mi pulso tronaba en los oídos, el sonido de la serie un fondo lejano.

El segundo acto de nuestra noche empezó cuando Carla se giró hacia mí, sus labios a centímetros. "Ana, siempre he querido probarte", susurró, y me besó. Su boca era fuego líquido, lengua danzando con la mía, sabor a tequila y menta. Gemí bajito, mis manos en su cintura, sintiendo la curva de sus caderas. Lupe no se quedó atrás; se pegó por detrás, besando mi cuello, su aliento caliente enviando chispas por mi espina. Olía a jazmín y sudor fresco, embriagador. "Déjenme entrar a la triada", ronroneó, y sus dedos bajaron por mi espalda, desabrochando mi bra.

Nos desvestimos entre risas nerviosas y besos urgentes, ropa volando al piso. El sofá crujía bajo nosotras, piel contra piel, suave y resbaladiza por el sudor. Yo estaba en medio, Carla devorando mis tetas, chupando un pezón con succiones que me arqueaban la espalda. Qué chingón se siente, pensé, mientras Lupe lamía mi oreja, susurrando "Eres tan mojada, mamacita". Sus dedos bajaron a mi entrepierna, rozando mi clítoris hinchado. El placer era un rayo, mis jugos untando sus dedos, el sonido húmedo de sus movimientos mezclándose con nuestros jadeos.

Carla se hincó entre mis piernas, abriéndolas con ternura. Su lengua trazó mi raja, lamiendo despacio, saboreando mi néctar salado. "Deliciosa", murmuró, y hundió la cara, chupando mi botón con maestría. Grité, mis uñas en su pelo, el olor de mi arousal llenando la sala. Lupe me besaba, sus tetas frotándose contra las mías, pezones duros como piedritas rozando.

No puedo más, voy a explotar
. Insertó dos dedos en mí, curvándolos justo ahí, el punto que me hacía ver estrellas. El ritmo crecía, sus embestidas sincronizadas con la lengua de Carla, mis caderas bailando al compás.

Cambié de posición, queriendo darles lo mismo. Puse a Lupe de espaldas en el sofá, su culo redondo alzado. La penetré con mis dedos, sintiendo sus paredes calientes apretándome, mientras lamía su ano rosado, sabor almizclado y dulce. "¡Ay, wey, qué rico!", gritó ella, temblando. Carla se sentó en su cara, y Lupe la comió con hambre, lengüetazos sonoros que nos volvían locas a todas. El aire vibraba con gemidos, el slap de pieles, el crujir del cuero. Sudor goteaba por nuestras espaldas, mezclado con nuestros fluidos, resbaloso y pegajoso.

La tensión subía como ola imparable. Nos formamos en triángulo, cada una lamiendo a la otra: yo a Carla, ella a Lupe, Lupe a mí. Lenguas expertas, dedos explorando, clítoris palpitantes rozándose. Mis sentidos explotaban: vista de curvas brillantes, sonido de succiones y "¡Más, cabronas!", tacto de pieles febriles, olor a sexo puro, sabor de sus esencias en mi boca.

Esta es nuestra triada, neta la mejor
. El orgasmo me golpeó primero, un tsunami que me hizo convulsionar, chorros calientes salpicando la cara de Lupe. Ella vino después, gritando mi nombre, y Carla por último, su cuerpo rígido antes de derretirse en temblores.

Caímos exhaustas, enredadas en el sofá, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. La tele seguía con La Triada Netflix, pero ya ignorada. Acaricié el pelo de Carla, besé el hombro de Lupe. "Eso fue épico, pinches reinas", dije, riendo suave. Ellas asintieron, ojos brillantes de satisfacción. El afterglow era tibio, como cobija de pieles. Nos quedamos así, hablando bajito de lo que sentíamos, lazos más fuertes ahora. Mañana seguiríamos la serie, pero con un secreto ardiente que nos unía para siempre.

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