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Tríadas de Guitarra

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Tríadas de Guitarra

La noche en el rooftop de ese departamento en la Roma era de esas que te envuelven como un abrazo caliente. El aire traía olor a jazmín y tacos de asador de la calle, mezclado con el humo ligero de unos cigarros electrónicos. Yo, Alex, estaba ahí con mi guitarra acústica colgada al hombro, sintiendo las cuerdas vibrar contra mi pecho como un pulso extra. Había llegado por recomendación de un carnal, pa' tocar unas rolas en una fiesta privada de morras bien puestas.

Ahí las vi: Sofía y Luna, dos chavas que neta me dejaron con la boca seca. Sofía, con su pelo negro largo hasta la cintura, ojos cafés que brillaban bajo las luces de neón, y un vestido rojo que se pegaba a sus curvas como segunda piel. Luna, rubia teñida, pecas en la nariz, shorts vaqueros que dejaban ver sus piernas torneadas y una blusa escotada que gritaba ven y descubre. Estaban sentadas en una esquina, riendo, con cervezas en la mano.

—Órale, güey, ¿tú eres el que toca guitarra? —me dijo Sofía, acercándose con una sonrisa pícara, su perfume dulzón invadiendo mi espacio.

—Simón, ¿quieren que les eche unas tríadas de guitarra pa' calentar el ambiente? —respondí, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

Luna se mordió el labio, sus ojos recorriéndome de arriba abajo.

Estas morras están cañón, carnal. No la riegues
, pensé mientras afinaba las cuerdas. El metal frío bajo mis dedos, el sonido limpio rebotando en el concreto del rooftop. Toqué unas tríadas básicas, mayores y menores, las notas flotando en el aire cálido como promesas susurradas. Sofía se acercó más, su muslo rozando el mío accidentalmente —o no—. Luna tarareaba, moviendo las caderas al ritmo.

La fiesta seguía, pero nos aislamos en esa vibra. Sus risas se mezclaban con los acordes, sus miradas cargadas de algo más que música. Sentí el calor subiendo por mi cuello, el pulso acelerado latiendo en mis sienes.

—¡Qué chido tocas, Alex! Enséñanos esas tríadas de guitarra —dijo Luna, su voz ronca, poniéndole la mano en el brazo. Sus uñas pintadas de rojo rozaron mi piel, enviando chispas directas a mi entrepierna.

La tensión crecía como una rola de rock building up. Terminamos la cerveza, y ellas me invitaron a su depa cercano, "pa' una sesión privada". Caminamos por las calles empedradas, el eco de nuestros pasos, el olor a panadería nocturna. En su lugar, un loft luminoso con plantas y posters de bandas indie, olía a vainilla y algo más, femenino, excitante.

Acto dos: la escalada

Me senté en el sofá de piel suave, guitarra en mano. Sofía trajo tequilas, el líquido ámbar quemando la garganta, soltando las inhibiciones. Luna se acurrucó a mi lado izquierdo, Sofía al derecho.

Su calor me envuelve, sus pechos rozando mis brazos. Neta, esto va pa'l lado salvaje
.

—Muéstranos cómo se hacen las tríadas —pidió Sofía, su aliento cálido en mi oreja. Puse sus dedos sobre las cuerdas, guiándolos. Su piel suave contra la mía, áspera por el callo de años tocando. El primer acorde resonó, vibrando en el aire cargado. Luna observaba, lamiéndose los labios, su mano bajando despacio por mi muslo.

El toque se volvió intencional. Mis dedos en la mano de Sofía, los de ella apretando más. Luna se inclinó, besando mi cuello, su lengua húmeda trazando un camino salado. Olía a coco de su shampoo, mezclado con el sudor ligero de la noche. Mi verga se endureció al instante, presionando contra los jeans.

