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La Historia del Tri de Alex Lora en Carne Viva

6451 palabras

La Historia del Tri de Alex Lora en Carne Viva

Estaba en esa librería chida de la Condesa, oliendo a papel viejo y café recién molido, cuando vi el libro. Historia del Tri de Alex Lora. Lo agarré con las manos temblorosas, como si fuera un tesoro prohibido. Alex Lora, el pinche dios del rock mexicano, contando su odisea con El Tri. Páginas llenas de rebeldía, conciertos sudorosos y esa voz ronca que me ponía la piel chinita desde chava. Lo compré sin pensarlo dos veces y salí caminando hacia el bar de la esquina, con el sol de la tarde calentándome la nuca y el corazón latiéndome fuerte.

El bar era de esos con luces tenues, rockeros sentados en las mesas de madera gastada, y un olor a cerveza artesanal mezclado con cigarros electrónicos. Me senté en la barra, pedí un chela helada que sabía a lúpulo fresco y malta dulce, y abrí el libro. Las palabras de Alex me envolvieron: las giras eternas, las groupies locas, las noches de desmadre en el escenario. Mi mente volaba, imaginándome ahí, sintiendo el calor de los cuerpos apretados, el sudor resbalando por la espalda.

¿Y si yo fuera una de esas? ¿Qué se sentiría tener a un tipo como él, con esa energía salvaje, pegado a mi cuerpo?
Pensé, mientras un escalofrío me bajaba por la espina dorsal. De repente, una voz grave interrumpió mis fantasías.

Neta, ¿le estás dando al Historia del Tri de Alex Lora? ¡Órale, carnala, eso es oro puro!

Levanté la vista y ahí estaba él. Alto, moreno, con barba de tres días y una playera negra de El Tri que se le pegaba al pecho musculoso. Ojos cafés intensos, sonrisa pícara. Olía a colonia barata con un toque de sudor masculino, de esos que te hace mojar sin darte cuenta. Se llamaba Raúl, dijo, y era fan de hueso colorado desde los noventa. Se sentó a mi lado sin pedir permiso, pedimos otra ronda de chelas, y la plática fluyó como tequila en fiesta.

—Mira, la historia del Tri de Alex Lora es como un desmadre épico —me contó, con la voz bajita, inclinándose hacia mí—. Imagínate a Alex en los setenta, rompiendo madres con Three Souls in My Mind, luego renaciendo como El Tri. Esas letras que te calientan la sangre, ¿sabes?

Su rodilla rozó la mía bajo la barra, un toque casual que mandó chispas por mis muslos. El bar se llenaba de risas, música de fondo con guitarra eléctrica retumbando en el pecho, y yo sentía mi piel erizándose. Pendejo, pensé, pero con cariño, porque su mirada me desnudaba poco a poco. Hablamos de conciertos, de cómo Alex grita "Triste canción de amor" y te parte el alma, de groupies que se lanzaban al escenario. Cada anécdota avivaba el fuego en mi vientre. Su mano se posó en mi brazo, cálida, áspera de trabajar con las manos, y yo no la quité.

La tensión crecía como un solo de guitarra interminable. Bebimos más, el alcohol soltándonos la lengua y el cuerpo. Salimos del bar tambaleándonos un poco, el aire fresco de la noche oliendo a jacarandas y escape de coches. Caminamos hacia su depa, a unas cuadras, riéndonos de pendejadas. En el elevador, solo nosotros dos, su boca se estrelló contra la mía. Beso duro, hambriento, con sabor a chela y deseo puro. Sus manos en mi cintura, apretándome contra la pared, mi lengua enredándose con la suya, gimiendo bajito.

Chingao, no aguanto más —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible.

Entramos a su cuarto, un desmadre rockero: posters de El Tri en las paredes, guitarra en la esquina, cama king con sábanas revueltas. Puso un disco de la banda, "Niño sin amor" retumbando suave, la voz de Alex envolviéndonos como humo. Nos quitamos la ropa con urgencia, pero saboreando cada segundo. Su pecho ancho, velludo, presionado contra mis tetas. Olía a hombre, a sudor fresco y loción. Mis dedos recorrieron sus abdominales duros, bajando hasta su verga tiesa, gruesa, palpitando en mi palma. Él jadeó, un sonido animal que me empapó la panocha.

Esto es mejor que cualquier historia del Tri, neta
, pensé, mientras me tumbaba en la cama, abriendo las piernas para él. Me miró con hambre, lamiéndose los labios.

—Eres una diosa, mamacita —dijo, bajando la cabeza entre mis muslos. Su lengua caliente, áspera, lamió mi clítoris hinchado, chupando con maestría. Gemí fuerte, arqueándome, el placer como rayos eléctricos. Olía a mi propia excitación, salada y dulce, mezclada con su aliento. Metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos justo ahí, follándome lento mientras succionaba. Mis caderas se movían solas, persiguiendo su boca, el sudor resbalando por mi espalda, pegándome a las sábanas.

Lo jalé del pelo, lo subí encima. Quería sentirlo todo. Su verga rozó mi entrada húmeda, resbalosa, y empujó despacio, centímetro a centímetro. ¡Ay, cabrón! Llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Empezamos a movernos, ritmo lento al principio, como un blues de El Tri, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando mi culo. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. Yo clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas, gimiendo su nombre.

La música subió de volumen, "Piedras contra el vidrio" ahora, furiosa. Aceleramos, follada brutal pero consentida, mutua. Él desde arriba, yo envolviéndolo con las piernas, apretando mi coño alrededor de su pija. Sudor goteando de su frente a mi boca, salado y caliente. Olía a sexo crudo, a cuerpos en llamas. Mi orgasmo vino primero, una ola gigante, contrayéndome alrededor de él, gritando como loca. Él se vino segundos después, gruñendo, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando sobre el mío.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. La música bajó, Alex cantando suave ahora. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante. Pasé los dedos por su pelo húmedo, sonriendo en la penumbra.

—Esa fue la mejor historia del Tri de Alex Lora que he vivido —susurré, riendo bajito.

Él levantó la cabeza, ojos brillantes. —Y apenas empieza, rey na.

Nos besamos lento, saboreando el afterglow, el cuerpo pesado de placer. Afuera, la ciudad zumbaba, pero aquí dentro, solo existíamos nosotros, marcados por la rebeldía del rock y el fuego de la carne. Mañana leería el resto del libro, pero esta noche, la historia era nuestra.

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