Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo El Trío con Brozo El Trío con Brozo

El Trío con Brozo

7253 palabras

El Trío con Brozo

La noche en el antro de la Condesa estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel brille bajo las luces neón. El aire olía a tequila reposado, cigarros electrónicos y un toque de perfume barato mezclado con sudor fresco. Yo, con mi falda corta negra que apenas rozaba mis muslos, me abrí paso entre la multitud rockera. El Trío con Brozo, decían los volantes que recogí en la entrada. No era un concierto oficial de la banda El Tri, pero los covers prometían lo mismo: pura rebeldía mexicana, con un toque especial de ese payaso irreverente que todos amábamos. Mi corazón latía al ritmo de los primeros acordes de guitarra, un riff rasposo que me erizaba la piel.

Me acomodé en la barra, pedí un cuba libre bien cargado de ron, y dejé que el hielo tintineara contra el vidrio helado. Ahí los vi: dos carnales charlando animadamente cerca de los altavoces. El primero, alto y delgado, con cabello lacio hasta los hombros y una sonrisa pícara que gritaba chido. Se llamaba Marco, me enteré después. El otro... ay, el otro era puro brozo. Barba espesa y revuelta como zacate silvestre, brazos tatuados cubiertos de vello oscuro, camisa ajustada que marcaba un pecho ancho y rudo. Lo apodaban Brozo, neta, por lo áspero que se veía, como si acabara de bajar de una troca en el desierto. Sus ojos negros me clavaron en el sitio cuando nuestras miradas chocaron.

¿Qué pedo con este calor que me sube por las piernas? Estos weyes me miran como si ya me tuvieran en su cama.

Marco se acercó primero, con una chela en la mano. Órale, morra, ¿vienes sola al Trío con Brozo? Qué huevos, dijo riendo, su voz grave cortando el ruido de la banda que ahora tocaba Abuso de Autoridad. Le seguí la corriente, coqueteando con el hielo de mi trago entre los labios. Brozo se acercó despacio, su presencia como un muro de calor que me envolvió. Olía a colonia fuerte, jabón de hombre y algo salvaje, terroso. ¿Y tú qué, güey? ¿Siempre tan brozo?, le lancé juguetona. Él soltó una carcajada ronca que vibró en mi pecho. Pura genética, chula. Pero debajo de esto hay fuego.

La química fue instantánea, como un trago de mezcal que quema la garganta pero deja un regusto dulce. Bailamos pegados los tres, sus cuerpos rozándome en cada giro. La mano de Marco suave en mi cintura, deslizándose apenas hacia la curva de mi cadera. Brozo por detrás, su aliento caliente en mi cuello, el bulto duro presionando contra mis nalgas. El sudor nos unía, salado al tacto cuando lamió mi oreja. ¿Te late seguir la fiesta en otro lado?, murmuró Marco, sus dedos trazando círculos en mi piel expuesta. Mi pulso se aceleró, el corazón martilleando como batería de El Tri. Simón, pero con reglas mías, respondí, empoderada, sintiendo el poder en mi voz.

Acto dos: la escalada. Salimos del antro, el aire fresco de la noche mexicana nos golpeó como una caricia. Tomamos un taxi hasta el depa de Marco en Polanco, un lugar chido con vista a los edificios iluminados. Adentro, luces tenues, música de El Tri sonando bajito en el estéreo –ironía perfecta para nuestro trío con brozo. Nos servimos tragos, ron con cola que burbujeaba en vasos altos. Nos sentamos en el sofá de piel suave, yo en medio, sus cuerpos flanqueándome como guardianes calientes.

Empecé yo, besando a Marco primero. Sus labios suaves, lengua juguetona explorando mi boca con sabor a menta y cerveza. Gemí bajito cuando su mano subió por mi muslo, rozando el encaje de mis panties húmedas. Brozo observaba, su respiración pesada, mano masajeando su verga endurecida bajo los jeans. Ven acá, brozo, lo invité, girando para capturar su boca. ¡Qué contraste! Labios ásperos, barba raspando mi piel sensible como lija fina, lengua invasora que sabía a tabaco y deseo puro. Sus manos grandes, callosas, amasaron mis tetas por encima de la blusa, pezones endureciéndose al instante.

¡Vergas, este contraste me va a volver loca! Uno suave como seda, el otro rudo como sierra. Mi concha palpita, neta, necesita atención.

La ropa voló: mi falda al piso con un susurro, blusa rasgada juguetona por Brozo. Quedé en bra y tanga, piel erizada por el aire acondicionado y sus miradas hambrientas. Marco me recostó, besando mi cuello, bajando a chupar un pezón mientras su mano se colaba entre mis piernas. Estás empapada, reina, susurró, dedos deslizándose en mi humedad resbalosa. Jadeé, arqueándome. Brozo se arrodilló, barba brozosa rozando mis muslos internos, enviando chispas eléctricas. Su lengua, ancha y áspera, lamió mi clítoris hinchado, saboreando mi jugo salado-dulce. ¡Ay, cabrón, qué rico!, grité, piernas temblando.

Los cambié de posición, empoderada en mi trono. Me puse de rodillas, vergas en mano: la de Marco lisa y venosa, palpitante; la de Brozo gruesa, velluda en la base, con venas marcadas como raíces. Las mamé alternando, saliva goteando, gargantas profundas que los hicieron gemir. ¡Pinche diosa!, rugió Brozo, mano enredada en mi pelo. Marco acariciaba mi espalda, suave contrapeso. El olor a sexo llenaba la habitación: almizcle masculino, mi aroma femenino floreciendo.

La tensión creció como un solo de guitarra interminable. Me monté en Marco primero, su verga llenándome lenta, estirándome delicioso. Cabalgaba ritmada, tetas rebotando, sudor perlando mi piel. Brozo detrás, dedos lubricados jugando mi ano, preparándome. ¿Lista para el brozo completo?, gruñó. Asentí, ansiosa. Entró despacio, su grosor áspero abriéndome, dolor-placer exquisito. Los dos adentro, moviéndose en sincronía, fricción infernal. Sentía cada pulso, cada vena rozando mis paredes sensibles. Gemidos se mezclaban con música, piel chocando húmeda –clap clap clap–, olor a sudor y corrida inminente.

¡Estoy en el cielo, weyes! Llenándome como nunca, control total. Esto es poder puro, mi orgasmo va a explotar todo.

El clímax llegó en olas: primero Marco, corriéndose dentro con un aullido, calor líquido inundándome. Eso me disparó, mi concha contrayéndose en espasmos violentos, jugos chorreando por sus bolas. Brozo resistió, volteándome para follarme boca arriba, piernas sobre hombros, barba raspando tetas. ¡Córrete para mí, brozo!, exigí. Rugió, vaciándome profundo, semen espeso mezclándose con el de Marco, desbordando.

Final: el eco del placer. Colapsamos en un enredo sudoroso, pechos subiendo-bajando sincronizados. Marco me besó suave, Eres increíble, carnala. Brozo, aún áspero, acarició mi mejilla con ternura inesperada. El mejor trío con brozo de mi vida, murmuró, riendo ronco. Nos duchamos juntos, agua caliente lavando fluidos, manos jabonosas explorando post-sexo. Salí de ahí al amanecer, piernas flojas pero alma plena, el sabor de ellos en mi lengua, olor a sexo impregnado en mi piel.

De vez en cuando, pongo El Tri y recuerdo esa noche. El trío con brozo: no solo un apodo, sino una promesa de pasión ruda y compartida. ¿Quién dijo que el rock mexicano no enciende fuegos eternos?

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.