—¿Sientes cómo vibra? Como nosotras ahora —susurró Luna, su mano subiendo hasta el bulto. Sofía dejó la guitarra a un lado, girándose para besarme. Sus labios carnosos, sabor a tequila y menta, su lengua danzando con la mía en un ritmo frenético. Manos por todos lados: las de Luna desabrochando mi camisa, exponiendo mi pecho, uñas arañando suave; Sofía mordisqueando mi labio inferior.

Me levanté, quitándome la ropa con urgencia. Ellas igual, Sofía deslizando el vestido rojo, revelando lencería negra que acentuaba sus tetas firmes, pezones duros como piedritas. Luna se quitó los shorts, su tanga diminuta apenas cubriendo su concha depilada, brillando ya de humedad. Qué vista, wey. Dos diosas mexicanas listas pa' mí.

Las tríadas de guitarra quedaron olvidadas en el piso, pero su eco pulsaba en nosotros. Las llevé al cuarto, cama king size con sábanas de algodón egipcio suaves como seda. Sofía se tendió primero, abriendo las piernas, invitándome con los ojos. Luna se arrodilló, chupando mi verga ya dura como acero, su boca caliente envolviéndome, lengua girando alrededor del glande, saboreando el pre-semen salado. Gemí, el sonido gutural rebotando en las paredes.

—¡Chúpala rico, Luna! —gruñó Sofía, tocándose la concha, dedos hundiéndose en sus labios hinchados, el olor almizclado de su excitación llenando la habitación.

Cambié posiciones, lamiendo a Sofía mientras Luna montaba mi cara. Su chocha jugosa, sabor dulce-ácido, clítoris hinchado palpitando contra mi lengua. Luna gemía ¡ay, sí, así, cabrón!, sus jugos corriendo por mi barbilla. Sofía se unió, besando a Luna, sus lenguas entrelazadas sobre mí, tetas rozándose.

La intensidad subía. Penettré a Sofía primero, su interior apretado, caliente, envolviéndome como guante de terciopelo húmedo. Embestí lento al principio, sintiendo cada vena de mi verga rozar sus paredes. Luna se masturbaba viéndonos, luego se sentó en la cara de Sofía, quien la lamía con avidez. El slap de piel contra piel, gemidos ahogados, sudor perlando nuestros cuerpos.

—¡Métemela más duro, Alex! ¡Qué rico tu pito! —jadeaba Sofía, uñas clavándose en mi espalda, dejando marcas rojas.

Cambié a Luna, su culo redondo recibiéndome de rodillas. La follé profundo, bolas golpeando su clítoris, ella gritando ¡órale, carnal, no pares!. Sofía lamía mis huevos desde abajo, lengua juguetona. El cuarto olía a sexo puro: sudor, fluidos, perfume mezclado. Corazones latiendo desbocados, pulsos en sienes, pieles resbalosas.

La tensión llegó al pico. Las puse a las dos de rodillas, verga entre sus tetas, manos bombeando.

No aguanto más, esto es el paraíso
. Eyaculé fuerte, chorros calientes salpicando sus caras, lenguas extendidas cazando cada gota, sonrisas lujuriosas.

Acto tres: el afterglow

Colapsamos en la cama, cuerpos entrelazados, respiraciones agitadas calmándose. Sofía acurrucada en mi pecho derecho, Luna en el izquierdo, sus cabezas sobre mi corazón tronando aún. El aire fresco de un ventilador secando el sudor, pieles pegajosas uniéndonos. Besos suaves, caricias perezosas en muslos y pechos.

—Neta, esas tríadas de guitarra nos prendieron el foco —rió Sofía, trazando círculos en mi abdomen.

—Simón, pero las de carne son mejores —agregó Luna, besando mi hombro.

Me quedé ahí, envuelto en su calor, pensando en lo chingón de la noche. No era solo sexo; era conexión, música del alma vibrando en tríadas perfectas. El amanecer asomaba por la ventana, tiñendo todo de rosa, prometiendo más rolas, más noches así. Cerré los ojos, saboreando el eco de gemidos y cuerdas, listo para el encore.

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